«Cómo funciona la música», según David Byrne
David Byrne es uno de los músicos más sugerentes de la historia de la música pop. Se da a conocer liderando la banda neoyorquina de new wave Talking Head, que va desde el final de los setenta hasta los ochenta. Iniciada su carrera en solitario, Byrne se convierte en un activo escritor, director, actor, productor, empresario... y comunicador.

David Byrne nace en Escocia en 1952, pero con tan solo dos años sus padres se trasladan a Canadá, que no será su destino final, ya que pasados seis años su familia se traslada nuevamente, en esta ocasión para situarse en Baltimore, Estados Unidos. En 1970 ingresa como estudiante en la Escuela de Diseño de Rhode Island, donde conoce a Tina Weymouth y Chris Frantz, que posteriormente serían parte de Talking Head. En esta escuela estudia un programa funcional de diseño conocido como «La teoría Bauhaus-, además de tomar un curso de arte conceptual. Tras abandonar la escuela y recorrer buena parte de EEUU, Byrne regresa a Rhode Island para formar The Artistics junto a David. Poco tiempo después el grupo se disuelve y Byrne, Chris y Tina forman Talking Head a mediados de la década de los setenta. Un par de años después se integraría en el grupo Jerry Harrison a la guitarra. Tras ocho brillantes álbumes de estudio la banda se disuelve en 1991. Byrne comienza una carrera en solitario donde el ritmo aún es más vital que en los dinámicos Talking Head. No obstante, su discografía es variada, ya que no es lo mismo colaborar con su gran amigo Brian Eno que con los bailongos St. Vincent, con quienes graba en 2012 «Love this giant», un álbum melódico, de pista de baile noble (nadie lo mezclaría con una canción de Paquirrín, Bustamante, Bisbal, Marta Sánchez o Fangoria).
El escritor
Byrne es un multiterreno tanto musicalmente como en otros aspectos de la vida. Edita su primer escrito en 1986, «The stories», y prolonga su afición con ocho referencias más, la última «How music works» (original de 2012), traducido al castellano bajo el título «Cómo funciona la música», más de 350 páginas con letra pequeña y escasos márgenes desde donde Byrne analiza diferentes aspectos de la esencia musical.
Nos quedamos con las ganas de conocer su opinión teorizada y explícita sobre proyectos tan controvertidos como Spotify y similares, quizá por no ser una propuesta asentada antes de 2012 en Estados Unidos. Una lástima.
Según Byrne el proceso de escribir música no sigue un camino estricto. Para algunos compositores, la música se crea por medio de la notación, el sistema escrito de símbolos que cierto porcentaje de músicos comparte como lenguaje común. «Aunque se use un instrumento (un piano, tradicionalmente) como apoyo para componer, esta clase de música surge como entidad escrita. Los intérpretes o el compositor pueden introducir cambios en la partitura en fecha posterior, pero la composición se hace en su mayor parte sin la participación de los intérpretes. Más recientemente, la música empezó a ser creada mecánica o digitalmente, mediante la edición y la suma de capas de sonidos, muestras, notas y bits transportados y acumulados físicamente o en el mundo virtual de un ordenador», explica.
«Aunque gran parte de mi música fue al principio compuesta en soledad, solo alcanzó su forma final como resultado de su ejecución en directo. Igual que con el jazz y los músicos de folk, la idea era arrojarlo todo en el crisol de un concierto, para ver si se hundía, flotaba o incluso echaba a volar», concreta.
Respecto a sus primeros años de relación con la música, Byrne teoriza la experiencia frente a un entorno en el que predominaba el folk: «Decidí tocar canciones rock de mis grupos favoritos de la época los Who, Crosby, Stills & Nash y los Kinks con una guitarra acústica, creyendo que algunas de esas canciones habían sido escritas con tanta integridad como la música folk que la gente de la cafetería escuchaba más a menudo, y que por eso tal vez encontraría un público receptivo. Me parece recordar que funcionó: ¡no habían oído nunca esas canciones! Lo único que hice fue trasladar las canciones a un contexto nuevo. Como yo las tocaba con más energía que la que un artista folk corriente ponía al presentar su propio material, la gente escuchaba, o tal vez se quedaban pasmados ante la audacia de un adolescente precoz».
Analógico
Byrne señala que la primera grabación de sonido data de 1878. «Desde entonces, la música ha sido amplificada, retransmitida, separada en partes y grabada con micrófonos, y la tecnología que hay detrás de esas innovaciones ha cambiado la naturaleza de lo que se crea. Del mismo modo que la fotografía cambió nuestra manera de ver, la tecnología de grabación cambió nuestra manera de escuchar (...). Mucha gente tenía un piano en casa, cantaba en misa o experimentaba la música como público de un concierto.
Para el neoyorquino de adopción todas esas experiencias eran efímeras puesto que nada permanecía, nada quedaba, excepto en el recuerdo (o en el recuerdo de los amigos) de lo que habías escuchado y sentido. «Tu memoria -expone- podía muy bien fallarte o estar influenciada por factores extramusicales. Si un amigo te decía que la orquesta o el grupo había sido una birria, eso podía llevarte a revisar tu recuerdo de aquella experiencia. Múltiples factores contribuían a que la experiencia de la música en directo fuese un fenómeno nada objetivo. Era inasible. Y, la verdad sea dicha, sigue siéndolo.
