MIKEL INSAUSTI
CRíTICA: «La hermandad»

Una orden religiosa secreta anclada en la Edad Media

Al cabo del año se estrenan tantas óperas primas que se pierde la cuenta, pero entre todas ellas las hay que consiguen llamar la atención, tanto como para retener el nombre del director debutante de turno. «La hermandad» sorprende porque es una obra de terror clásico, que cuida al detalle la puesta en escena y el diseño artístico, con una dirección interpretativa, nunca mejor dicho, canónica. Raciona el suspense, salpicado con los sustos de rigor a golpe de efecto sonoro, para acabar relacionando el horror con una problemática social digna de denuncia.

Julio Martí Zahonero no inventa nada nuevo, ni tampoco lo pretende. Maneja elementos reconocibles de las adaptaciones cinematográficas de Dan Brown, de «El nombre de la rosa», de «El orfanato» y de «Misery». De la novela de Stephen King toma la situación en la que se ve envuelta la protagonista, cuya imagen, sin embargo, se inspira en las reinas del grito pertenecientes al cine terrorífico de la Hammer.

Julio Martí se la ha jugado al elegir como actriz principal a Lydia Bosch, que no protagonizaba una película desde que trabajara en el 2000 a las ordenes de José Luis Garci en «You're the One». Es la única mujer de un reparto coral compuesto por hombres y niños, consiguiendo salir airosa de un reto que no era nada fácil. Los momentos de tensión son muchos, con diálogos en los que ha de mantenerse a la defensiva, salvo en los que tiene como interlocutor a Borja Elgea, consiguiendo un feeling epecial con el actor vasco, que resultará finalmente clave en la resolución del misterio que envuelve al monasterio benedictino.

La orden religiosa que habita la abadía resulta ser una excisión clandestina, llamada de los Corregidores, que desde la Edad Media ha llevado las reglas de San Benito a una interpretación extrema de la formación de novicios, incluyendo terribles castigos físicos. Dicha lectura sectaria da lugar a unas sentencias que encabezan cada uno de los capítulos que componen el relato. Son frases de efecto sobrecogedor, reforzadas por la solemnidad de la música de Arnau Bataller.