2013/11/14

José Miguel Arrugaeta
Historiador
El bloqueo y los cambios económicos en Cuba

El pasado 29 de octubre la Asamblea General de la ONU volvió a condenar el bloqueo económico que Estados Unidos mantiene desde hace más de 50 años en contra de Cuba. Realmente resulta difícil encontrar un tema en el que la comunidad internacional muestre tanto consenso y tan poca acción concreta. Los datos cantan: 188 países a favor, dos en contra (Estados Unidos e Israel, buenos socios para todo lo retorcido, sin duda) y dos abstenciones.

La economía y la sociedad cubanas ya se han acostumbrado a convivir con este despropósito; sin embargo, la tupida red de medidas superpuestas que constituye esta política de acoso es realmente un obstáculo permanente para el desarrollo económico y, por lo tanto, social del país caribeño, que afecta desde las esferas macroeconómicas hasta los aspectos más simples, personales y humanamente dolorosos que uno pueda imaginar. Por lo tanto, sigue siendo oportuno, necesario y ético reiterar lo que todo el mundo sabe: el bloqueo a Cuba es sencillamente una acción continuada y notoriamente ilegal de guerra económica (cuando no hay ninguna guerra declarada) que siempre ha buscado, sin conseguirlo, derrocar la Revolución cubana, sin importar sus costos de sufrimiento humano.

El Gobierno de Obama, más allá de las iniciales conjeturas, no ha querido, ni sabido, romper este maleficio, que es un lastre de la llamada Guerra Fría. Hasta el momento todo sigue igual, e incluso peor, en lo que se refiere a las constantes multas y amenazas a empresas y bancos de terceros países, o la aplicación rigurosa de las normas impuestas desde Washington. Sin embargo, más allá de esta constatación, resulta oportuno señalar que el bloqueo ha conseguido también el curioso efecto de que EEUU tenga escasa, o nula, capacidad de influencia en las tendencias económicas y políticas que se implementan en la isla. Mirado desde este punto de vista, uno puede pensar que estos años de transformaciones internas pueden resultar a la larga cruciales para que Cuba se prepare y adecue sus capacidades ante un futuro escenario de «normalidad» en las relaciones con ese gigantesco, y siempre avaricioso, vecino del norte.

El amplio conjunto de medidas e intenciones de transformaciones internas, conocido como «Lineamientos económicos y sociales», resulta una apuesta ambiciosa, y habría que decir también que arriesgada, que tiene como objetivo final y declarado modernizar y readecuar el proyecto de la Revolución a nuevos tiempos y realidades. La tendencia actual es conseguir avanzar hacia horizontes determinados, muy explícitos en consignas, como pueden ser: la racionalidad económica, la sostenibilidad, la prosperidad, la igualdad de oportunidades o la inclusión social. Futuros intencionados que no solo resultan un serio reto sino, y hay que asumirlo con normalidad, que pueden y van a generar en el camino contradicciones, costos sociales, fenómenos posiblemente no previstos, etc. Pero esta ha sido, en definitiva, la apuesta libremente decidida por una parte mayoritaria de la sociedad cubana, y en eso reside precisamente su independencia y soberanía como conquista esencial de la Revolución cubana de 1959.

Por el momento, las predicciones fatalistas, y en ocasiones apocalípticas, de los «expertos» cubanólogos, que suelen tener ya escritos de antemano los temas y sus resultados, han resultado ser columnas de humo y espejismos. Realmente los procesos políticos y sociales son bastante más complejos e imprevisibles, humanos al fin de al cabo; valga como ejemplo que un país no se «vacía» en meses porque haya libertad para viajar, insinuando que más que una nación es una cárcel.

El próximo año promete ser sumamente interesante en lo que a Cuba se refiere. El anuncio del inicio de una serie de medidas paulatinas, que tengan como horizonte la eliminación de la doble circulación monetaria en Cuba (que ha generado obligatoriamente a lo largo de casi veinte años tantas desigualdades y contradicciones sociales) resulta en sí mismo algo parecido a una prueba del algodón, con indudables consecuencias sociales y políticas de todo tipo.

