Joseba VIVANCO
Mundial | Brasil necesitará un acto de contrición

Alemania es el camino

La reconversión durante años del fútbol germano ha terminado dando sus frutos con este título mundial.

Franck Beckenbauer fue un excelso futbolista, campeón mundial y hoy presidente honorario del poderoso Bayern de Munich. Él acuñó en su día el luego nada acertado vaticinio de que «la Alemania unificada será por muchos años invencible». La noche del domingo, un coloso compatriota suyo derramaba aun gotas de sangre de su magullada mejilla mientras consolaba a un abatido Leo Messi. Ese jugador no tenía nada que ver con aquel chaval que se planchaba el pelo platino como Sick Boy, el sicópata de ``Trainspotting'', ni metía a chicas en el jacuzzi alegando ser sus primas para alegría del propio Beckenbauer, que cada vez que sabía de un escándalo de Schweini se felicitaba y soltaba «¡por fin nuestra cantera produce un jugador que merezca la pena!». Sí, hablamos de Bastian Schweinsteiger, la imagen de esta Alemania campeona, con permiso del héroe accidental Mario Götze.

Para Bastian, un día perfecto no tiene que ver con el futbol, sino con «ver el sol, desayunar con mi novia, compartir con amigos o mirar los Alpes junto a mi familia». Quizá porque todavía le quedaba lejos lo de ser campeón del mundo. En Maracaná abanderó a los suyos, corrió más de 15 kilómetros, 1,3 más que el propio Mascherano, y dio casi cien pases a sus compañeros. Sangre, sudor y, al final, lágrimas. Todo en uno. Ganaron. Y el secreto, según dijo, no es otro que la «tradicional mentalidad de los alemanes» que les catapulta a «correr, presionar y defender». Eso, y unos cuantos jugadores de una enorme calidad técnica. Como Götze.

«Mario, mírame a la cara. Mírame a la cara. No dudes en hacer lo que sabes. Hazlo, que te he visto», le dijo Jurgen Klopp el primer día que aquel joven prometedor se cambió en el vestuario del primer equipo del Borussia Dortmund. El domingo, hizo lo que sabía. Buscar el espacio como un `falso 9', bajarla con el pecho y marcar. Certificaba así el Mundial con más goles de suplentes (32), decidido, cómo no, con un gol de un suplente.

«Este título es el resultado de diez años de trabajo», se reivindicó Joachim Löw tras la merecida consecución de la Copa del Mundo por la selección alemana. Ni un pero a una afirmación asumida y reconocida por todos los entendidos en el mundillo del fútbol. Pero curiosamente todo comenzó con un Boateng, pero Kevin Prince, el ghanés, cuando, como recuerda el analista en fútbol alemán Daniel Martínez, en 2010 en la final de la FA Cup de Inglaterra, a pocos meses del Mundial de Sudáfrica, Boateng lesionó a Michael Ballack. «La ausencia del lesionado Ballack, paradójicamente, impulsó un proceso de cambio en el estilo de juego de los alemanes y aceleró el desarrollo de una concepción futbolística más dinámica y agresiva a la que se venía practicando hasta entonces», sostiene.

«Ganaron como alemanes»

Hoy, Alemania vuelve a ser campeona del mundo. «Tener o no a los mejores jugadores individuales da igual, lo que importa es el mejor equipo y lo hemos tenido», dijo el capitán Philipp Lahm. «Ganaron como alemanes», lo resumía el escritor Juan Tallón. «Ganaron por, pese a ser buenos, querer ser mejores», afinaba Rafael León Alemany, redactor y coordinador en la web Perarnau Magazine.

El plantel alemán, tras más de un mes en tierras brasileñas, aterriza hoy en casa y será agasajado por sus seguidores en Berlín, no en Frankfurt como suele ser la tradición. Ayer, en la otra punto del globo, en Ezeiza, los subcampeones argentinos eran recibidos como héroes. A pesar de la amarga derrota, la hinchada de su país los `banca' por su coraje y su corazón, y por haber vuelto a ilusionar al país.

Argentina, recibida con honores

La Albiceleste se despidió con honor, pero seguramente perdiendo con justicia, a pesar de que siga dándole vueltas a los casi-goles marrados por Higuaín -el jugador que ha fallado más ocasiones claras de gol en este Mundial- o Palacio e incluso al reclamado penalti al Pipa por el portero Neuer. El sollozo honesto del Jefecito Mascherano al final, sus lamentos a corazón abierto, hacen imposible cualquier crítica a bote pronto. Otra cosa es la mirada perdida, desolada de Messi, terrenal como todos, que asumió que los de arriba no definieron como estaban obligados.

El paso del tiempo cicatrizará heridas -veremos cuánto tardan en suturar las del `10' argentino en el que era `su' Mundial-, las cosas se verán de otra manera. La propia Holanda de Louis Van Gaal saboreará el camino trazado aunque el premio fuera menor, selecciones como Costa Rica se habrán ido con la cabeza muy alta. O Colombia. Lágrimas como las suyas, como las de otros equipos que se sintieron importantes no son de lamento, sino de frustración por no poder seguir compitiendo cuando se sentían fuertes.

Nada que ver con españoles, italianos, ingleseses, rusos, nigerianos y, sobre todo, brasileños. Brasil, por fin, ha dejado dormir tranquilo a Moacir Barbosa, el portero maldito que no pudo parar aquel chut del charrúa Alcides Ghiggia en el `Maracanazo' de 1950. Hoy se frota los ojos porque no se cree aun ese 1-7 del `Mineirazo'. Ayer trascendió que Luis Felipe Scolari ha presentado su dimisión como seleccionador. Al fútbol brasileiro le urge un acto de contrición. Tal vez cuando Neymar se tatuó en el cuello ``Tudo Passa'' no sabía el tamaño filosófico que tienen ahora sus palabras. Pero Brasil no puede dejar pasar ese fracaso como si nada.