Según Rimbaud, a los diecisiete años nadie es serio

Si ya las películas francófonas suelen tratar el sexo en la adolescencia con una naturalidad que no se da en otras cinematografías, «Jeune et jolie» consigue ir todavía más lejos en el retrato íntimo de una menor que se prostituye, sin caer en la tentación del morbo o del escándalo y la provocación fácil. François Ozon no se ha tomado tantas libertades como de costumbre, para seguir esta vez las pautas marcadas por una ardua labor de investigación previa. Todo está bien documentado y resulta muy preciso, muy creíble.
Pero la consistencia del relato no habría sido la misma de no contar con el protagonismo femenino adecuado, de tal suerte que Ozon ha ido a encontrar a una nueva Lolita en Marine Vacth, sobre cuya valiente interpretación recae la mayor responsabilidad. La chica se la juega, arriesgando al máximo, y no lo digo solo por las escenas de sexo explícito con hombres mayores.
Marine Vacth representa a través del personaje de Isabelle el tipo de comportamiento nihilista que no admite justificaciones, y que obedece más bien a los simples caprichos de la edad. No por casualidad en el instituto le toca leer a Rimbaud, cuyo verso «a los diecisiete años nadie es serio» define muy bien la descontextualización que se pretende mostrar, fuera de cualquier determinismo de tipo económico, social o familiar. ¿Cómo van a saber sus padres lo que le pasa si ni ella misma sabe lo que quiere?
Un año en la vida de una adolescente puede ser como toda una vida, con sus cambios constantes. Por eso Ozon escoge como arco temporal de la narración las cuatro estaciones, presentadas mediante sendas canciones de Françoise Hardy: «L'amour d'un garçon» (verano), «A quoi ça sert» (otoño), «Premiére rencontre» (invierno) y «Je suis mois» (primavera).
El ciclo culmina con la dura experiencia del cara a cara con la viuda de uno de sus viejos amantes, que murió en sus brazos de un infarto durante el acto. Y, prodigiosamente, la novel Marie Vacht le aguanta la mirada a nada menos que Charlotte Rampling, que a su vez expresa el desconcierto que conlleva el tener que vérselas con tan atrevida mocosa.

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