MIKEL INSAUSTI
CRíTICA: «Al encuentro de Mr. Banks»

Supercalifragilisticoespialidoso (II)

Ha quedado claro que en «Saving Mr. Banks» no podía asomar sombra alguna del lado oscuro de Walt Disney, por eso es una película tan luminosa y radiante. Aún así, nadie podrá decir que la película falsea la realidad, porque la base histórica está perfectamente documentada. Es más, la lujosa producción recrea la Disneylandia de principios de los años 60 con total fidelidad. Tampoco se le puede exigir un estudio en profundidad de las dos personalidades retratadas, puesto que tanto la caracterización del tío Walt como la de Pamela Lyndon Travers se sujetan a su influencia dentro de los precisos acontecimientos relatados.

La anécdota del encuentro real que mantuvieron ambos personajes ocupa la película por entero, y todo lo que se cuenta en ella depende de esa relación puntual. Hasta el gran flash-back que se remonta a la niñez de la protagonista está ahí para explicar la verdadera historia que motivó la escritura de «Mary Poppins», y por extensión las razones que llevaron a la autora a negarse a ceder los derechos para una producción infantil Disney en clave de comedia musical y con escenas de animación.

Dicha subtrama está, por lo tanto, plenamente justificada. Otra cuestión bien diferente es la falta de pulso narrativo de John Lee Hancock para dinamizar las dos líneas narrativas en paralelo, llegando un momento en el que una obstaculiza o frena el desarrollo de la otra. Parafraseando el título original, si entonces P.L. Travers trataba de salvar la memoria de su padre como figura inspiradora del Mr. Banks que inmortalizó en la pantalla David Tomlinson, y que aquí se materializa con mayor realismo en el irlandés Colin Farrell; ahora es Emma Thompson la salvadora de esta brillante producción realizada con altibajos o parones en su parte central.

La actriz inglesa se apodera de un papel que en principio podía ser antipático o molesto, en oposición al de Walt Disney, siempre hospitalario y afable. Ella acierta a defender la madurez consecuente frente a la niñez eternizada, la cual goza cada vez de mejor prensa, para satisfacción de la marca Disney.