Primera y en estilo alpino de la cara suroeste del Thamserku
Los rusos Alexander Gukov y Alexei Lochinsky escalan el contrafuerte central del seismil nepalí. La cordada necesitó seis jornadas de escalada para superar los 1.900 metros de la ruta que han abierto. Durante el descenso (un día entero) hicieron 22 rápeles.
El Thamserku (6.608 m) es una montaña que se encuentra cerca de la ruta del Everest, pero, no por ello, es muy visitada. Diríamos lo contrario, y es que este seismil nepalí, según por dónde se le hinque el diente, presenta dificultades técnicas de consideración.
Pues bien, el Thamserku acaba de recibir una visita muy especial: la de los rusos Alexei Lochinsky y Alexander Gukov. Y decimos especial, porque esta cordada de alpinistas ha sido capaz de firmar la primera de la cara suroeste de la montaña. Una línea directa, técnica y que recorre su contrafuerte central.
En total necesitaron seis jornadas para superar los nuevos 1.900 metros que escalaron. Y todo ello en estilo alpino. También hicieron vivac durante el descenso, y, entre otros aspectos, los rusos tuvieron que realizar 22 rápeles.
Esto es en general la aportación de Lochinsky y Gukov, dos alpinistas no muy conocidos por estos lares, pero con un curriculum muy interesante en picos técnicos. Por poner un solo ejemplo, Lochinsky participó hace tres años en la primera a la vertical cara oeste del Latok III (6.949 m). Y Gukov hace cuatro años firmó una dura nueva ruta en el Cholatse (6.440 m).
Como se lee, dos grandes alpinistas que en esta ocasión se han atado a la misma cuerda y se han llevado la primera de la pared suroeste del Thamserku. Tras los titulares sobre esta actividad, es el propio Gukov el que relata con más detalle la experiencia vivida en esta expedición que han llevado a cabo a esta primera del seismil nepalí.
«Familiaridad con la belleza»
«La idea de ir al Thamserku nació de forma espontánea. Queríamos ir a Nepal, pero ¿a dónde? No teníamos ni idea. Solamente apostábamos por un valle donde las aproximaciones fueran cortas. Eché un vistazo a Google Earth y me encontré con este seismil de una gran belleza.
Al principio, nuestra elección fue su cara norte, su contrafuerte central, la del intento de los japoneses en 1979. Pensábamos que todavía no había sido resuelto totalmente, pero, después de pillar más información, nos dimos cuenta que nuestro objetivo ya había sido conseguido.
Llegamos a Katmandú, y de nuevo a buscar otro reto; sin cambiar de montaña, la pared suroeste del seismil y su contrafuerte central parecían muy tentadores. Y nos preguntamos: ¿por qué no? La respuesta fue fácil: nos vamos a intentarlo.
Pasamos dos semanas aclimatándonos. Hicimos un intento a la cara oeste del Kusum Kanguru, pero no pudimos hacer cima por culpa de la complejidad de la ruta que escogimos. Entre otras cosas, no teníamos el material necesario para escalar dicha línea. Pasamos una noche a 5.000 metros de altura, pero no era suficiente para nuestra aclimatación. Así pues nos decantamos por una ida y vuelta corriendo al Island Peak (6.180 m). Dicho y hecho.
Ya teníamos la máquina a punto. La aproximación a la pared no fue nada agradable. Fueron dos jornadas por laderas rocosas, inexploradas y llenas de musgos y arbustos. Estábamos fuertes y además nos hizo muy buen tiempo, pero teníamos una preocupación, y es que con lluvia, nieve y niebla esta bajada se convertiría en un reto muy difícil. Pero estas disquisiciones eran cosa del futuro.
Fuertes pendientes
Ya estamos en la base de la pared. Los primeros días los dedicamos a inspeccionar el muro que íbamos a escalar. Queríamos buscar un comienzo seguro y lógico.
Lo encontramos y empezamos a escalar. Los primeros largos fueron duros: sobre todo escalamos en roca algunas secciones en artificial y luego pillamos un corredor no muy difícil de nieve y hielo con pendiente entre 50º y 55º. Un corredor que nos llevaría hacia el contrafuerte central. Íbamos ganando metros a la pared, pero cuanto más arriba la cosa se ponía más tiesa con pendientes de hasta 80º con nieve polvo y coladas de nieve.
Llegamos al meollo principal, ya con vistas de la parte superior. Por delante pendientes de un desnivel medio de 70º. No queríamos meternos demasiado en el couloir, ya que por encima veíamos un enorme bloque de hielo que podría taponar la línea elegida.
Los largos de hielo de esta parte de la ruta eran bastante difíciles. Tres días más de escalada y ya nos encontrábamos debajo de la cima. El tiempo se portó, pero todos los días tuvimos nieve y niebla. Y en el sexto día de escalada el tiempo se deterioró a partir de las nueve de la mañana.
Hacia la una de la tarde llegamos a la arista. Dos tiradas más y, por fin, hicimos cumbre. Pero el tiempo era tan malo que no pudimos disfrutar de las vistas. Tocaba decidirse por el camino del descenso. Finalmente empezamos a bajar por la cresta sur. Parecía que el descenso por esa vertiente iba a ser agradable, pero no fue así. El resultado: un montón de seracs y cornisas. Además, la niebla le daba a dicha situación un carácter dantesco.
Finalmente encontramos un lugar más o menos adecuado para pasar noche. La niebla se disipó, y tuvimos oportunidad de poder analizar el descenso más adecuado. Lo mejor era rapelar en lugar de continuar por la cresta. Tras 22 rápeles y con los últimos rayos de luz llegamos a la base de la montaña. Otra noche y al día siguiente ya estábamos en la civilización tras una actividad muy desafiante. Es decir, como debe ser. Nuestro trabajo estaba hecho».

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