2014/09/20

Iñaki SOTO
Director de GARA
Es más difícil de lo que creíamos, es más posible de lo que pensamos

Es evidente que durante décadas los vascos hemos sido una referencia en este terreno y que ahora no lo somos. De nada sirve lamentarse. Hay que recuperar y activar ese pulso creativo, ese espíritu comunitario, ese potencial ciudadano

David Hume, uno de los filósofos más interesantes de la historia, era escocés. El empirismo y el escepticismo son los dos pilares de su pensamiento. Uno de los objetivos de Hume era liberar a la filosofía de la religión. Dos siglos y medio más tarde, ahora hay que combatir una visión religiosa de la política –la fe, la obediencia y el misterio no nos van a llevar muy lejos–. Tampoco hay que mezclar filosofía y política, pero el escepticismo y cierta dosis de empirismo pueden ayudar a comprender mejor los acontecimientos políticos. Lo mismo en tierras de Hume que en las nuestras.

Los escoceses han demostrado empíricamente que es posible votar para decidir libremente qué quieren ser, cómo quieren organizarse como sociedad y qué relaciones quieren tener con sus vecinos. En Europa y en 2014. Es posible lograrlo, y cada vez va a ser más difícil negarlo. Pero hay razones más que fundadas para ser escépticos sobre las opciones de que el Gobierno español haya aprendido esa lección de Londrés. Esa es una de nuestras ventajas: el deseo y la necesidad de aprender de las estrategias que han sido eficaces, aquí y en Londres.

Volviendo al escepticismo, el caso escocés demuestra que el miedo se ha convertido en un elemento central en nuestras sociedades. Es una barrera difícil de superar para los que quieren un cambio político profundo. Quienes entendemos las luchas de los pueblos en clave emancipadora, de liberación, debemos tener muy en cuenta esta tendencia, global, que hace muy complicado cambiar democráticamente el estado de las cosas, por mucho que una mayoría de la gente acepte que las cosas, lo que se dice bien, no están.

Si ha sido tan difícil para los escoceses, hay que ser conscientes de que en nuestro caso es quizás más complicado. Ser escépticos no implica ser negativos, sino rigurosos. Los españoles no tienen la cultura democrática de los británicos, pero los vascos tampoco tenemos la de los escoceses. Asimismo, siendo justos, la distancia entre la sociedad vasca y la española en términos sociales es tanto o más grande de lo que es la escocesa de la metropolitana.

Aquí también se ha demostrado empíricamente la necesidad de líderes que, con talento y compromiso, con honestidad, asuman y lleven adelante su misión histórica: hacer viable el mandato de su pueblo. Y una sociedad activada, movilizada en clave de futuro, en positivo. Para eso hay que hablarle a la gente, fiarse de su criterio, cederle la responsabilidad de su futuro. Eso es, también, autodeterminarse.

Es evidente que durante décadas los vascos hemos sido una referencia en este terreno y que ahora no lo somos. De nada sirve lamentarse. Hay que recuperar y activar ese pulso creativo, ese espíritu comunitario, ese potencial ciudadano. El ejemplo escocés ha demostrado que es mucho más difícil de lo que creíamos, pero que a su vez es más posible de lo que pensamos.