Joseph Conrad, el espejo de las tinieblas humanas
El 3 de agosto de 1924 falleció quien navegó por el hombre, retratándolo en distintos mares. Para Teodor Józef Konrad Korzeniowski -luego cambió su nombre, anglinizándolo- todo empezó, como dijese Alfred Jarry, «en Polonia, es decir, en ninguna parte».

Y si uso la ocurrencia del patafísico es debido a que se aplica como un guante a los orígenes de Joseph Conrad, asociado habitualmente con Polonia. Ser polaco suponía entonces, como señalase uno de sus biógrafos, John Stape, «una identidad etnolingüística y cultural, no política: vivió infancia y juventud en territorio que hoy es Polonia, pero nació y pasó la mayor parte de sus primeros años y algunos de la adolescencia en lo que hoy es Ucrania y que hasta 1919 formó parte del Imperio ruso... Conrad fue un súbdito del zar, y vivió en los Imperios austrohúngaro y ruso, no en Polonia, entonces ausente del mapa europeo al no tener existencia política». Su nacimiento fue en Berdichev, el mismo lugar en el que nació Vassili Grossman y en donde, por cierto, contrajo matrimonio Balzac.
En su niñez -según sus propias declaraciones- ya parece que se estaba jugando su futuro, siempre en movimiento: «Cuando era pequeño -cuenta en «El corazón de las tinieblas»- tenía pasión por los mapas. Me pasaba horas y horas mirando Sudamérica, o África, o Australia, y me perdía en todo el esplendor de la exploración. En aquellos tiempos había muchos espacios en blanco en la tierra, y cuando veía uno que parecía particularmente tentador en el mapa (y cuál no lo parece), ponía mi dedo sobre él y decía: `cuando sea mayor iré allí'». A los quince años ya expresaba su deseo de convertirse en marino a pesar de no haber visto el mar en ninguno de sus desplazamientos (Berdichev, Jitomir, Vologda, Tchernigov, Lvov y Cracovia ).
Contraviniendo las esperanzas que en él tenía puestas su padre -que falleció cuando el muchacho tenía once años- y a pesar de los denodados esfuerzos de su tío y tutor para que tales deseos fueran cumplidos, este «quijote» -como le llamaba desesperado éste - abandona Cracovia a los diecisiete años y marcha a Marsella. Tras abundantes navegaciones, obtiene en Londres el título de capitán para largos recorridos. Convertido en marino inglés, huye de las comodidades y ventajas de esta nueva pertenencia y, en vez de disfrutar de las comodidades de la Inglaterra imperial, viaja sin descanso afrontando la aventura y las necesidades sin cuento; si su padre sufrió el castigo y la persecución a causa de su patriotismo polaco, y su abuelo enfrentándose contra Napoleón había llegado hasta a comer perro, él eligió «las carnes saladas y los panes duros en alta mar, además del gusto del tiburón, de las serpientes, de platos imposibles de describir y de los que no conocía ni su nombre...». Quijote, sí, pero no en busca de valores caballerescos, sino llevado por la imaginación, y sin ninguna pretensión de dar la conformista imagen de un buen ciudadano.
Siempre dos
En su vida se confirmó desde su nacimiento la figura de un ser-entre-dos: polaco no siéndolo exactamente, inglés pero desertando al tiempo de sus valores, y no siendo considerado jamás como «uno de los suyos», coletilla que él se cansó de repetir en su prosa, y más en concreto en su «Lord Jim»; no pertenencia que muchos de sus críticos y conocidos subrayaban en su endiablado uso del inglés, lengua que adoptó para escribir, que denotaba una pronunciación imposible a la vez que un léxico de un rebuscamiento excesivo. Marino y escritor... siempre-dos, complementarios a la vez.
Antes de asentarse, es un decir, su tío y tutor Titus enloquecía con la vida de su sobrino y hubo de afrontar las importantes deudas de juego contraídas que estuvieron a punto de conducir al suicidio al muchacho, que no conforme con tales desfases lúdicos, no se privó de dedicaciones un tanto turbias, como contrabandista de armas con los seguidores de don Carlos, y a mantener algún desbocado y tormentoso amor. Fue la navegación en un carguero inglés la que le salvó de la complicada encrucijada en la que se hallaba; viajes por los mares de Oriente y otras geografía. El logro del Master's Certificate en 1886 le supuso la concesión de la nacionalidad británica; Oriente le sirvió de inspiración para muchas de sus novelas; en 1890 viajó al Congo belga al mando de un vapor fluvial.
El mar surcado de norte a sur y de oeste a este desataron su pluma y así en 1895 publicó su primera novela, «La locura de Almayer», tras lo cual se entregó de lleno a la escritura, no logrando hasta 1913 celebridad como escritor, gracias a una novela titulada «Azar». Quiso el azar, o más bien los amplios conocimientos de la fauna humana adquiridos en sus numerosos viajes, que la «locura» de su primer título fuese indicativa del camino que luego seguiría por «paria», «vagabundos», «anarquistas»... y las tinieblas del corazón.
Conrad convirtió su escritura en verdadero espejo de la gente de mar y sus confines; lejos del exotismo de los viajeros Loti, Kipling o Ségalen. Sus paisajes son los del lado oscuro de los humanos, en tensión entre cultura y natura: los Kurtz, lord Jim o Marlow... Su geografía es la inocencia, la crueldad, la debilidad moral, la maldad, la soledad...

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