Vivacs
Estamos en verano, estación de las escaladas por antonomasia , y largas, donde se acabarán cosechando sufridos e interminables vivacs no planeados, normalmente con frío, y frecuentemente colgados, pero siempre inolvidables. No hay montañero o escalador que lleve cierto tiempo en el tema que no haya pasado una de esas noches que tienen la ventaja de proporcionar material jugoso para historias entre cervezas.
Ivon Chouinard cuenta como en su escalada con Chuck Ptratt en Middle Cathedral (Yosemite), en 1960, les pescó lo negrillo en una repisa, ambos en camiseta y él en pantalón corto. Avanzada la noche Chuck dice: «Ivon, sé que no te va a gustar pero, o pasamos la noche abrazados o vamos a morir». Malas situaciones para homofóbicos. Ante las desagradables cabezadas colgados en la vertical con grave riesgo de desnucamiento, leo sobre escaladores que se atan la cabeza por la frente con un nudo de alondra y la fijan a la pared, y otros que se la pegan a la roca con esparadrapo. Todo aderezado con bonitas confidencias de vivac de las que uno se arrepiente nada más llegar la madrugada. Otro escalador cuenta como convenció a una chica novata para una escalada, pero en el descenso de la montaña todo se torció, con llegada de la noche, mal tiempo, sin equipo apropiado y un vivac –más bien mortac– en que la mala hostia de la chica no era el menor de los problemas. «No era cuestión de sugerirle la conveniencia de pasar la noche abrazados». Esta última historia se suele oír con diversas variantes, a cual mas sustanciosa.

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