Joseba VIVANCO
Elkarrizketa
Claudio TAMBURRINI

«El pánico no debe paralizar, sino catapultar; a nosotros, a la fuga»

Hoy, con sesenta años, es profesor de Filosofía en la Universidad de Estocolmo, especializado en Ética del Deporte. Portero del Almagro de la Segunda argentina, fue secuestrado por los militares un 23 de noviembre de 1977. Tras 121 días preso, desaparecido para la sociedad, se fugó de aquella `cárcel', vivió escondido durante un año, de casa en casa, hasta que huyó vía Brasil a Suecia donde rehizo su vida. Muchos años después, en 2003, decidió escribir su historia, «Pase libre. La fuga de la Mansión Seré». Esta es su historia, esta es su conversación.

Sos el arquero de Almagro?», le interrogaban aquellos militares, «¡pues pará esta!», y le lanzaban un puñetazo al estómago. Claudio Tamburrini fue el único futbolista profesional secuestrado y torturado por la dictadura argentina de Videla. Un clavo suelto desató, tras 121 días desparecido en la Mansión Seré de Buenos Aires, una fuga de película junto a tres compañeros. Es su historia, con final feliz, contada estos días en el Thinking Football Film Festival de Bilbo, y esta una entrevista que derivó en conversación y risas.

«Rebeldes del fútbol», es el título del documental que, entre otras, recoge su historia. ¿Ha sido usted un rebelde del fútbol?

En sentido literal del término, no. Dentro del ámbito del fútbol no he tenido nunca ninguna actitud rebelde, ni ninguna conducta que pueda ser tildada así. Es verdad que era un jugador atípico, porque yo militaba políticamente, lo cual no era común y tampoco creo que hoy día lo sea, y además estudiaba Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, lo que era aun más atípico en esa época. En ese sentido podría caracterizarse como una vida rebelde pero en un sentido suave, más que rompedor. El futbolista no se dedicaba a la reflexión intelectual...

Y tampoco ha cambiado mucho eso tantos años después.

Tampoco ha cambiado mucho.... y han pasado años, sí. Era y es más común que un filósofo pateara o patee el balón con sus amigos que un jugador de fútbol reflexione profundamente sobre no solo los problemas de la sociedad, sino sobre cosas más profundas como el sentido de la existencia misma. Eso es lo que traté yo de combinar y en mi vida futura lo conseguí, porque seguí jugando al fútbol en Suecia hasta hace unos meses que dejé su práctica... (ríe).

No sé si de entre los calificativos que ha tenido su historia, alguna vez le han llamado héroe, ¿se ve usted como tal?

Nunca, afortundamente...

¿Pero se ve a sí mismo como ejemplo de algo, incluso abocado a ello por las circunstancias?

Alguna vez han calificado esa fuga como un acto de valentía, y en conexión a eso siempre he tratado de desdramatizar no la fuga en sí misma sino la figura de los cuatro fugados, sobre todo no adscribiendo a ese hecho el carácter de valiente. Fue todo lo contrario... Fue un gesto de desesperación... por el miedo, por el pánico. Si se utilizara el término héroe, o valiente, tendría que reformularse el propio término, cartacterizando a la persona valiente no como la que no siente miedo sino como la que está desesperada, presa del pánico, que teme por su vida, pero a quien ese pánico, ese miedo, en vez de paralizarlo, lo catapulta... en este caso a la fuga. Y cuando he hablado ante estudiantes he tratado de puntualizar eso, la necesidad de transformar los miedos, grandes o menores, en motor de nuestra conducta, en motivos de actuar... Para fugarse o estudiar una carrera... Por eso creo que la historia de la fuga, me di cuenta años después, vale la pena recontarla... recontarla.

¿Por qué dice que se dio cuenta de ello años después?

Mire, tras haber contado la historia muchas veces, una vez le cuestioné a un periodista amigo por qué necesitaba contarla tantas veces y él me hizo comprender que era necesario porque hoy hay una renovación generacional en nuestro país, y porque es importante contarla no desde un punto de vista `hollywoodiano' sino desde un punto de vista existencial, de cómo salir de una situación límite haciendo algo concreto, en vez de pasivamente entregarse a ella. Y esa receta se puede aplicar a todos los ámbitos de la vida.

