2015/02/22

EDITORIALA
Las teorías conspiranoicas ya no sirven ni como refugio electoral

Se mire a donde se mire, no hay donde huir. Los escándalos de corrupción con dinero público copan la agenda informativa hasta extremos insospechados, sin que Euskal Herria sea ya ninguna excepción, sino con un triste papel protagonista. En un repaso a vuelapluma, esta semana han sido noticia de primer orden en el ámbito estatal el caso Bárcenas, los ERE de Andalucía, las «tarjetas black» de Bankia-Caja Madrid o el caso Nóos; en el vasco, el proyecto Hiriko, la planta de Karrantza, los aparentes trabajos falsos en la AP1, los pagos a Cabieces de Kutxabank, la proliferación de casos de «puertas giratorias», la CAN, Osasuna, los ayuntamientos de Eguesibar y Biarritz... Si le sumamos otros casos de impacto global como la «lista Falciani», el resultado es abrumador, y la conclusión, tremebunda. De partidos de fútbol a plantas de purines o coches eléctricos, en torno al dinero público ha manado corrupción a mansalva que desborda ahora todos los sumideros.

La naturaleza humana tiene el automatismo de negar la evidencia como primer parapeto de defensa. La nefasta práctica política instalada en nuestro entorno construye una segunda muralla: el «y tú más», tan común en el Estado español. Como quiera que en Euskal Herria esto no tiene mucho recorrido dado que los escándalos se concentran en torno a dos únicos regímenes prolongados (el del PNV y el de UPN), una tercera opción aún más trivial es acusar al rival político de querer aprovechar la situación. La muestra de manual es la nota firmada por el parlamentario del PNV Iñigo Iturrate el miércoles, acusando directamente a EH Bildu de estar inmersa en una «estrategia de difamación por un puñado de votos» con «fines de la peor calaña». El recurso al victimismo queda claro en expresiones como esta: «La izquierda abertzale pretende con este ataque furibundo al PNV mantener prietas las filas, alineándolas en torno al enemigo número uno que ha elegido para este nuevo tiempo». Y acto seguido, se condiciona la consecuencia de acuerdos en clave de país al cese de las iniciativas de denuncia de las sospechas de corrupción, con el argumento de que «no se puede tender una mano y lanzar puñaladas barriobajeras con la otra». Una afirmación que solo tiene una interpretación posible: reclamar patente de corso.

El abuso de las teorías conspiranoicas es una constante de estos tiempos sin que casi nadie se libre de ella. Y paranoias conspirativas son las que destila esta reacción del PNV, porque ¿acaso EH Bildu puede estar compinchado con la Fiscalía de Araba, autora de la demoledora querella sobre Hiriko? ¿Acaso está detrás de quien ha aireado desde Kutxabank los pagos al exdelegado del Gobierno español? Insinuarlo resulta tan pueril como la fábula sobre «ángeles y demonios» redactada por el lehendakari, Iñigo Urkullu, hace una semana; una reminiscencia de aquel «demócratas y violentos» de los pactos de hace un cuarto siglo. Afortunadamente el paisaje humano vasco es bastante más complejo y rico que eso.

En Nafarroa, cada día más claro

También para UPN lo grave es el dedo que apunta a la luna. El lunes, el mismo día en que su portavoz parlamentario exponía sus propias teorías conspiranoicas citando a Podemos como «la lista B de Bildu», se gestaba ya una bomba informativa cuyo impacto social en Nafarroa es enorme. La noticia del supuesto intento de compra de partidos ha colmado el vaso ya rebosante de la crisis de Osasuna y ha dejado desnudos a los gobiernos de Miguel Sanz y Yolanda Barcina. Porque no han sido precisamente Bildu ni Podemos los que han convertido un club respetado y módelico en un pozo de escándalos irreconocible, sino la acción (a veces) y la omisión (otras) de los ejecutivos de UPN y su Hacienda. Junto a los impresentables rectores rojillos, eran ellos los únicos que conocían la deriva y pudieron cortarla a tiempo.

Uno de los factores, no precisamente menor, que ha llevado a esta deriva queda apuntado en el reportaje que hoy publica GARA sobre los paralelismos entre la CAN y Osasuna. En su necesidad de apuntalar su propio imaginario, el régimen liderado por UPN ha hecho del victimismo frente al resto de Euskal Herria una razón de ser. Y así, en lugar de buscar sinergias beneficiosas para todos (que no necesariamente debieran traducirse en una unificación territorial), ha empeñado sus fuerzas en levantar un modelo a espaldas y en competencia con los territorios vecinos, difícilmente viable y en consecuencia siempre dependiente de Madrid, en combate perpetuo contra su propia identidad... Un modelo que mira solo a su ombligo, y que genera élites endogámicas, clientelas eternas y, en resumen, corrupción. Que UPN siga intentando presentarse como el ángel en lucha contra demonios que acosan a Nafarroa desde el exterior suena a leyenda de Aralar, poco más.

Descubrir la verdad y recuperar lo público

Frente a mensajes infantiles, realidades puras y duras. Solamente un aspecto positivo encierra esta proliferación de escándalos; la verdad acaba a veces saliendo a flote, y sobre ella sí se puede construir una democracia real, protagonizada por una sociedad informada. GARA asume ese objetivo y esa función.

La democracia real tiene también otra característica: el dinero público al servicio del interés público, algo tan fácil en la teoría como difícil en la práctica visto lo que estamos viendo. Un reto todavía para la Euskal Herria de la segunda década del siglo XXI, esa que dirigentes como Urkullu y Barcina pintaron como territorio de «corrupción cero» pero que está aún lejos de serlo.