«Me es más fácil vislumbrar lo que no quiero. Cómo no quiero ser»
Tras muchos años de aprendizaje pasando por Gasteiz, Barcelona o Donostia (Musikene), Hasier Oleaga presenta su segundo álbum en solitario, «Cantus Caterva II», de impecable acabado.

Musicalmente, pocas cosas habría tan desoladoras como que los miles de asistentes a los festivales de jazz de Getxo, Gasteiz y Donostia desconectaran hasta el año que viene, que no tuvieran un momento de atención para el jazz local y apoyar, de paso, una escena pequeña, pero que cada año resulta más alentadora; aún más si se tienen en cuenta el excelente nivel del escueto, pero animado, grupo de discos que se editan al año. Oleaga es novedad estos días, pero también lo es Nevermind Trio o «Uhinak hirian barrena».
«Cantus Caterva II» es la continuación de «I», editado también por Errabal Jazz en 2012. Ambos discos poseen un nivel destacable, pero «Cantus Caterva II» transmite más solidez, más argucias y tramas. Tampoco extraña, ya que Oleaga crece objetivamente como músico y como compositor, faceta esta última poco frecuente en cualquiera de las escenas de la música, donde el percusionista no pasa de ser un buen acompañante o un magnífico soporte.
Hasier Oleaga, bilbaíno del 79 pero residente en Donostia después de ciertos años de nomadeo y aprendizaje, comparte batería con Nevermind Trio, Maracas para Dos, Telmo, Ruper Ordorika... y su carrera en solitario, que todo indica pretende continuar.
En «Cantus Caterva II» Oleaga se acompaña de Iñaki Salvador a las teclas, Mikel Andueza y Julen Izarra al saxo alto y tenor, respectivamente, Jorge Abadías a la guitarra, Jon Piris al contrabajo y Fernando Neira, más puntual, al bajo eléctrico. Con la solidez e inspiración de los ocho cortes construidos por Hasier, los diferentes instrumentos se cruzan, se suman o se aíslan con sutileza y precisión. El juego de los dos saxos apasiona y seduce con sus sopladas en solitario o en paralelo; Abadías puntualiza más, va relajado, como en «Zure gaileta neure kafean bustitzen duzunean» o «Weyland txirrindularia»; Iñaki Salvador cuando emerge es líder, «Solvitur ambulando»; el contrabajo es discreto en su sonoridad, le toca ser leve casi por definición, pero imaginativo título a título, como en la misma apertura, «Lekitto eta kitto», o su mayor plano en «Mayi»; y Hasier Oleaga es el imaginativo remachador que, lejos de apabullar o de situarse en primera fila continua, no deja de buscar los golpes adecuados, los ritmos menos evidentes, el alentador buen gusto. El equilibrio recorre «Cantus Caterva II» y los roles se reparten con equidad, aunque quizá la implacable sonoridad de los saxos y su papel inevitablemente solista tiña el total con algo más de señal que el resto.
La grabación realizada en los estudios Pottoko de Beasain es diáfana. El trabajo de Fredi Peláez es notable desde la grabación a las mezclas y la masterización.
¿Continúa afincado en Donostia o ese espíritu libre sigue viajando?
Mi espíritu, que continúa buscando la libertad entre otras cosas jugando con la música, ha encontrado en Donostia la posibilidad de continuar su desarrollo. El lugar perfecto para ello. El hogar en el que puedo continuar realizándome como persona, marido, padre, músico y más cosas que ahora mismo no recuerdo...
La aceptación del festival de jazz de Donostia es notable, ¿se respira jazz durante todo el año?
Es complicado, por no decir que imposible, mantener el ritmo y la actividad que se vive en el Jazzaldia durante todo el año. Como músico que soy y para sobrevivir, hay que usar mucho la imaginación. Y con eso solo, resulta insuficiente. El jazz en este país no da de comer. Uno se tiene que dedicar a realizar otros tipos de música para llenar el puchero.