Porque una fuga, el hecho en sí de fugarse, nunca pierde, además, ese simbolismo de rebeldía, de ir contra algo... incluso de poder exclamar un ¡les gané, les ganamos!

Es que la fuga en sí, sí es un acto de rebeldía, como plantar cara. Sí, una especie de aquí me tienen pero será contra mi voluntad, yo haré todo lo posible por irme. Yo es que siento fascinación por las fugas, cuando hay alguna película sobre ello...

«La fuga de Alcatraz», uno la vuelve a ver una y otra vez cada vez que puede...

Sí, sí... Uno quiere escaparse con él... (ríe). Es ese simbolismo de plantar cara. En este caso concreto también es un ¡ganamos nosotros! Porque en el cuarto en el que estábamos, la habitación en que estábamos los cuatro, se discutió mucho acerca de si fugarnos o no, y no nos pusimos de acuerdo. Dos estábamos a favor y los otros dos no, y ninguno cambió de opinión hasta el momento mismo de abrir el picaporte de la ventana con aquel tornillo, abrir las persinas y salir a correr... En ese momento se resolvió, entre comillas, la disputa, porque no se resolvió nunca. Fue presentar la ventana abierta y si os queréis quedar, quedaros.

Apasionante debate...

Es más, los cuatro estábamos de acuerdo en algo, en que si conseguíamos fugarnos, los que se quedaban en la casa, los que estaban en las otras habitaciones iban a ser matados... En ese pronóstico estábamos de acuerdo. Lo único que dos de nosotros sacábamos una conclusión de eso y los otros dos otra: nosotros pensábamos que, lamentablemente, aun siendo así teníamos el derecho a intentar fugarnos, porque no éramos responsables nosotros de lo que los militares directamente hicieran después. Y en ese sentido ganamos también, porque luego de fugados, queman la casa y `blanquean` a los detenidos, los pasan a comisaría, establecimientos penales, un mes, dos meses, cuatro años, pero todos salvaron la vida. No solo ganamos huyendo sino que al final conseguimos que salvaran la vida el resto.

Tuvo un final feliz, pero imagino que uno siempre sigue dándole vueltas a aquella decisión...

Me ha pasado hace diez años o así, me he vuelto a ver con uno de los compañeros que estaban en el cuarto contiguo, comunicado con el nuestro por una puerta sin picaporte, pero por el ojo de la cerradura hablábamos con ellos. Y recuerdo que uno o dos días antes de la fuga, nos llaman, me acerco yo y me dice que corría el rumor en la casa de que alguien preparaba un plan de fuga. Y me dice: «Si se van a fugar, no nos dejen aquí, traten de abrir la puerta para escaparnos nosotros también». Yo simulé no entederle para no difundir la información más... ¡Veinte años después, hace unos diez años, me encuentro con él en un acto político por los desaparecidos y aún estaba mosqueado, castigado! ¡Porque no le habíamos abierto la puerta!

Es decir, que no solo hubo un intenso debate sobre si fugarse o no y sus repercusiones, sino también otro hasta ético o moral sobre si compartir esa fuga con otros encerrados...

Yo sigo sosteniendo hoy la misma posición que tuve entonces, aun y cuando el resultado hubiera sido aciago, si los hubieran matado, yo sigo defendiendo mi derecho a huir... Por más que uno realice un acto que desencadena la reacción de los militares, los que reaccionan son ellos y no nosotros.

Resulta apasionante más allá de la fuga «hollywoodiense» los debates morales internos entre ustedes cuatro, escapar o no, llevar a los demás o no... Daría para una película sicoanalítica...

