2014/09/07

EDITORIALA
Escocia y Catalunya, lecciones de democracia y de inteligencia

En este momento, por definición, si los servicios de inteligencia internacionales son algo más que cuerpos burocráticos al servicio de militares e intereses comerciales, algunos de sus mejores analistas deben estar destinados a escrutar los procesos políticos que en Catalunya y Escocia vivirán sus puntos más álgidos durante las próximas semanas. Sin la tragedia que caracteriza las peores crisis humanitarias que ahora mismo asolan a medio mundo, sin la efervescencia conspirativa que provocan los movimientos geopolíticos, sin las problemáticas dimensiones que traslucen cuestiones como el cambio climático, la crisis del capitalismo o las tendencias demográficas y migratorias, por poner solo unos pocos ejemplos, los procesos de autodeterminación escocés y catalán marcan una tendencia política que transciende su ámbito.

Es evidente que el interés de la población vasca en estos casos está relacionado con nuestra situación política. Es evidente que, salvando tanto las diferencias que ambos casos tienen entre sí como las que tienen con el caso vasco, esas experiencias contienen importantes lecciones para quienes en Euskal Herria desean decidir libre y democráticamente su futuro, una mayoría a la vez consolidada y fragmentada. En consecuencia, y no cabe olvidarlo, también las tienen para quienes quieren impedir ese derecho.

Pero también tienen repercusiones en el contexto europeo y a nivel global. Tanto es así que, por lo avanzado de su proceso, es previsible que en el caso escocés esas consecuencias se den sea cual sea el resultado del referéndum, aunque sea de diferente manera y con otra intensidad. El reto que el proceso escocés supone para las estructuras de poder y para la cultura política en Gran Bretaña va mucho más allá del 18 de setiembre. La Unión ya no puede seguir funcionando como si esto no hubiese pasado, lo cual en sí mismo ya es una lección. Tampoco lo podrá hacer la Unión Europea, por mucho que intente limitar el caso a una cuestión interna y aislada.

Lecciones, contextos y temas a enfocar

En coherencia con la importancia que estos temas tienen en su línea editorial, durante las próximas semanas GARA va a hacer un seguimiento aun más exhaustivo de los casos escocés y catalán. Es humanamente imposible abarcar todos los aspectos de los mismos, pero conviene establecer algunos de los focos en los que nos concentraremos. Partiendo, evidentemente, de la defensa de la democracia, entendiendo el derecho a decidir de la ciudadanía y de los pueblos como un valor positivo. Marcando, evidentemente, la diferencia entre quienes quieren decidir qué quieren ser en el futuro y quienes no quieren que otros decidan qué quieren ser, ni siquiera qué son o dejan de ser. Este es el elemento central del debate.

A pesar de contener importantes lecciones, una de las más importantes es entender que no existe una fórmula mágica, universal, para hacer efectivo el derecho a decidir. En diversos terrenos los procesos catalán y escocés son contradictorios, casi tanto como las posturas de los gobiernos español y británico. En el caso catalán la torpeza del Estado en el tema del Estatut supone un catalizador, y el trabajo desarrollado durante décadas por diversas personalidades y agentes de la sociedad civil catalana pasa de ser políticamente casi marginal a ser socialmente hegemónico. En cierto sentido, y simplificando mucho, es un proceso construido de abajo hacia arriba. En cambio, en el caso escocés es el liderazgo del SNP y en especial de Alex Salmond el que detona el proceso. La concepción metropolitana de los mandatarios británicos, el camino que va desde el thatcherismo hasta el auge y la debacle de la tercera vía laborista, también ejercen de acelerador de las aspiraciones escocesas.

Ambos se dan en un contexto en el que, tras la fantasía de una noche de verano que supone el cosmopolitismo como consecuencia de la globalización, el nacionalismo, tanto el hegemonista como el emancipador, se tienen que reinventar -y/o imponer-.

Existen otros elementos en común. La batalla entre el miedo y la ilusión es uno de ellos. Los unionistas de uno y otro lugar recurren sistemáticamente al miedo. Cada cual en su versión: más inquisitorial y belicista los españoles, más sibilina e instrumental los británicos. Los independentistas, por su parte, se enfrentan al fatalismo y subrayan las potencialidades de la soberanía. Por algo la de unos es la campaña del no y la de los otros la del sí. La pobreza intelectual de los primeros es flagrante, mientras que las dificultades de los segundos para quebrar el conservadurismo social y ganar voluntades también quedan de manifiesto a menudo. Otra lección.

El desequilibrio de poder es otro de los temas recurrentes. La fuerza institucional del establishment, de lo establecido, es descomunal. Para poder competir, la alternativa ha tenido que forjar mecanismos de influencia social antes de las fases avanzadas del proceso.

La clave de todo es la ciudadanía. Lógicamente, la sociedad que se proyecte debe garantizar la equidad y el bienestar. Los proyectos que sean capaces de ser más democráticos, transparentes, incluyentes, vertebradores, justos e ilusionantes tienen más opciones de vencer a medio plazo. Marcan una tendencia que, más allá de frustraciones puntuales, es ganadora.

De esto, entre otras muchas cosas, es de lo que vamos a hablar durante las próximas semanas. Sobre esto, hablen de lo que hablen, es sobre lo que deben reflexionar en adelante quienes nos niegan hoy el derecho a ser lo que queramos ser. Porque una de las lecciones más evidentes de los casos escocés y catalán es que la política de la negación tiene fecha de caducidad. Es una cuestión de democracia, pero también de inteligencia.