EEUU sigue la estela del Ejército rojo en su retirada de Afganistán
Un cuarto de siglo después de la retirada soviética de Afganistán, la historia se repite. Los afganos que han medrado con la ocupación estadounidense temen por su futuro. Y, caso del presidente Karzai, tratan de negociar su supervivencia con los talibanes, ya de vuelta.

Corría el 15 de febrero de 1989. La última columna de blindados soviéticos cruzaba el Puente de la Amistad sobre el río Amu Daria. Entraba así en la que sería durante unos escasos meses más la República Soviética de Uzbekistán tras dejar atrás nueve largos años de guerra en el históricamente indómito suelo afgano.
Con la retirada de Afganistán, la URSS no solo perdía una guerra y caía el mito, labrado en la heróica lucha contra el nazismo, de la invencibilidad del Ejército Rojo. Esta retirada, producto de casi un decenio de empantanamiento de sus tropas, fue el canto del cisne de un imperio, forjado en nombre del socialismo real pero a la postre imperio. Y fue el preludio del derrumbe de la experiencia de socialismo real que pilotó Rusia desde 1917 y que, tras sucesivas vicisitudes históricas, se extendió a buena parte de Europa Central y Oriental desde 1945.
Mucho se ha escrito sobre los motivos que llevaron al Kremlin a enfangarse en el lodazal afgano. En los últimos años, y sobre todo a la vista de lo que ocurrió en Afganistán tras la retirada soviética -desde la guerra civil entre señores de la guerra hasta la llegada al poder de los rigoristas talibanes-, no han faltado lecturas que reivindican la República Democrática de Afganistán, con sus innegables avances en materia económica y social (reforma agraria, alfabetización, derechos a las mujeres). Una experiencia revolucionaria jalonada por golpes de mano y ajustes internos que están precisamente en el origen del desembarco en diciembre de 1979 de 600 comandos del Grupo Alfa del KGB que se hicieron con el control de la situación y prepararon la llegada masiva y creciente -a medida de que la oposición armada de los mujahidines crecía- de batallones del Ejército Rojo.
Este «revisionismo» se ve sin duda reforzado por el apoyo militar que casi desde un primer momento dio EEUU -a través de Pakistán- a esta oposición. No obstante, y sin desmentir el progresismo de la «revolución» afgana -en comparación con sus detractores-, no cabe duda de que se trató de una guerra de ocupación abocada al fracaso por la escasa simpatía que, fuera de Kabul y de algunas otras ciudades afganas, generaban esos «revolucionarios».
Y no lo digo yo. Informes confidenciales desclasificados de reuniones del Politburó del PCUS lo confirman. En ellos se pueden leer desde críticas al Gobierno «títere» afgano por recurrir a violaciones masivas de los derechos humanos hasta reconocimientos del escaso apoyo que tenía por parte de una población mayoritariamente marcada por la adscripción religiosa e incluso sectaria, en el caso de los chiíes de Herat (este del país).
Dirigentes soviéticos como el entonces ministro de Exteriores, Andrei Gromiko, el presidente del Consejo de Ministros, Alexei Kosigin, el jefe del KGB, Yuri Andropov, el secretario del Comité Central, Andrei Kirilenko, advirtieron una y otra vez de los grandes riesgos de una intervención en Afganistán. El entonces líder de la URSS, Leonid Breznev, hizo caso omiso a las advertencias de la vieja guardia y lanzó al país a una aventura que le costaría más de 15.000 bajas mortales, sin contar los más de 50.000 heridos y de tullidos y el ejército de veteranos de guerra que volvió a un país que ya no era el mismo y tras una guerra que les había transformado por completo. No es nada exagerado considerar que Afganistán fue el Vietnam para los soviéticos.
Qué no decir de las víctimas afganas. Los cálculos van desde 600.000 a 2 millones de muertos, 3 millones de heridos y 7 millones entre refugiados y desplazados. Cifras que refuerzan la tesis afgano-vietnamita.
25 años después, paradojas, EEUU, cuyo Ejército perdió asimismo su aura de imbatibilidad en las selvas de Vietnam, se prepara para la retirada tras 12 largos años de infructuosa ocupación. El Pentágono reconoce unos 3.000 muertos -a los que hay que sumar 10.000 bajas entre las fuerzas colaboracionistas nativas y un millar de soldados extranjeros aliados-. A falta de recuentos formales, los afganos muertos se estiman en decenas y decenas de miles.
¿Qué ha logrado esta larga ocupación? Si los soviéticos fueron incapaces de apuntalar a los «comunistas afganos», EEUU ha sido igualmente impotente a la hora de exportar un modelo «democrático occidental».
El líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, no fue ejecutado extrajudicialmente en Afganistán sino en la vecina Pakistán. Los talibanes, que se replegaron tácticamente de Kabul y de su feudo de Kandahar (sur) con los bombardeos estadounidenses de finales de 2001, están de vuelta en todo el país.
Sálvese quien pueda
En este contexto, no solo las fuerzas de ocupación occidentales participan en una carrera por salir cuanto antes del país. 30.000 de los 185.000 efectivos del Ejército afgano han desertado en los últimos meses.
El propio presidente títere saliente, Hamid Karzai, busca su propia salida al distanciarse de Washington. Imposibilitado de presentarse por tercera vez a las presidenciales de abril, Karzai ya protagonizó en la reciente Loya Jirga (Asamblea Nacional) un desmarque respecto a EEUU, al imponer su negativa a que la reunión tribal sancionara la permanencia de un retén de 10.000 soldados tras la retirada ordenada por el presidente Obama a finales de este año. La Dirección Nacional de Inteligencia (DNA) da por hecho que Karzai no firmará el acuerdo.
El que fuera el hombre de EEUU en Afganistán lleva meses lanzando guiños a los talibanes -el último, la excarcelación de decenas de prisioneros de la cárcel de Bagram- en un intento de negociar un acuerdo que garantice su supervivencia, primero física, y luego política. El problema es que en escenarios de retirada las primeras víctimas suelen ser las que llegaron con los ocupantes. Y si no que se lo digan a su antecesor, el presidente títere comunista Mohamed Nahibullah, castrado y linchado públicamente por los mujahidines tras su entrada en Kabul.

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