Como músico ha tocado en el Jazzaldia, ¿pero es también espectador? ¿Alguien le ha dejado perplejo en los últimos años?
¡Sin duda! Acudo cuando mi agenda me lo permite. El año pasado, por ejemplo, la actuación de Steve Swallow y Carla Bley me pareció muy interesante, así como una actuación a la que, para mi desgracia, no pude asistir y de la que me han hablado maravillas, la de John Zorn y Masada Marathon. Este año el cartel ha sido impresionante y me dio una grandísima lástima no poder asistir al «Uberjam deux» de John Scofield.
¿Es de los que va a un concierto y no le quita la vista a cómo toca el batería? ¿Se compara mucho?
El de la batería es el lenguaje que practico, de modo que me resulta irremediable el poder de atracción que ejercen sobre mí los que practican «este deporte». A pesar de que tengo que admitir que no me llaman la atención los ejercicios atléticos ni los malabarismos espectaculares. Tenemos la suerte de poder disfrutar de un festival de jazz de mucha importancia a nivel mundial, con la fortuna de poder ver a grandes instrumentistas. Pero más allá de la cercanía que puedo sentir para con un batería espectacular y fuera de serie, me llama la atención ese batería pujando por la misma causa que el resto de la banda.
Ha habido notables compositores baterías y líderes de un proyecto determinado, pero no es lo más habitual. ¿Qué debe tener un líder a la batería?
Realmente no sé qué debe tener. En la música, como en la vida, me resulta complejo saber lo que quiero. Me es más fácil vislumbrar lo que no quiero. Cómo no quiero ser. Eso, sumado a cómo me gusta ser tratado conforman un mapa o una guía para ser y/o seguir.
En un repaso fotográfico, en una de las imágenes se le ve trabajando en un cuarto acogedor y abigarrado, ¿así es la vida de un músico con una batería?
En la vida hay momentos en los que uno tiene que «poner un poco de orden». Uno es, o trata de ser, muy ordenado y disciplinado de manera que en muchas cosas uno puede llegar a dar una impresión que no es del todo fiel a la realidad o por lo menos no en todos los casos. Si uno se queda con una imagen en la que aparentemente reina el caos, puede crearse una opinión errónea que nada tiene que ver con lo riguroso y meticuloso que hay que ser para poder realizar una labor como la que hacemos los que compartimos profesión y locuras. Esta labor poco tiene que ver con la vida loca de un jazzman de los años 40, un beatnick o una estrella del rock o rocker estrellado.
¿Un batería de jazz, en el rock no creo que sea así, tiene la obligación de inspirar a los demás o aquí se delega y se inspiran todos de todos?
Para empezar, creo que el estilo al que uno se dedica no delimita ningún tipo de obligación, y menos si se trata de inspirar o ser inspirado por... Tengo la suerte de tener que dedicarme a varios estilos por lo que no me considero un «batería de jazz». Realmente no me fío mucho de las definiciones de ese tipo. Y, por otro lado, sí que me dedico a tocar la batería, pero del mismo modo que me dedico a tocar muchos y muy diversos estilos. Quizá confíe más en hablar de personalidades, de personas que hablan en diferentes contextos y lenguajes o de diferente manera, y ahí es donde surge una «contaminación» mutua. Has hablado de una inspiración que fluctúa en una dirección u otra, pero yo hablaría más de una comunicación y lo que eso significa e implica. En esa comunicación es donde sucede una inspiración que va en ambas direcciones.
«Solvitur deambulando» es uno de los temas que más nos ha sugerido, es caliente. ¿Surge de una buena sesión de improvisación?
Básicamente todo estaba precisado, sí. Aunque la dosis de improvisación tiene un papel primordial. Como en esta música ambas realidades coexisten: por un lado, la parte preestablecida, escrita de antemano y arreglada, y, por otra, la que usando lo propuesto en la primera se centra en la improvisación. De manera que sí, se improvisa, pero se usa un lenguaje ya conocido por todos. Viene a ser como si uno se pusiera a narrar el mes de vacaciones que ha tenido por la playa. ¿Improvisaría usando un lenguaje ya conocido para contar su experiencia? Creo que no. ¿Crearía una nueva forma para comunicarlo? ¿Un nuevo lenguaje? Usaría palabras que nos son conocidas, pero la manera en que las usa y el sentido con el que quiere usarlas quizá tenga que ver con la palabra improvisación.
