2014/08/17

Antonio Alvarez-Solís
Periodista
El béisbol español

Las palabras de la vicepresidenta de la Generalitat, Joana Ortega, sobre un hipotético atraso de la fecha de la consulta han generado dudas razonables sobre lo que pueda hacer el Govern ante el veto estatal. En esta tesitura, una vez más, Alvarez-Solís defiende el derecho a decidir de los pueblos, y opone a «argumentos viciados» sobre la viabilidad de las pequeñas naciones la denominada «teoría de la proximidad», que está en la base de su «defensa de los nacionalismos que se baten por su libertad en el interior de los voluminosos estados explotadores».

El Gobierno lanza al acusado y el juez le golpea con el bate de la ley. Luego echa a correr. Describo una variable política del aburrido juego norteamericano. Es una variable española en la que nadie opera al margen de la legalidad o, como suele decirse, de las reglas. Todo parece sanamente deportivo. El Gobierno legisla con voluntad moral y el juez golpea con espíritu de obediencia a la norma. La separación de poderes es evidente y garantiza la limpieza de la justicia. La única cosa que comparten ex ante es al acusado. El Gobierno sabe quién será el delincuente antes de que aparezca la ley y el juez sabe quién será el condenado antes de que aparezca el delincuente. El delincuente es el enemigo. ¿Hay en todo ello prevaricación moral?

Hablemos ahora con latines que afinen la cuestión. Todo vasco es ab initio separatista. Todo separatista es per se etarra. Luego la ley se limita a condenar al etarra. La libertad de pensamiento queda a salvo. El juez opera al revés, pero con el mismo fin: todo etarra es vasco, todo vasco es separatista, ergo el juez condena el separatismo por constituir un crimen. La libertad de pensamiento es otra cosa. ¿Hay en todo ello prevaricación moral?

A mí el Gobierno español me recuerda con sus leyes a las viejecitas de mi época puberal, que hacían jerséis de crochet para las jóvenes de la familia, una técnica en que un punto se enlazaba muy liberalmente con otro hasta componer una malla muy apreciada por dificultar toda visión execrable, pero que dejaba pasar los perfiles. Esto dio lugar a masturbaciones frecuentes, pero subrayaba la virtud de la tejedora. Merced al crochet y otras veladuras los varones constituíamos una unidad de destino en lo universal ¿Hubo en ello prevaricación moral o tuvo la culpa el inocente crochet?

Por qué España lo ha hecho todo tan difícil en la vida colectiva y en su política de Estado? ¿Por qué los catalanes y los vascos han de ser españoles a fin de no incurrir en delito, mientras los españoles consumen su tiempo en proclamar que ellos también son vascos o catalanes, sin que delincan por ello? ¿Qué hay en el fondo de este juego sino una freudiana brasa de amor-odio o de envidia vecinal que altera incluso la faz de los protagonistas? ¿No es cierto que el «nunca, nunca, mientras yo sea presidente» reviste el rostro del Sr. Rajoy de una excepcional rudeza, cuando el presidente español tiene habitualmente unos rasgos líquidos y desmayados, con la punta de su lengua mansamente fuera aunque hable de despidos o más impuestos? Todo esto me lleva a la sospecha de que España necesita a Catalunya y Euskadi para para revestirse de europeidad en las reuniones de Bruselas. Dominar estas colonias viste de internacionalidad. Pero este deseo de que catalanes y vascos acepten el corral español produce unas leyes que envenenan el ambiente hasta límites irracionales. España es un brasero al que disimulan las cenizas.