Es cierto, hay una dimensión ética más allá de todo lo demás. En la película no aparece este aspecto tan marcadamente. Esta muy bien hecha, se relata la lucha de cuatro secuestrados por sobrevivir y el proceso del personaje que soy yo, que pasa de ser un prisionero ingenuo a un cautivo listo, perceptivo de lo que le rodea. Pero en el libro que escribo yo cuatro años antes de la película sí están esas dimensiones éticas, incluida la actitud que uno tiene que tomar ante la `patota', el grupo torturador, la actitud entre nosostros, qué se puede y no puede hacer... El libro lo escribí en 2001 y la fuga fue en marzo de 1978. Esperé conscientemente hasta sentirme maduro intelectual y profesionalmente, porque si no hubiera hecho otra historia, quizá más panfleto político, más maniqueísta de buenos y malos. Porque hay matices, hay grises, porque ni hay totalmente buenos ni totalmente malos, porque había hasta guardias que nos ayudaban... Lo importante son los matices y a mí me llevó veinte años percibirlos para escribir.

Historias dentro de otra historia. Hay dos momentos de la misma fuga en sí que personalmente me parecen cargados de un simbolismo que requiere explicación. Su compañero Guille Fernández, el más torturado de todos ustedes, antes de descolgarse por la ventana, deja escrito en la pared, con aquel tornillo salvador, «Gracias Lucas» hacia uno de los torturadores. ¿Alguna vez se ha preguntado qué hubiera escrito usted?

No hubiera escrito nada (ríe). Pocas veces he podido responder una pregunta de forma tan categórica. Yo me hubiera ido lo más rápidamente posible... Si me hubiera quedado último con el clavito en la mano no hubiera escrito nada porque no tenía nada que escribir. El «Gracias Lucas» es interesantísimo, encierra en dos palabras todo un conflicto entre esas dos personas, el cautivo y el captor, mostrando esa relación entre ellos, entre Guillermo y Lucas, que se autoproclamó protector de Guillermo, en el sentido de que le prometió ayudarlo y le defrauda. Nos desinformaba, nos creaba expectativas falsas, y eso a Guillermo le provocó una reacción de ira, fastidio, porque tenía un enganche sicológico con él, no sé como decirlo, y Guillermo se enojó. Y sintió esa necesidad de ese «Gracias Lucas», una frase enigmática.

Y el otro momento es cuando escapan de aquel edificio, completamente desnudos, usted se detiene, se gira y vuelve la mirada en lugar de no mirar atrás y huir.

Son construcciones teóricas posteriores, cuando reflexionas sobre la casa, la silueta negra y la ventana abierta y el halo de luz que salía de la habitación, las colchas para descolgarse que se mecían por el viento, años después traté de explicarlo, quizá de una manera artificial, y concluí que no fue una reacción consciente de mi parte, darme la vuelta. Yo interpreto que fue algo inconsciente, como una necesidad de dejar eso atrás, está ahí... Un poco la historia del heladero, yo chupado ahí a dentro y la vida allá sin poder despegarme de aquí, y en ese momento conseguí despegarme y poner la casa ahí atrás y yo afuera. Ver que la casa se quedaba ahí. Y si sigo especulando sería colocar la casa en el pasado, huyo de ella pero tampoco a ciegas, sino confrontando, me voy de ti... pero te llevo conmigo... Es una percepción que tengo siempre y me emociona (en ese momento los ojos se le vuelven cristalinos y las lágrimas reposan sobre los párpados inferiores sin llegar a derramarse), que me llevé la casa a cuestas, no me escapé de la casa sino que me la cargué y te usaré para algo. Y debe ser cierta esta interpretación porque me conmuevo cuando la cuento... (Silencio) Fue algo terrible pero lo utilizaré para construir mi vida y aquello fue la base sobre la que se construyó mi vida futura. Fue un hecho bisagra, como se dice en Argentina, hasta aquí uno fue uno y desde aquí otro. Mansión Seré fue mi puerta giratoria. Yo acepto aquellos 121 días secuestrado allí, no hubiera tenido mis hijos, ni mi esposa, quizás otros, pero la película que me ha tocado vivir me gusta, aunque la causa fuera Mansión Seré. Y algo de eso debo haber percibido cuando me doy la vuelta, miro la casa y digo `vente conmigo'. Es más, no cambiaría nada si me garantizaran que sucedería lo mismo... Aquello, para bien o mal, me hizo el que soy.

