Turguénev
Una orquesta tocaba polcas sin parar en la habitación contigua; no quería escuchar sus propios estertores. Antes de expirar había ordenado que se vendieran todos sus bienes con tal de que no los heredara su hijo, quien se había dedicado a la despreciable literatura. Con esa madre tiránica, la represión zarista debió parecerle a Turguénev un mal menor. No fueron obras como «Relatos de un cazador» o «Padres e hijos» -donde se inventó eso del nihilismo-, sino una elogiosa necrológica que osó escribir a la muerte de Gogol -lo que el zar había prohibido-, lo que le llevó a la cárcel y al exilio.
Fue el más europeo de los escritores rusos del XIX. Fue noviete de Tatiana Bakunin, la hermana de Mijail, y amigo íntimo de este, a quien convirtió en héroe de su primera novela, «Rudin». Una cantante de ópera española, María Felicia García fue el gran amor de su vida. El marido -Louis, 20 años mayor que ella, era también su empresario- y el amante, Turguénev, lograron apreciarse; además de Pauline les unía otra gran pasión, la literatura: tradujeron juntos al francés los grandes poemas dramáticos de Pushkin. El triángulo amoroso aparece en obras como en el drama «Un mes en el campo» o en el relato «Primer amor». Los mayúsculos Tolstoi y Dostoievski miraban por encima del hombro a este tipo capaz de disfrazarse y ponerse a bailar el can-can en las fiestas de su amante. Turguénev era muy alto y tenía un rostro sereno; le retrató Maupassant, que comparó su cabeza con la del Padre Eterno. «Pero este coloso tenía gestos de niño tímido. Era increíblemente inocente, bondadoso y casi excesivamente franco. Dispuesto a hacer favores a los demás antes que a sí mismo; afectuoso y leal hasta un punto desconocido».

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