¡Palabras!
Palabras nativas llamaba en uno de sus ensayos Gabriel Celaya a esos vocablos cuya sonoridad, cuya pronunciación, cuya fonética van de la mano de su significado, le apoyan y subrayan. «Susurro», «miel», «bochorno», «leve», «angustia», «turbio»... En su música verbal ya está la materialidad de aquello que nombran. Un hombre está desahuciado, va a morir a causa de un cáncer de piel; por supuesto odia al mundo, pero en un momento dado, al final justo de este relato de Luigi Pirandello, el hombre pronuncia esa palabra en voz alta: «Epitelioma», lo que le va a matar, una vez, dos veces, «epitelioma»; y siente entonces, al pronunciarla, que muerde un albaricoque recién cortado del árbol, y se reconcilia al menos por un momento con la vida. Descubrir palabras nuevas, aprenderlas, según un reciente estudio científico, activa y estimula las mismas zonas cerebrales que pone en funcionamiento el sexo. Carnalidad pura en ambos casos. Porque el lenguaje, antes que racional, es sensual. Se acaba de publicar la nueva edición del diccionario de la RAE; entran muchas nuevas palabras, poco sensuales y poco nativas casi todas ellas en tanto que tienen que ver con eso de las nuevas tecnologías; salen también un montón de palabras viejas, seguramente más sensuales y nativas, más erosionadas por las bocas, las manos y los siglos. Y hay también infinitas realidades para las que no existen palabras, ni dentro ni fuera del diccionario. Les he pedido a los amigos que se pongan a imaginar: «ofuscadero», «obisperio», «tristalgia», «amustioso», «cariciosamente», «traspuestado», «creditofobia», «metaforear», «fusilante», «hastiación», «rencorear», «ajenófilo», «sinvergüenzantemente», «cazurrocracia», «yomismismo», «turbiología», «algunear», «nauseador», «bientratar», «explicastroso», «nostalgear», «porqueante», «dedosear», «alfombruno».

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