Nagore BELASTEGI
Udate

Detalle a detalle, de Londres a Bilbo

«Más que un musical, una leyenda», reza el cartel de «Los miserables». Quien más quien menos, todo el mundo ha oído hablar de la novela que Victor Hugo escribió. Su título brilló aún más cuando los personajes tomaron forma en los escenarios de Londres con una banda sonora que hoy forma parte de muchos corazones. La historia de Jean Valjean se ha convertido en el musical por excelencia, que llega a Bilbo como calcado de su original. Aunque el idioma sea diferente, la escenografía y el vestuario son exactamente igual.

El jolgorio de la gente que vitorea a Marijaia en el despliegue de toxinas del Arenal se mezclará con los gritos de los revolucionarios de la obra de Victor Hugo «Los Miserables» (estarán en cartel del 21 de agosto al 6 de setiembre, en el palacio Euskalduna). La producción de Stage Entertainment, bajo la batuta de Daniel Anglés (director de otros musicales como «Hair», «La Bella y la Bestia» y «Mamma mia!» en el Estado español, llega desde Londres. Calcado. Casi idéntico. Ya ha pasado por decenas de ciudades del Estado, por ejemplo Donostia, y su gira parece no terminar nunca. Prevén bajarse de los escenarios en otoño de este año, pero si siguen añadiendo fechas no van a poder parar. Su homólogo británico lleva en cartel más que ningún otro musical (sobrepasando a «Cats»), desde su estreno en octubre de 1985 en el teatro Barbican Arts Centre producido por Cameron Makintosh y dirigida por Trevor Nunn y John Caird. Dos meses después el cartel con la cara triste de la pequeña Cosette lucía en el exterior del teatro Palace y en 2004 al Queen de la avenida Shaftesbury. En 2010 celebró su 25 aniversario, para lo cual realizaron un nuevo montaje. Mientras tanto llegó a Broadway, donde el éxito hizo que al culminar las funciones tuvieran que reestrenar la obra. A partir del 25 aniversario, Makintosh decidió repartir la magia de Victor Hugo por todo el mundo favoreciendo producciones en diferentes idiomas. Así, en octubre de 2013, la producción en castellano empezó a dar sus pasos en el Estado español.

No es lo mismo ver una película (la cinta de Tom Hooper resulta aburrida para muchos a pesar de contar con todos los elementos propios del musical y un reparto lleno de estrellas) o asistir a una función en la que todo es en directo y a tiempo real. La orquesta toca bajo el escenario y los actores hacen fluir toda su emotividad en sus canciones -ni siquiera la distancia, que difumina sus gestos, consiguen que el espectador se pierda en la historia-, 40 personas actúan duplicando o triplicando sus papeles, cambiando de vestuario continuamente a la par que las paredes se mueven para construir un nuevo París, un nuevo Montreuil. Desde aquel estreno de 1985, muchos han sido quienes han aprovechado su viaje a la capital británica para ser partícipe de este espectáculo que se anuncia como «más que un musical, una leyenda».

Pero gracias a que varios lugares del mundo han hecho suya la obra, es posible ver exactamente el mismo espectáculo en 22 idiomas. Las canciones, míticas, nos guían a través de la historia. Las ansias de libertad de Jean Valjean y la lucha por la justicia de Javert; la pena de Fantine, esa madre luchadora capaz de hacer lo que sea por su pequeña, Cosette, a la que veremos convertirse en mujer; la avaricia de los Thenadier y la desdicha de su hija, Eponine, al crecer y darse cuenta de que su amor por Marius no es correspondido; la lucha del pueblo guiada por Enjolras y el sacrificio heroico del niño Gavroche.

Aunque el espectador se topa con escenarios cambiantes, personajes que entran y salen para transmitir su pedacito de la historia, sentado en la butaca no es consciente de todo el trajín que hay detrás del telón. Pelucas, trajes y maquillaje capaces de representar a lo largo de tres horas el paso de varias décadas. «Para el teatro tienen que exagerarse bastante las características faciales. Cuando vestimos a ValJean y vemos como lo han maquillado de viejo pensamos que es exagerado, pero hay que tener en cuenta que el publico está a una cierta distancia. En el cine no es lo mismo porque la cámara se acerca», nos explicó Ursula Martinez, miembro del equipo de sastrería.