Bajo este punto de vista, el vocalista refiere a Walter Murch, editor de sonido y director de cine: «La música fue la principal metáfora poética de lo que no podía ser conservado». Nuestro multiinstrumentista perfila: «Algunos dicen que esa evanescencia ayuda a concentrar nuestra atención, que escuchamos con más detenimiento sabiendo que solo tenemos una ocasión, una oportunidad fugaz de captar algo, y que de ello resulta un disfrute más profundo.
El cedé
Aunque sean hechos sabidos, Byrne no deja pasar la ocasión de explicar cómo nace el cedé. «Los cedés, que hicieron su debut en 1982, fueron desarrollados conjuntamente por Sony en Japón y Philips en Holanda. Antes se habían almacenado películas digita- lizadas en laser-disc, que eran del tamaño de un elepé, y la posibilidad de codificar en un disco el contenido entero de un álbum parecía estar por tanto al alcance. Si se podía reducir el tamaño del disco, se podía ganar dinero con ello. Philips tenía la parte del láser en desarrollo y Sony aportaba su potencial manufacturador, así que acordaron trabajar juntos en ese nuevo formato».
Para el neoyorquino en adopción ese acuerdo resultaba inusual, ya que lo normal era que una compañía desarrollara un formato propio y luego tratase de ejercer control sobre él para cobrar por su uso a las otras. «El resultado fue que se evitaron muchas de las habituales majaderías de patente exclusiva que podrían haber entorpecido la aceptación y la difusión del cedé».
«Nos dijeron que los cedés -relata Byrne más adelante mientras razona sobre asuntos de la calidad del sonido- durarían para siempre y que sonaban limpísimos, pero la verdad es que no suenan tan bien como los elepés, y su durabilidad está por ver. El espectro de sonido de los medios analógicos tiene un número infinito de gradaciones, mientras que en el mundo digital todo está seccionado en un número finito de fragmentos. Los pedacitos y los bits pueden hacerle creer al oído que representan un espectro auditivo continuo (la sicoacústica en acción), pero, por naturaleza, siguen siendo ceros y unos; peldaños, en lugar de una pendiente suave»
«¿Y los mp3?» -se pregunta el músico de pelo blanco-. Puede que sean el medio más conveniente hasta el momento, pero no puedo evitar pensar que la artimaña sicoacústica empleada en su desarrollo la capacidad de hacerle creer y sentir a la mente que toda la información musical está ahí, cuando en realidad hay un gran porcentaje ausente es una continuación de esa tendencia por la que nos dejamos seducir en aras de la conveniencia. Es música en formato de pastilla; proporciona vitaminas y funciona, pero le falta algo. A menudo nos ofrecen, y aceptamos gustosamente, medios prácticos, «suficientemente buenos», en lugar de los que en realidad son mejores (...)».
En un extenso tramo, el escritor y músico explora los terrenos y las dificultades de la autogestión. Explica con cifras lo que han ganados determinados artistas con Bandcamp y resuelve casi contablemente cómo se desarrolló su proyecto «Háztelo tú mismo» con el disco «Every thing that happens will happen today» junto a Brian Eno. Experiencia positiva que desarrolla al detalle.
Exposición de hechos y teorías
«Cómo funciona la música» es un libro de entretenida lectura en el que Byrne, tanto de forma teórica como con ejemplos prácticos, explica diferentes aspectos relacionados con el interior de la música. Explora con argumentos la validez del cedé o la conveniencia de optar por la autogestión. Habla de negocios y finanzas en el mundo de la música, del uso de la tecnología, de las bases biológicas y matemáticas del sonido. Observa sobre el patrón y la repetición y sobre la respuesta humana a la experiencia estética. Es un libro en el que muestra su filosofía existencial de vida, unos apuntes biográficos someros y una especie de manual de negocios, además de cómo funciona un estudio de grabación, por ejemplo. No, no es un libro biográfico, pero sí de él en relación con la industria, sobre el funcionamiento de un grupo, sobre cómo influyen los elementos externos en el devenir de una banda y de su sonido. A Byrne se le puede escuchar dando una charla sobre cómo la arquitectura de una ciudad y sus cambios pueden influir en el estilo de un grupo. Le divierte «pensar», exponer hechos y teorías. P.C.
En una de las partes del disco, Byrne desarrolla todo el proceso de autogestión del disco «Every thing that happens will happen today». La prolija explicación se concreta en todo tipo de cifras y los beneficios conseguidos finalmente.
En el lado más práctico del libro, Byrne compara los gastos de dos de sus discos según las decisiones tomadas y analiza las cifras según los resultados obtenidos. Precisando, en consecuencia, qué decisiones fueron las y las menos acertadas.
«¿Puede ese modelo de distribución acabar siendo lo bastante rentable para que un músico emergente pueda vivir de las ventas de su música?» Byrne responde, tras objetivar matices, que «vale la pena considerar este enfoque» .

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