El peso de la camiseta
El historial mundialista y la presión de la historia han resultado determinantes en el deselance de los cuartos de final.

Sostenía durante estos días una voz siempre audible como la de Angel Cappa que «el fútbol será alegría o no será nada». Al acabar la agónica tanda desde los once metros frente a Keylor Navas, el ariete orange Robin van Persie no pudo sino reconocer que «fue una montaña rusa. Fuimos de arriba para abajo, tuvimos ocasiones, tuvimos que llegar a los extremos, no fue fácil, el portero, el poste, de nuevo el portero, el poste, tienes que ser fuerte, vas de una emoción a otra, es estresante». Alegría versus sufrimiento.
Resulta cuando menos llamativo que más allá de las emociones, de la incertidumbre, de la montaña rusa o de que por el mismo precio de la entrada nos regalen media hora más de espectáculo y el postre añadido de los penaltis, esté siendo un Mundial sin grandes alardes futbolísticos, sin delicatessen, aunque sí todo un recital táctico desde las banquetas. Donde la mente de los jugadores ¡y el sentimiento de pertenencia pueden más que las piernas exhaustas por el calor. Como alguien dijo en una ocasión, desesperados por ganar siempre, en Argentina se han olvidado de jugar al fútbol. Quizá como casi todos en este Mundial de Brasil. Tres disparos entre los tres palos y un larguero en 90 minutos del Argentina-Bélgica.
Parecía un Mundial muy abierto, pero están en semis Alemania, Argentina, Brasil y Holanda. Entre los 4 suman 21 finales de la Copa Mundial. El peso de la camiseta, al final, se impuso. La de Brasil, la de Argentina, la de Alemania. Lo mismo que les pesó la suya a Colombia -indescriptible el recibimiento ayer en su país-, a Bélgica, a Francia, que no fueron las que todos esperábamos llegados al momento crucial de los cuartos.
Lo fue la entusiasta Costa Rica -«pura vida», como ha resumido alguno su refrescante aparición-, fiel a su engranaje defensivo -ha forzado 41 fueras de juego, 24 más que la siguiente selección- y su casi imbatible Keylor Navas, pero entonces emergió la figura nunca suficientemente glosada de Louis van Gaal, para agrandar la del portero Krul, ese que solo había parado dos penaltis de veinte en la Premier, y lo convirtió en héroe por un día. Los tuits, por miles, tecleados justo durante el cambio de porteros antes de los penales y los escritos tras las dos atajadas del arquero tulipán del Newcastle darían para una tesis doctoral.
Y, sin embargo, para ser catalogado como el mejor Mundial de la historia, los cuartos de final nos han dejado un regusto agridulce. Cinco goles en cuatro partidos. Seis si cada uno de los dos postes del holandés Sneijder cuenta como medio. Una Alemania que gana con dudas ante una Francia solo respondona al final, una Brasil que gana por intensidad a una Colombia descafeinada, una Argentina que tira de solidaridad grupal frente a una Bélgica incapaz y un Holanda-Costa Rica que demuestra que es verdad que un 0-0 puede también ser bello y hasta emocionante. Van Gaal hizo lo que su colega belga Wilmots no; Ir a por todas.
Los belgas se van a casa lamiéndose las heridas, no como los `ticos', unos jugadores que «me han llenado de orgullo a mí y a todo un país», como dijo su técnico Jorge Pinto, el mismo que en los años sesenta, en una Bogotá inmersa en revoluciones estudiantiles, una noche, encarnó a un osado estudiante de educación física que decidió saltar las rejas y entrar a la universidad para reclamarla, y acabó en las dentelladas de los perros que le arrancaron media nalga. Lástima que la valla de los cuartos no la pudiera brincar. Al final, «triunfó el fútbol», como sostuvo Robben después el choque, y tras quejarse primero de «todo tipo de placajes de rugby» sufridos en este Mundial.
Argentina sueña
Solo podían quedar cuatro a estas alturas de Mundial, y al final están los esperados. En el horizonte, al otro lado del océano, todos sueñan con un Brasil-Argentina en el redecorado Maracaná de Río. Pero será con permiso de Alemania y Holanda. En la Canarinha, el propio Felipe Scolari encarna la seguridad de que la Seleçao saldrá campeona, con o sin Neymar. El blaugrana es baja definitiva, lo que unido a la del `Flaco' Di María en Argentina por un desgarro muscular, es una verdadera lástima para los amantes del fútbol sin colores de las camisetas, justo cuando todo se decide.
Brasil fue, al menos en la primera mitad ante Colombia, la imagen de equipo competidor, sin florituras es cierto, pero con un hambre y una intensidad en cada tackle que le garantizaron el billete a semifinales. Los brasileños llegan tras propinarle 31 fouls a Colombia -``Árbitro español ¡Hijo de la gran puta!'', titulaba en su portada un diario cafetero-, superando su propio récord de 28 faltas contra Chile. Es Brasil, acostúmbrense.