Cuando se mira el mismo escenario desde otro ángulo y se observan con detalle planes, proyectos en marcha o transformaciones inminentes, que aparentemente son anexo de lo general, no es complicado constatar que en la letra pequeña se esconden en ocasiones algunas claves fundamentales, que no se deben pasar por alto, a riesgo de equivocarnos.

En esa dirección, parte de las transformaciones en la agricultura cubana, las perspectivas de la minería (donde el níquel es protagonista principal pero no único), algunos programas de desarrollo turístico (como pueden ser los de la Marina de Varadero, Punta Colorada en Pinar de Río o el Plan de campos de golf), los posibles y superatractivos espacios inmobiliarios, el desarrollo petrolero-energético, el puerto-nudo del Mariel (mirando a la ampliación del canal de Panamá), la industria farmacéutica y biotecnológica cubana... parecen también enfocados en estos momentos hacia un futuro mercado norteamericano. Un grupo de medidas, estudios e inversiones en estas esferas parecen destinados a preparar, lo más detalladamente posible, mesa, mantel y menú en una futura, y por el momento hipotética, normalización completa de relaciones con Estados Unidos.

Si la Revolución cubana consigue, en los plazos que se ha planteado, renovar con éxitos palpables (y por lo tanto con la consiguiente reconstrucción de un nuevo consenso nacional) sus modelos de desarrollo económico, social y político, habrá dado un paso definitivo para su continuidad, y que en ese trayecto se restablezcan relaciones «normales» con EEUU, bajo el parámetro de su independencia y soberanía, dentro del nuevo contexto latinoamericano, no debe asustar ni sorprender a nadie.

Cuba y Estados Unidos son vecinos y están condenados a entenderse, esa realidad geopolítica no tiene cambio. El desafío actual de la nación cubana es que su relación sea entre iguales y soberanos, y que sus posiciones se acompasen con las de la América Latina de hoy, ese subcontinente que el prócer cubano José Martí definió, con sentido futurista, como «Nuestra América».

Si la renovación que la Revolución cubana ha emprendido con riesgo y conciencia tiene los resultados previstos, no les quepa duda de que las relaciones entre Cuba y EEUU serán entre dos naciones soberanas. La apuesta está encima de la mesa, y es a mayor. En ese futuro, aun por hacer, el bloqueo obligatoriamente se convertiría en tema museable, y hasta Estados Unidos e Israel votarían en contra del mismo, para no quedarse descolocados.

En ese escenario de futuros posibles, el «régimen» norteamericano (y uso el término «régimen» con plena propiedad) tendrá también que tomar sus opciones, como por ejemplo, dejar de ser rehén de una minoría de extrema derecha cubano-norteamericana revanchista, no alimentar más a la fuerza a una oposición anoréxica, construida a su medida y financiamiento, para pasar a reconocer una «sociedad civil» cubana real, activa y diversa, aunque no sea la que más le agrade o convenga, o cerrar la vergonzosa base naval de Guantánamo y devolver este enclave a sus legítimos dueños, la nación cubana.

Otro tema, no menos importante, será recordar por siempre que este mismo mecanismo genocida, de bloqueo y sanciones unilaterales (del cual nadie está exento por principio), que es inhumano y profundamente intervencionista, se está aplicando en estos momentos a otros pueblos y naciones, y también hará falta de la solidaridad internacional para romper el hechizo maligno. Porque debería ser de oficio que la prepotencia de los poderosos no se imponga ante la justicia, la razón, los derechos de los pueblos y el bienestar de las personas.

De mientras, por encima de previsiones o hipótesis, para ser serios y rigurosos, es obligatorio seguir consignando que el bloqueo a Cuba continúa, y sigue afectando seriamente a la vida de seres humanos con nombres y apellidos, como pueden ser, por ejemplo, los niños y niñas que se atienden de graves enfermedades cardiovasculares y tumorales en el Hospital Pediátrico-Docente Willian Soler.