Gracias a trabajadores como ella es posible que todo funcione. «Es un trabajo en equipo en el que todos tenemos que colaborar para que salga», afirmó. De hecho, los cambios son tan rápidos -2-3 minutos, aunque a veces tienen hasta 5 o 10- que es importante estar coordinado para que no se molesten los unos a los otros. «El cambio tiene que ir muy coordinado con peluquería porque ellos lo primero que hacen es quitarle la peluca, nosotros le ponemos la camisa, le ponen la nueva peluca, empiezan a maquillarlo y a la vez vamos vistiendolo sin molestarnos los unos a los otros», contó.

Las pelucas son uno de los puntos clave del espectáculo sobre todo en el caso de personajes como Fantine, una mujer rubia de hermosa melena que termina vendiendo su pelo. «La actriz es morena y tiene el pelo largo». Las pelucas son de pelo natural y los encargados de peluquería se ocupan cada día de deshacerles los recogidos y de volverlas a peinar. Hay 42 actores en el elenco y, aunque no todos lleven peluca, algunos tienen más de una; Ursula Martínez calcula que en total contarán con una centena. Los que hemos usado alguna en carnavales sabemos que no son aptas para movimientos bruscos, pero eso también tiene su truco: «el pelo va enganchado a una red, y a esa malla le ponen pegamento. También la sujetan con horquillas», explica. Entre el pelo se esconde el micrófono, que llevan en la frente. Para evitar errores, los protagonistas, a los que es importante que durante las canciones como solistas se les oiga alto y claro, llevan dos dispositivos por si falla uno.

Ni un solo botón

Es lógico que con tanto movimiento y las prisas los trajes terminen rasgándose y los botones salten por los aires y terminen perdiéndose. Aunque parezca una exageración, el vestuario de todas las producciones supervisadas por el montaje original en Londres cuidan tanto los detalles que hasta los botones deben ser iguales. «Es prácticamente una franquicia. El 90% de la ropa viene desde Londres, excepto alguna prenda que haya que hacer nueva porque el arreglo sea imposible. Normalmente el arreglo se hace en Madrid, alguna falda para niña o algún corsé», afirmó la miembro del equipo. Intentan que cada chaleco o chaqueta tengan botones forrados del mismo tejido. Por eso, cuando hay alguna prenda que ya no tiene repuestos para sustituir los perdidos, depende de qué personaje se trate, tienen que pedir permiso para realizar el cambio. «Solemos hacer fotos a los nuevos botones para ver si nos dan el OK -declaró- el montaje es muy fiel a lo que viene de Londres y tiene que seguir siendolo. A veces vienen representantes de allí a comprobar que todo sigue como arrancó, que todo va en orden, que no hay nada que vaya a perjudicar la imagen de lo que ellos venden».

Algunos vestidos vienen parcialmente montados. Por ejemplo, el vestido rosa que Madame Thenadier se pone para la boda tiene plumas pero son tan delicadas que viajan en una caja aparte. Además, si tienen que llevar el vestido a la tintorería tienen que quitarlas. Para saber dónde tienen que colocarlas, sastrería tiene «una biblia» en la que aparecen todos los personajes con fotos. «Incluso el swing, que es el actor sustituto de algún personaje principal, tiene otra biblia y así sabe lo que tiene que llevar en cada momento» cuentan.

Aunque los trabajadores de sastrería cuenten con esa pequeña ayuda, es difícil saber qué ropa corresponde al momento cuando trabajan bajo presión. Por eso utilizan el sistema de montoneras para repartir la ropa: «vamos poniendo la ropa de cada personaje en una silla, de lo último que se tiene que poner a lo primero; ponemos primero la chaqueta, luego el pantalón, luego la camisa, las medias... En una silla puede haber 30 o 40 prendas de ropa para que cuando ellos lleguen no tengan que buscar nada». Entre tanto movimiento es normal que haya pequeños errores. «A Valjean tenía que ponerle un lazo en el cuello, uno negro con tablas. Hay otro momento en el que lleva uno negro con una moña. Le puse el que no era. Él me decía que no me preocupara, que nadie se iba a dar cuenta, pero no era el que tenía que ser. No pasa nada, pero sí pasa, porque es mi trabajo y esas cosas hay que cuidarlas. Hay mucha tensión».

Al margen de los que visten a los actores también están los que se encargan de «vestir» al escenario. Los trabajadores de maquinaria y utillería mueven las pareces en cada escena y las adornan con velas, libros, bastones o sacos. Ese «estrés» de detrás del telón no le disgusta a Martinez, «por una parte está bien porque se pasa rápido. Sin movimiento tres horas serían eternas», afirma.

Honi buruzko guztia: Udate