Lo suyo está siendo el partido a partido. Y así hasta el 13 julio, esperan. Eso sí, puede ser perfectamente campeona sin el `10'. Lo ha demostrado. Se la juegan ante Alemania, sin `Ney' y sin su baluarte defensivo Thiago Silva por sanción. Será ante una Mannschaft más alemana que nunca en esta Copa, como lo demostró ante Francia. Ordenada, sin alardes. Götze en la banca, Özil... ¡Ay Özil! El talento germano sufría en cada partido, así que Joachim Löw cementó su faceta defensiva, sacó galones y dibujó una Alemania reconocible a su historia. Y a semis... «Los tres días aquí han sido maravillosos. Seguimos en el torneo y estamos más morenos», ha sintetizado Schweinsteiger.
Y Argentina. Sueña la Albiceleste. «No moriremos aquí, ante 50.000 brasileños. ¡Andate a laburar a un banco Benaglio!», cantó loco un locutor argentino el gol de Di María a Suiza, que le dio el pase a cuartos. La alegría, la felicidad enterna de la cara de Messi al acabar el choque contra Bélgica. «Brasil, decime qué se siente...», atronó en el mismo vestuario tras sortear a los belgas. 24 años, 5 Mundiales, 8.772 días, 304 partidos, 7 técnicos, 8 presidentes de la nación después. «Los equipos de fútbol son organismos vivos, y como tales experimentan las mismas etapas que los seres humanos: nacen, crecen, evolucionan y hasta desaparecen. Su subsistencia dependerá de la capacidad de adaptación que demuestren para sobrevivir a cada prueba, aquello que Darwin llamaba la supervivencia del más apto. Esta selección argentina parece darle la razón a esa manera de pensar», escribe el periodista Ignacio Benedetti.
La Argentina débil en defensa y encomendada a sus cuatro magníficos de arriba, a medida que han ido pasando los partidos ha encontrado razones para hacerse fuerte: Messi un día, Di María al siguiente, Higuain después, cuando no Chiquito Romero y sus paradas. Y el `Jefecito'. «Mascherano está hablando mucho y está fresco, está lúcido, está caudillo, y eso le puede venir muy bien a la Argentina», ya aventuró Diego Maradona desde los micrófonos del programa ``La Zurda'' al que el mismo Lula Da Silva ha enviado sus felicitaciones. Y suya, de Diego, es la patente de este Mundial que puede llevar a Argentina a la gloria: «Mascherano más diez», sentenció. Y Sabella. Hizo los cambios pertinentes en el once ante los belgas y acertó. Sin aura ni marketing, pero de momento ya ha superado a Alfio Basile, Daniel Passarella, Marcelo Bielsa, José Pékerman y Diego Maradona. Ha cumplido. En adelante, lo que venga será un regalo.
Holanda no contaba
Un regalo envenenado el que le espera con Van Gaal enfrente. Alguien ha escrito con sumo acierto que «pocas cosas le faltan por ofrecer a Holanda en este Mundial, la diversidad de su propuesta no tiene parangón en la historia de los mundiales».
Como refleja Ignacio Benedetti sobre el técnico holandés, «no hay entrenador sin jugadores y este es un juego propiedad de los futbolistas, pero el veterano conductor conoce y comprende su papel: encontrar respuestas para cada pregunta. De la misma manera que no hay dos partidos iguales, tampoco hay dos cuestionamientos idénticos, y el seleccionador neerlandés lo acepta, pero por encima de todo, disfruta semejante reto». Ese es Van Gaal.
«La prensa holandesa creía que no saldríamos vivos de la primera fase, entonces ¿por qué vamos a ser ahora favoritos?», dijo el técnico días atrás. Se dice que en semis siempre se cuela un no invitado. En Sudáfrica lo fue Uruguay. Quizá ahora lo sea Holanda, a pesar de ser la subcampeona. En su país no daban un viejo florín por ella. Estamos en semis... la camiseta ha dejado de pesar.
De Neuer «Beckenbauer» a las paradas de Keylor Navas y el colofón del holandés Krul
«El portero: Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores. Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace». El fragmento pertenece al libro ``El fútbol a sol y sombra``, de Eduardo Galeano. Este está siendo el Mundial de los entrenadores, pero también de los porteros. No hay día, jornada en que uno de ellos no ocupe las primeras páginas deportivas por sus actuaciones. Si dejamos atrás los octavos de final con el alemán Manuel Neüer encumbrado por su partido dentro y fuera de su área ante Argelia, nos hicimos un poco más del belga Coutois cuando le detuvo a Leo Messi aquel mano a mano en cuartos, no dejamos de sorprendernos ante la enésima actuación del costarricense Keylor Navas -20 de 22 remates parados durante toda la competición- y apenas necesitó dos aciertos para que el holandés Krul se convirtiera en el jugador más valioso del encuentro para la Orange. Salvo Arjen Robben, apenas hay en este Mundial ninguna estrella que esté brillando a la altura de una cita de este nivel. Así que a falta de luceros que driblen, goleen o lideren partidos, aparecieron los guardametas. Como diría el extravagante René Higuita, «los tres palos son la cárcel del portero..., pero yo logré escaparme».

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