Con una mano en la Copa
Alemania va al partido del domingo en Río de Janeiro con una enorme carga a cuestas: ser favorito al título. Los partidos de la semifinal han colocado a los europeos en esta incómoda posición, pues su categórica victoria 7-1 sobre el anfitrión del Mundial, Brasil, comunica un sentimiento de superioridad del que Argentina está libre. El equipo sudamericano llega a la final tras obtener sobre Holanda un triunfo muy trabajado, acompañado por la suerte desde el punto penal, pero para nada intimidante.
No son pocos los que esperan ver en el estadio Maracaná a la Alemania punzante, letal y en éxtasis colectivo que los entusiasmó en la goleada sobre Brasil. Esos son quizás los mismos aficionados que se preguntan si Argentina saltará a la cancha en Río de Janeiro con la misma precaución y timidez que la obligó a desgastarse 120 minutos ante Holanda, y a esperar a que el azar de los penaltis resolviera un partido que ella misma no se decidió a finiquitar con atrevimiento.
A todos ellos el jugador alemán Toni Kroos les ofreció una acertada respuesta cuando declaró a la prensa: «A las cosas hay que darles su dimensión real: los títulos se obtienen en las finales, no en las semifinales, así estas se ganen por 7-1». La reflexión también es válida para los argentinos. Las semifinales ya no valen.
Por el lado de los dirigidos por Joachim Löw las cosas lucen bien, pero tampoco son del todo color de rosa. Alemania ha logrado hacer de su pregonada flexibilidad un credo. Unas veces es Philipp Lahm el que se echa el equipo al hombro, otras Toni Kroos, y en el partido más reciente el turno fue para Sami Khedira. Con ellos al timón el colectivo luce ordenado, contundente, disciplinado, peligroso, paciente y maduro. Pero todas estas virtudes, que serán importantes contra Argentina, solo han salido a relucir juntas cuando los partidos se le dan. Contra selecciones que salen a enfrentarla de tú a tú (Portugal, Brasil), brilla gracias a su eficiente frialdad. Contra aquellas que se lanzan `suicidas' a la cancha, porque no tienen nada que perder y sí mucho que ganar (Ghana, Argelia), los alemanes pierden el control, se dejan arrastrar por un loco remolino que pone en riesgo el buen resultado.
En la disputa por el título las cartas se barajan de nuevo. Argentina y Alemania tienen ya una mano en la Copa del Mundo. Aferrarse a ella, y quedársela, dependerá de qué equipo reduce sus debilidades y aprovecha mejor sus fortalezas. Los sudamericanos tienen a Messi, los europeos tienen mucha cabeza fría.

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