Por ejemplo, ¿qué hará ahora España con la declaración de la vicepresidenta de la Generalitat, Joana Ortega, que admite el aplazamiento de la consulta soberanista en caso de que la vete el Estado español? En Madrid estas palabras no se aceptan como una invitación al diálogo razonable, sino como expresión de una rendición incondicional ¿Se van a rendir los catalanes? Y si así ocurriera, ¿es bueno para la paz que una nación se rinda incondicionalmente a la nación que la acosa? ¿No fomenta eso el rencor, padre de la violencia? Alguien me ha dicho que se trata de una finta para atraer, de cara a las próximas elecciones, los votos disidentes del Partit Socialista catalán y aún los de Podemos y los de aquellos que siguen al Sr. Durán y Lleida, que anda risueño estos días ante la perspectiva de ser el convergente con España, el rey Ubú de una Catalunya que regrese del sepulcro del Sr. Cambó con los deberes hechos. Yo creo que -aun no sabiendo lo que hay verdaderamente en el fondo de la Sra. Ortega- los catalanes tienen que elegir ya entre el espíritu de Maciá o el afán turístico de Tarradellas. El castell no puede dejar que se le caiga el anxeneta. El gesto de la Sra. Ortega ablandará el retórico «¡nunca, nunca!» del extraño Sr. Rajoy, pero endurecerá el tradicional pactismo catalán, que no solo rige para entenderse con el ajeno, sino también para vivir con el propio.

La primera exigencia para ser gobierno es la de encabezar al pueblo. Los convergentes no pueden divergir sin caer en una contradicción in terminis. Quizá el president Mas advirtió este riesgo cuando tres o cuatro días después, en la conmemoración de la victoria de Talamanca en la guerra de Sucesión, dijo lo siguiente: «En lo que a mí se refiere, solo hay un camino: ejercer el derecho a votar... Porque lo que queremos los catalanes es gobernarnos a nosotros mismos». Ahora bien, me dicen que el Sr. Mas miente y que podría abandonar el barco independentista a cambio de una serie de concesiones por parte de Madrid. No sería la primera vez que los convergentes mercadean, pero en esta ocasión lo harían con una mercancía muy peligrosa: la decisión de muchos catalanes de lograr la plenitud de su patria ¿Puede Mas ser un segundo Pujol en el terreno político? El posible escándalo lo pone en marcha un presunto periodista catalán que sueña con las glorias profesionales de la Corte. Poca cosa. Pero ¿hay algo de verdad? Dejemos la anécdota y volvamos a la categoría.

Uno no puede creer, o se asombra, de que a estas alturas de la historia la Europa ilustrada, empezando por Francia, se parapete en los distintos Estados para impedir que la ancestral realidad de las naciones pueda resurgir de sus cenizas. Esa Europa de los grandes dirigentes coloniales -Merkel, Hollande- no hace más que esgrimir argumentos viciados acerca de la imposibilidad de que esas pequeñas naciones, territorialmente hablando, consigan lograr mediante su independencia, una vida económica y social viable. Pues bien, una entidad de la solvencia del Instituto de Investigación del Credit Suisse, en su «Índice de Desarrollo Humano», sienta que este desarrollo «será más elevado en Catalunya si sale de España». Y añade: «Si sumamos todos los factores de desarrollo -sociales y educativos-, los países pequeños salen proporcionalmente muy bien». Subrayo la noticia con la natural satisfacción de quien como yo lleva muchos años trabajando sobre la teoría de la proximidad, que está en la base de su defensa de los nacionalismos que se baten por su libertad en el interior de los voluminosos estados explotadores.

Hacia mediados de los años 70 un libro me hizo replantear muchas de mis creencias sobre la política y la economía. Se titula «Lo pequeño es hermoso», de Ernst F. Schumacher. Argumentos como «hay que relocalizar la economía», «evitar el crecimiento suicida», reconducir «la producción a partir de recursos locales para cubrir las necesidades locales como la forma más racional de la economía» o «el valor último depende del fin al que servimos» me llevaron a pensar en que nada de eso resulta accesible si los centros políticos y económicos no están situados al alcance del hombre de la calle, proximidad que ha destruido violentamente la globalización al alejar crecientemente ambos centros de la cotidianeidad y de la proximidad física. De ahí el extraordinario valor moral, político y étnico que atribuyo a los nacionalismos que hoy han resurgido en el mapa europeo. Con esas naciones en plena posesión de si mismas es factible recuperar una moral pública, un sano universalismo basado en la igualdad y una correcta redistribución del trabajo y de la riqueza que se genere. Conste que no se trata de circular contra la historia sino recuperarla. Una historia del ser humano que dejó de funcionar cuando el sistema burgués fue digerido por el fascismo que representa la globalización.