2014/09/14

EDITORIALA
Gestionar los tiempos, y los sentimientos, será clave

La semana que comienza mañana va a abrir escenarios que condicionarán la situación política vasca. El grado en que lo hagan dependerá sobre todo del resultado de decisiones que no dependen de los vascos. El sentido en el que esos hechos alterarán nuestra realidad social, nuestros debates y proyectos, por el contrario, sí que depende mayormente de lo que haga la ciudadanía vasca y sus representantes políticos. Que generen ilusión o frustración está en nuestras manos.

Por un lado, la decisión de la ciudadanía escocesa, que el jueves votará si quiere seguir siendo parte de Gran Bretaña o convertirse en un nuevo estado independiente, cambiará el debate sobre la autodeterminación en el contexto europeo. Si gana el sí, el independentismo catalán y vasco, entre otros, recibirán un fuerte espaldarazo. Si gana el no, por el contrario, el unionismo se jactará de ello. Pero en ambos casos el soberanismo y el derecho a decidir se reforzarán, al menos durante un tiempo.

La fórmula que planteen el viernes los representantes catalanes para votar el próximo 9 de noviembre afectará aún más a nuestro devenir. Aun aceptando que la realidad catalana y la vasca son distintas, resulta insostenible que en menos de dos meses en Catalunya saquen las urnas a la calle y en Euskal Herria el debate político se reduzca a comisiones, elecciones, presupuestos... o a debatir quién tuvo más razón o incluso toda la razón durante las últimas décadas. En el mismo estado, a apenas 400 kilómetros, una nación expresa su voluntad democrática en la urnas, ¿y aquí la mayoría social que aspira a lo mismo se limita a analizarlo y suspirar? Quizás ocurra así, pero no solo habremos perdido una oportunidad de oro, sino bastantes de los elementos que nos han identificado como pueblo durante décadas. Un tiempo histórico, y este lo es, no se puede dirimir en clave de legislatura. La «nueva normalidad» solo conviene a quienes adquirieron privilegios en la «tradicional anormalidad» vasca.

Gestionar la frustración, la ilusión... y el tiempo

Los dirigentes del PNV distorsionan la realidad catalana con el fin de no perder el control de la vasca. Partiendo de una premisa verdadera -que ambas realidades son diferentes y que, por lo tanto, deben encontrar sus propios caminos hacia la consecución de sus proyectos nacionales y sociales-, plantean por ejemplo que la Diada fue un llamamiento de la sociedad catalana al Gobierno del PP para negociar. Ante todo la V fue un clamor por el derecho a decidir y una apelación a sus representantes para que, por encima de todos los obstáculos, articulen ese plebiscito el 9N. También advierten de que la vía catalana puede desembocar en una gran frustración, en referencia a lo ocurrido con el plan Ibarretxe. Este punto es interesante, porque aunque sea como reflejo del caso catalán, el PNV acepta ahora que abortar el camino abierto por Ibarretxe supuso una frustración social. El alivio, real u obligado, es la forma más pobre de gestionar la frustración.

Al reivindicar la vía escocesa frente a la catalana, el PNV obvia que la diferencia no está en las posturas de Edimburgo y Barcelona, sino en las de Londres y Madrid. Las condiciones para que la alternativa escocesa sea viable en Euskal Herria consisten en que la clase dirigente española cambie de ideología y que en un plazo razonable la cultura política española dé un giro de 180 grados. No solo es que esto sea imposible, sino que además no depende de la sociedad vasca. Pocas cosas pueden generar más frustración que esperar esa revolución cultural hispana. De hecho, el momento para la frustración en el caso catalán fue cuando el Tribunal Constitucional ni siquiera aceptó un Estatut previamente «cepillado». Pero, a diferencia del caso vasco, la sociedad catalana no cayó en la frustración, en el fatalismo, en la impotencia inducida por la clase política. Pasó de la indignación a la activación. Esa reacción fue transversal, hasta llegar a donde está hoy en día.

Lo que genera frustración en la sociedad vasca es la falta de liderazgo y la incapacidad para articular políticamente una mayoría social y electoral clara que tiene dos prioridades políticas: paz y autodeterminación. En el último año ha habido dos momentos clave en los que la sociedad vasca ha mostrado cuáles son sus anhelos, por dónde discurre el carril central de la política vasca: la inmensa manifestación bajo el lema «Derechos Humanos. Resolución. Paz» y la dinámica Gure Esku Dago. La potencialidad de esos momentos ha sido parcialmente inhibida, aislada, y la sociedad civil no ha sido capaz de superar ese bloqueo, esa inercia de arriba hacia abajo. Ayer Gure Esku Dago mostró voluntad de hacerlo, y es importante.

Este escenario tiene una -o varias- explicaciones. Sin duda, es evidente que los dirigentes del PNV no tienen voluntad de dar aire a dinámicas que escapen a su control. El frente amplio que lidera EH Bildu sí desea impulsar y desarrollar esas dinámicas. Pero a menudo su labor parece reducida a demostrar la falta de voluntad de la otra parte. En cierta medida, esa interpelación solo logra atrincherar a una base social que sí respondió a la manifestación de enero y a la cadena humana. En este momento dirimir responsabilidades históricas o actuales no añade efectividad política. Sorprendentemente, en el momento en el que más débiles y marginales aparecen las fuerzas políticas unionistas su blindaje resulta tanto o más efectivo que en otros momentos.

Esto es un diagnóstico parcial, no una filípica. Las condiciones objetivas son quizás mejores que nunca, pero puede que no estemos acertando en las subjetivas. Tampoco acertamos los medios que defendemos el derecho de los vascos a ser lo que decidan democráticamente, en tanto en cuanto es nuestra responsabilidad ayudar a generar esas condiciones subjetivas. Ecualizar los sentimientos que generarán estos escenarios y gestionar los tiempos será determinante. Eso sí, está en nuestras manos.