Sangre fresca
True Blood», traducida al español como «Sangre fresca», es una de las series de televisión que con mayor acierto ha pervertido, saqueado, corrompido y elevado a la categoría del surrealismo más desternillante todos los tópicos del fantástico y del terror mezclándolos con una sibilina reflexión acerca de la realidad social norteamericana.
Delirante, decadente, hortera, inconexa, imperfecta, naïve, excesiva y salvaje, «True Blood» engancha en su primera temporada para dejarnos marchar después a causa de su decadente progresión en las siguientes temporadas. Una pena. Pero en sus episodios iniciales, y muy cerca de la novela de Charlaine Harris («Muerto hasta el anochecer»), desde la primera gota de sangre que se extrae de un cuello expuesto a los sexuales colmillos de los vampiros y de las vampiresas, la serie seduce sin poder poner resistencia.
En la configuración de los personajes, lejos de la heteronorma, «True Blood» genera otro tipo de identidades alejadas del binomio femenino-masculino. Criaturas como las hadas, los vampiros, los hombres lobo o los transformistas se confunden con los seres humanos en su vida cotidiana.
Claro que las tensiones sociales quedan claras desde el principio y la monstruofobia aparece como metáfora de lo que en la actualidad experimentamos, ese miedo a lo distinto y no solo en lo que a las prácticas sexuales se refiere. A pesar de su evolución adolescente y de lo destartalado de los guiones tras las primeras temporadas, «True Blood» tiene momentos impagables, geniales diría, en los que se ríen del «sexo para adolescentes» (y no tanto), y de las mentes recalcitrantes y republicanas. Podría ser peor, y la verdad es que la séptima temporada lo es.

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