MIKEL INSAUSTI
Zinema kritikaria
CRíTICA: «Tren de noche a Lisboa»

Viaje en primera clase a la dictadura de Salazar

La industria del cine europea también tiene sus convencionalismos y servidumbres, y entre unos y otras sigue atrapado el cineasta danés Bille August, encasillado para los restos en las rutinarias adaptaciones literarias de prestigio. Lejana queda la impronta de aquel joven realizador nórdico bendecido como el discípulo autorizado de Ingmar Bergman, a medida que se fue poniendo a llevar novelones a la pantalla grande, e igual le ha dado que fueran de Isabel Allende o de Victor Hugo.

No digo que haya que adaptar a cada autor en su idioma original, pero eso de llevarlo todo siempre a un inglés neutro resulta cuestionable, cuando menos, desde el punto de vista cultural. La traducción anglosajona esta vez chirría más de la cuenta, porque de Lisboa nos queda el título y su postal, ya que la tipología local brilla por su ausencia. Hay personajes retrospectivos que, siendo claves, en la investigación que lleva el protagonista de la época de la dictadura salazarista, no son interpretados por actores portugueses. Cuesta ver como nativos a Tom Courtenay o Christopher Lee, tan ingleses ellos, a pesar de su innegable y demostrada capacidad de transformación.

Si por mirada extranjera entendemos una mirada distante y fría, eso es lo que prima en «Tren de noche a Lisboa». Los flash-backs que puntean el relato, y que se suponen muy dramáticos, en ningún momento llegan a calar en el ánimo del espectador. La amarga crónica histórica, en la que se recrean episodios de interrogatorios y torturas, es evocada desde la lejanía y sin transmitir el verdadero sentimiento de desgarro de quienes lucharon en la clandestinidad. Al final parece que todo se reduce al consabido triangulo amoroso, dentro del que se repiten las actitudes movidas por los celos, las cuales conllevan a la amistad traicionada entre camaradas.

Las interpretaciones tampoco dejan huella, en la medida en que resultan episódicas y deslabazadas. Charlotte Rampling o Bruno Ganz se limitan a estar, y con su sola presencia ya hacen que la proyección mantenga algo de interés.