Mikel Chamizo
CRíTICA | clásica

Rebuscando en los cajones de Aita Donostia

El último programa de la BOS planteaba, bien que de forma indirecta, una cuestión polémica. ¿Es legítimo interpretar composiciones de juventud que sus autores quisieron dejar fuera de su catálogo? En el caso de la «Sinfonía en Do» de Bizet, rescatada sesenta años después de su muerte, parece más justificado: a pesar de haberla escrito a los 17 años, la sinfonía es un dechado de inspiración y magisterio en el uso de la orquesta, que no gustaba al Bizet adulto por una cuestión de carácter y posicionamiento estético.

Pero el caso de la «Rapsodia Baskongada» [sic], que Aita Donostia escribió en 1906, a los 20 años, es bien distinto: si, como parece, decidió relegarla a un cajón, es seguramente porque se trata de una obra poco inspirada e incluso torpe en algunos aspectos de su orquestación. Un meritorio intento en una etapa temprana de su periplo formativo, pero aún lejos de la sutilidad y elegancia que habría de distinguir su música a partir de 1912. Las versiones de Rubén Gimeno tampoco ayudaron: las dirigió con entusiasmo y musicalidad pero escaso preciosismo tímbrico, lo que afeó ligeramente el adagio de la «Sinfonía» de Bizet e hizo sonar aún peor ciertos pasajes comprometidos de la «Rapsodia» de Donostia.

En contrapartida, se nos regaló una magnífica versión del «Concierto para violonchelo nº1» de Saint-Saëns, obra pasional pero clásicamente equilibrada que se adapta como anillo al dedo a las virtudes de Asier Polo. El jueves el bilbaíno brilló cada segundo -salvo un despiste antológico que resultó hasta chistoso-, desde el dramático primer movimiento al extremo virtuosismo del tercero, pasando por un allegretto con moto deliciosamente cantabile y bienhumorado. Gimeno logró resaltar los logros de Polo con un acompañamiento de gran precisión en los momentos clave.