El fuego fatuo que se apaga en las latitudes nórdicas

Nadie, dentro del cine de autor, está dispuesto a reconocer que ha realizado un remake de otra película anterior. Todos prefieren decir que han hecho una nueva adaptación del material original, si es literario todavía mejor, en que también se basó aquella realización previa. Por eso el noruego Joachim Trier, primo lejano del danés Lars Von Trier, elude las comparaciones con «Le feu follet» de Louis Malle, un largometraje de 1963 en blanco y negro. Defiende su versión como una actualización de la vieja novela homónima de Pierre Drieu La Rochelle, rodada en color y cediendo el coprotagonismo a la ciudad del título.
Las diferencias son más de contexto y de apariencia formal, porque en el fondo la historia es la misma en su perdurable existencialismo. El alcoholismo del protagonista se cambia por la adicción a las drogas duras, pero el instante vital que refleja es idéntico, pues el paciente se encuentra a punto de concluir una cura de desintoxicación. «Oslo, 31 de agosto» es una película plenamente deudora de la nouvelle vague y el papel que jugó en ella Louis Malle con «Le feu follet». La escena de la cafetería en la que Anders Danielsen Lie toma conciencia de su invisibilidad y de lo prescindible que resulta su presencia en este mundo en el que las gentes van a lo suyo, ya estaba tal cual cuando en su día la protagonizó Maurice Ronet.
Joachim Trier se apropia de tan sugerente situación, para trasladarla al estado de animo nórdico, muy relacionado con la brevedad de la temporada estival en Escandinavia. El fuego fatuo que se apaga es como una llama espectral que sale del cuerpo ya sin vida de un condenado, y que agoniza con esas últimas luces del fugaz verano de Oslo.
No hay futuro para este treintañero consumido, y así lo anuncia el intento de suicidio en el agua. Apura sus últimas horas visitando a los seres más próximos en una primera parte dialogada, seguida de una segunda más musical con el tono de las canciones indie salidas del triste invierno y sus frías atmósferas. La sensación que queda al final es la del vacío en la sociedad del bienestar noruega.

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