Una historia de represión y fuga, como decía antes, que sigue siendo muy necesario recontar.

Y curiosamente lo que le da ese carácter de excepcional es lo «hollywoodiense», porque contar a las nuevas generaciones la represión, secuestro, etc, a la mayoría de jóvenes no les interesa, pero al presentárselo como una fuga de película y encima con el fútbol de por medio, un futbolista que se fugó, capta mucho más su atención. ¡Si no hubiera tenido esos ingredientes habría que habérselos puesto! (ríe) Facilita mucho...

Pero más allá del debate moral, de la aventura de la fuga, ustedes estaban secuestrados por el Estado, mientras la vida fuera discurría con normalidad. Escuchaban por la ventana cada día los gritos del heladero al que antes se refería pero los suyos torturados no se escuchaban fuera...

¡Lo del heladero era terrible, todas las tardes... Una tortura! Uno estaba a cien metros de él y la vida seguía fuera.

Lo que da pie a esa herida nunca cerrada de la actitud del fútbol argentino, de los jugadores, ante la dictadura y más en mitad de un Mundial que se ganó. Una duda ante la que aquel fútbol siempre ha estado a la defensiva.

Están, están... Están a la defensiva. No han sido criticados directamente aquellos jugadores de la selección del 78, pero sí el certamen mismo y hasta la victoria, incluso cuestionada, en parte por aquel 6-0 a Perú. Pero también por una victoria conseguida por encargo de la dictadura militar. Sí han presentado excusas, que no sabían lo que pasaba, y yo creo que era así. El pueblo argentino no sabía lo que estaba pasando en el 78. Yo era militante político y no sabía que existía tal magnitud del horror. Cuando me secuestran me sorprendo, escuchaba cosas, pero no pensaba que se secuestraba a gente y desaparecía, literalmente hablando. Y todo eso los futbolistas no lo sabían y la gente de a pie tampoco. Incluso se ha intentando cuestionar al pueblo argentino por salir a festejar las victorias de Argentina y la Copa del Mundo, pero es que salió por primera vez a la calle en dos años o tres cuando gana 6-0 a Perú y pasa a la final. No se podía salir a la calle y con aquella excusa reconquistó la calle. Videla fue pitado en la ceremonia inaugural del Mundial. El pueblo argentino festejó y correctamente, porque se quitó el Mundial de las manos a la dictadura, que lo organizó. ¡Las Madres de la Plaza de Mayo tienen por primera vez repercusión mediática internacional en aquel Mundial del 78! La gente se apropió del Mundial.

Y aun así, se tardaron muchos años hasta que algunos de aquelos futbolitas, Luque, Housseman, Villa, se pronunciaron sobre aquello... Una deuda pendiente.

Es inevitable. La crítica al pueblo en general pero en particular a la selección ha repercutido en ellos y les ha puesto a la defensiva. Ninguno salió a explicarse, sumarse a la necesidad de esclarecer los delitos cometidos, quizá por esa inseguridad de ese cuestionamiento que se les hizo. Es más, creo que fue correcto jugar aquella Copa Mundial.

Pues Claudio, si me permite tutearle, no sé si es un rebelde, un héroe o una víctima de un hecho bisagra como decía, pero ha sido un placer de conversación... ¡y todo gracias a un clavo!

(Ríe) Por un clavo... Es que en la vida hay que tener suerte... Hablo como si fuera un anciano dando consejos a los chiquilines... En la vida hay que prepararse para cuando aparece el clavo, agarrarlo. Si estás distraido, se te pasa el clavo. Más que valentía, heroicidad, tuvimos mucha suerte: el clavo suelto, la guardia metódica que nos permitió planificar la fuga, la tormenta de lluvia que se desató y no podían volar los helicópteros, que me escondiera en el jardín de una casa y no en la de al lado en la que dormía un militar... A veces es difícil no creer en la providencia (ríe y reímos).