Mikel INSAUSTI
CRíTICA: «Mi vida ahora»

Un amor adolescente en plena III Guerra Mundial

Amenudo ocurre que sales de un estreno con la sensación de que esa película ya está hecha, o que la has visto antes. De entre todas las muchas muestras del cruce genérico entre la ciencia-ficción distópica y el romance adolescente a las que se podría parecer «Mi vida ahora», me quedo con «Nunca me abandones», por el modo muy parejo en que utilizan los escenarios naturales de la campiña inglesa para ilustrar el apocalipsis futuro desde una perspectiva anclada en el pasado reciente de la humanidad, cuando todavía se conseguía disfrutar de cierta tranquilidad lejos del mundanal ruido. Si Mark Romanek se basó en una novela del japonés Kazuo Ishiguro, por su parte Kevin MacDonald adapta otra de Meg Rosoff, escritora bostoniana afincada en Londres.

Pero cuando el conflicto estalla, nada menos que una III Guerra Mundial, la ambientación bélica en tono de amenaza para la seguridad de todo el territorio recuerda a la plasmada por el mexicano Alfonso Cuarón en «Hijos de los hombres». Vuelve a ser como una proyección de los bombardeos y situaciones que se vivieron en la Gran Bretaña de la II Guerra Mundial, aunque el enemigo exterior ya no es el ejército nazi, sino una fuerza antisistema capaz de provocar atentados y sabotajes en cadena. El escocés Kevin MacDonald sabe incorporar dicho elemento desestabilizador con mucho realismo, gracias a su condición de documentalista, que también incursiona de forma intermitente en la ficción.

Donde «Mi vida ahora» sí resulta diferente a todo lo visto es en su desenlace, que en mi opinión crea un desajuste interno difícil de asimilar. Resulta que la historia de amor vence sobre el entorno hostil, dando a entender que el carácter pasional de una relación entre jóvenes sobrevive a cualquier catástrofe imaginable. Pero un final feliz así choca frontalmente con el trasfondo distópico, puesto que se está representando una contienda global de consecuencias irreparables. Si ya no queda lugar al que huir, tampoco se podrá formar un nido de esperanza.