¿Qué opinión le merecen los solos de batería? ¿tienen mucho sentido?
Es un momento musical muy concreto. Por lo energético, por lo singular de ese hecho musical... Depende del momento, del contexto, del modo en el que se llega a ese espacio. Él o los creadores tienen la responsabilidad de darle credibilidad y sentido a aquello que cuentan. Sea lo que sea. Y como todos los momentos que pueden conformar el acto musical instrumental, que «no vocal», es responsabilidad de los intérpretes darle sentido y credibilidad. Pienso que la veracidad que puede tener la historia que se cuenta, es responsabilidad del intérprete.
¿Es complicado repartir roles o esto va solo?
Tengo la suerte de contar con unos músicos que además de ser fuera de series, en lo personal puedo decir que son amigos muy cercanos, lo que da como para que todos ellos se sientan lo suficientemente confortables e implicados en la causa como para entender los roles de cada uno en cada momento, respetarlos y pujar por ello con total convencimiento, para mi suerte. Como el nombre del grupo indica, «Cantus Caterva», esta es la «cuadrilla de la canción, de la melodía». Tengo el lujazo de haber formado un grupo de amigos, que además de pasarlo en grande, rinde su pequeño homenaje a la melodía. Y el hecho de que se trate de grandes amigos hace que todo «sea fácil». No es que vaya solo, todos los miembros de la caterva pujan y empujan por todo esto.
Dos años en el jazz no es mucho tiempo, la producción discográfica más bien va relajada, usted ya lleva dos discos en ese tiempo, ¿ha dado con un tiempo creativo por las circunstancias que sean?
Depende del parámetro con el que uno mida el ritmo y productividad de un músico, puede resultar escaso o todo lo contrario. Si nos fijamos en un músico norteamericano de primera línea, su producción discográfica raya lo sobrenatural por abundante. Por otro lado, el tiempo creativo lo marcan las circunstancias que bien pueden ser un número elevado de actuaciones, una necesidad casi vital de escribir música y llevarla a cabo, etc. En mi caso, las circunstancias me han llevado a tener una carpeta llena de temas, además de una necesidad de darle salida a esa música. El tiempo creativo que he tenido en los últimos años ha marcado un ritmo, pero eso no quiere decir que haya que bailar siempre a ese ritmo.
¿En qué escuela o tipo de jazz encuadra el disco?
Saliendo del paso con un «tópico bastante típico», poner etiquetas a la música es una forma de ponerle límites. Prefiero hablar de la música que cada uno escucha. Creo que es más honesto hablar de la música que a uno le gusta y que forma parte de su cotidianeidad. De ahí sale una forma de hablar determinada. Somos lo que comemos, ¿no? Por eso en vez de encasillar nuestra voz, preferiría hablar de la música que me llama.
Son temas largos, permiten que el oyente se implique en el desarrollo. Claro, aquí no hay introducción, estribillo, base, estribillo y fuera.
Sí, creo que uno lo tiene que pasar bien haciendo música. ¡Por supuesto! Pero creo que ese no es el objetivo a priori. En este disco la parte escrita tiene más desarrollo, y de alguna manera creo que eso tiene que tener una relación con la parte improvisada. Es por eso que el oyente tiene oportunidad de implicarse en el desarrollo.
«Zure gaileta neure kafean bustitzen duzunean» es quizá uno de los temas más diferentes... ¿Termina la canción su hija con esos balbuceos? ¿Tendrá derechos de autor?
Sí, es mi hija. Y por supuesto que tiene y tendrá derechos de autor. ¡Los celebraremos con un par de chupetes...!

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