2014/09/21

Erreportajea
 
El Gobierno afgano y ACNUR rechazan a los refugiados baluches

Desplazados por una guerra que apenas tiene eco mediático, los baluches siguen condenados al ostracismo en la vecina Afganistán.

Karlos ZURUTUZA Kandahar
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Gulam Mohamed pasa completamente desapercibido entre la colorida marea humana del centro de Kabul. Prácticamente nada le delata como foráneo y, al igual que al resto de los viandantes, la guerra no le es ajena. Pero Mohamed llegó a Kabul hace dos años desde Quetta, la capital de Baluchistán Este.

«No tuve más remedio que huir con mi mujer y mis dos hijos por mis actividades políticas y mi relación con el BSO (Organización de Estudiantes Baluches) -un grupo estudiantil cuyo eje central es la independencia de Baluchistán-», explica a GARA este hombre de 38 años, desde una cafetería en un centro comercial varias veces golpeado por la insurgencia afgana.

Mohamed asegura haber perdido a tres familiares en la que también se conoce como la «guerra secreta» de Pakistán.

Repartidos entre las fronteras de Pakistán, Afganistán e Irán, los baluches ocupan una estratégica superficie del tamaño del Estado francés, y rica en recursos naturales. Tras la retirada de los británicos del subcontinente indio, los baluches de Pakistán declararon su independencia el 11 de agosto de 1947 hasta que Pakistán se hizo con el territorio en marzo de 1948. Desde entonces, han luchado contra la que consideran una ocupación ilegal de su territorio.

A falta de un censo de población actualizado y exhaustivo, Abdul Sattar Purdely, profesor de universidad a la vez que el intelectual más reconocido de dicho pueblo en el país, sitúa el número de baluches afganos en torno a los dos millones.

Purdely trasladó a GARA que su comunidad está «desperdigada» por todo el país, pero que es el grupo étnico mayoritario en su provincia natal de Nimroz. Fue ese mismo factor el que llevó a los hermanos Baloch hasta este inhóspito lugar en el extremo suroccidental, justo donde convergen las fronteras de Afganistán, Pakistán e Irán.

«Huimos de Khuzdar -265 kilómetros al sur de Quetta- tras una operación militar a gran escala, el 18 de febrero de 2011, y estuvimos escondiéndonos hasta que cruzamos la frontera de Afganistán en 2012», explica Sharif Baloch, desde un apartamento en Zaranj, capital de la provincia.

A su lado, su hermano Karim recupera las fotos de dos de los cinco familiares que perdieron aquel día. Son su hermano Naim, muerto en la operación, y su padre, Mohamed Rahim, de quien no han vuelto a saber desde entonces.

Puede que no esté muy lejos. Además de ser uno de los distritos más castigados por la violencia, Khuzdar se ha hecho tristemente famoso tras la aparición de fosas comunes el pasado mes de febrero.

El pasado agosto, la Comisión Internacional de Juristas, Amnistía Internacional y Human Rights Watch conminaron a Pakistán a «frenar la deplorable campaña de las agencias de seguridad del Estado de secuestrar a cientos de personas por todo el país sin dar información de su paradero».

La Voz para los Desaparecidos Baluches (VBMP), un grupo que apuesta por la protesta pacífica, asegura tener un registro de en torno a 19.000 desaparecidos en la provincia desde el año 2000.

Vidas al margen

Las historias de violencia y persecución resultan dolorosamente recurrentes en Haji Abdurrahman, a las afueras de Zaranj: Sattar Khan ha vivido en esta aldea de adobe sin asfalto ni agua corriente desde que llegó en el año 2007.

«Solo en esta provincia sabemos de la existencia de al menos mil baluches de Pakistán», explica este antiguo profesor de Primaria, que hoy no puede escolarizar a ninguno de sus cuatro hijos por su situación irregular. Los dos más pequeños tienen prioridades más urgentes: «Tienen hidrocefalia. Conseguimos dinero entre todos para que les pudieran atender en Herat -al oeste de Kabul-, pero necesitan de una operación cada dos años», señala Khan, mientras guía a su hija Sarah por la estancia. Llegó aquí con dos años. Hoy, con nueve, ha perdido la vista por la enfermedad.

«Ni siquiera nos atrevemos a soñar con volver a casa», asegura este refugiado. «Solo necesitamos ayuda para sobrevivir, y de forma urgente».

Desde su residencia a apenas dos kilómetros de allí, Amir Mohammad Akhadzade, Gobernador de Nimroz, sostiene que desconocía la existencia de una comunidad baluche procedente de Pakistán en su provincia. «Probablemente son baluches locales que fingen estar necesitados para obtener ayudas de las ONG», apunta la máxima autoridad de Nimroz.

Por su parte, Ahmadullah, Noorzai, responsable de la oficina de ACNUR en Zaranj, reconoce la existencia de dicha comunidad, pero insiste en que «ninguno de sus miembros» ha solicitado asistencia.

Hasnan Baloch tiene otra versión de los hechos: «Lo hemos intentado varias veces, pero nunca nos han dejado entrar, ni aquí ni en la oficina de Kandahar», explica este desplazado de Quetta.

Tras la visita de GARA a la oficina de Zaranj, varios de los baluches del este fueron invitados a entrar. No obstante, los resultados no fueron los esperados: «Nos dieron un número de teléfono, desde el que nos indicaron que teníamos que volver a la oficina a rellenar unos formularios. Lo intentamos al día siguiente y nos volvieron a dejar en la calle», explicaba Jamal Baloch, otro refugiado baluche.

Desde el cuartel general de ACNUR en el centro de Kabul, Bo Schack, el máximo responsable de dicha organización en Afganistán, admitió que GARA era el primer medio que le planteaba esta cuestión.

El alto oficial negó que «ni a los baluches ni a nadie» se le haya denegado el acceso a ninguna de las oficinas de ACNUR. En el caso de Zaranj, dijo, «la oficina permanece cerrada». Finalmente, Schack no supo detallar cuál es el proceso a seguir por la comunidad baluche para solicitar asistencia de la agencia de la ONU para los refugiados.