Carlos GIL
Analista cultural

El sol

Tras varias semanas, ha salido el sol y se ha hecho presente, visible. En la humedad del tiempo borrascoso uno contempla la calle tras los visillos sintiendo que el hogar es una cáscara protectora, una matriz amueblada con recortes de estilos donde la lectura, por ejemplo, es una actividad reconfortante. Hasta la escritura de poemas. O la composición de baladas tristes. Incluso la inspiración para pinturas donde predomina el ocre o los grises en su gama metálica. En cambio, el sol llama. El sol reclama atención. Convoca. Seduce. Induce a la participación en la plaza, en la calle.

Cuando el sol está en lo alto las sombras se afilan y la mirada se estrecha, nuestros párpados se ponen en modo panorámico. Vemos la vida en tecnicolor, como una aventura californiana, una novela romántica, una explosión de hormonas que compiten por conseguir el verso más meloso. Oler la primavera es mudar de piel y de hábitos culturales. La leyenda dice que en los países norteños hay más filósofos y suicidios, como si una cosa tuviera que ver con la otra. Cuando estás meses sin ver la luz del sol tomando tu alfeizar es posible que te preocupes más por la vacuidad de la existencia y un libro te caliente más que una estufa catalítica.

Los teatros tienen calefacción y aire acondicionado. Los museos están a temperatura ambiente durante todo el año. Los cuerpos se afinan siempre a base de energía propia. Por lo tanto el sol no debe ser excusa para nada. Ni porque ha salido ni porque está en otros menesteres y ha cedido a las nubes el protagonismo. Las carteleras, las propuestas culturales deben hacerse desde otro presupuesto que no sea el meteorológico o estacional.