«El cine debe trascender del simple entretenimiento y generar pensamiento»
Diego Lerman (Buenos Aires, 1976) compagina su labor como escritor y realizador tanto en el cine como en el teatro. Autor de cuatro largometrajes que le han valido infinidad de reconocimientos en festivales internacionales, estrena ahora «Refugiado», una «road movie doméstica», según sus propias palabras, donde narra la huida del hogar de una mujer víctima de malos tratos junto con su hijo de siete años.

«Refugiado», que fue presentada en la Quincena de Realizadores del último Festival de Cannes y formó parte de la sección Horizontes Latinos en el pasado Zinemaldia, obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Chicago. Su estreno en Argentina ha servido para dar visibilidad a la situación de indefensión en la que se encuentran muchas mujeres víctimas de abusos y agresiones por parte de sus parejas. Animado por el éxito de su largometraje, Lerman anima al espectador a servirse de él como herramienta para el debate. El filme opta a nueve galardones en los premios Cóndor de Argentina.
El título de su película, «Refugiado», parece encerrar toda una declaración de intenciones en tanto nos remite a un escenario de trauma post-bélico. ¿Fue una elección deliberada?
Absolutamente y vino dada por el impacto que me produjo la visita a una casa-refugio donde son acogidas las mujeres víctimas de malos tratos. Tras entrevistarme con alguna de ellas mientras preparaba el proyecto, fui a uno de estos centros y me llamó la atención ver la gran sala donde ellas comen, acompañadas muchas veces de sus hijos que corretean de acá para allá, mientras la televisión estaba encendida y ofrecían un reportaje precisamente sobre nuevos casos de violencia doméstica. Aquello me retrotrajo a un escenario bélico donde los supervivientes permanecen aislados de un mundo exterior que les es hostil, al que saben que si regresan, probablemente morirán. De ahí el título de «Refugiado».
Ya que habla del proceso de documentación que abordó previo al rodaje, ¿cómo fue? ¿En qué consistió?
Estuvimos casi un año y medio entrevistándonos con mujeres que habían sido víctimas de violencia doméstica a las que accedimos a través de ONG's, asociaciones y grupos de especialistas que trabajan con ellas. En muchos casos tuvimos acceso a testimonios muy íntimos, casi desgarradores que posteriormente trabajamos con actrices que se interrelacionaron directamente con algunas de estas mujeres. Si algo sacamos en claro preparando la película es que la violencia sobre las mujeres es una problemática social interclasista, por lo que ya es hora de abandonar el tópico de que se trata de un fenómeno arraigado en los entornos sociales más desfavorecidos económicamente.
¿Y en esas entrevistas que mantuvo con muchas de estas mujeres qué respuesta obtuvo de ellas? Se lo comento por esa situación que refleja en la película donde el sentimiento de culpa y responsabilidad compartida emerge alarmantemente entre las víctimas...
Mira, cada caso es un mundo, hay incluso mujeres con causas judiciales pendientes hacia su pareja que continúan conviviendo con ellos en tanto les genera miedo que los hijos que tienen en común puedan ser usados como rehenes en este tipo de conflictos. En general, por las entrevistas que mantuvimos con estas mujeres, los casos de violencia doméstica más habituales vienen dados por una dinámica de agresión, perdón, reconciliación y nueva agresión. En alguno de los refugios a los que acudimos conocimos incluso a mujeres que habían ingresado allí por tercera vez huyendo del mismo hombre. Supongo que es difícil poner un límite a alguien con el que, en teoría, te unen tantas cosas y, bueno, de esa dificultad trata precisamente nuestra película.
¿Cuál es la situación de este fenómeno en Argentina? ¿Qué respuestas ofrece la Administración?
En los últimos años ha gozado de una mayor visibilidad pues se han hecho campañas a través de los medios instando a las mujeres a no callar cuando sean víctimas de este tipo de agresiones. Al mismo tiempo, los gobiernos han venido tomando medidas y aprobando leyes para combatir el fenómeno, pero en el fondo siguen faltando recursos. No es normal que en una ciudad como Buenos Aires exista tan solo un único refugio de acogida, con apenas sesenta camas, para víctimas de violencia de género.
Al menos su película está generando un importante debate social sobre el tema en su propio país...
Sí y es algo que me enorgullece porque mi película está ahí para que otros se la apropien, aun cuando no fue concebida como una herramienta de debate propiamente dicha. Una película es algo muy pequeño, su alcance siempre es reducido, más ante una problemática como la violencia de género, pero me satisface que, en su modestia, «Refugiado» pueda haber contribuido a poner el foco de atención sobre este tema.
¿No cree entonces en la función social del cine?
La realidad social es una fuente de inspiración permanente para los cineastas y debemos acudir a ella, pero sería muy arrogante hacerlo en la pretensión de ofrecer soluciones ante determinados conflictos. No creo que el cine esté para eso. Dicho lo cual, sí creo en el cine como herramienta que trascienda del simple entretenimiento y genere pensamiento, que involucre, de alguna manera, al espectador. En este sentido me gustaría que una película como «Refugiado» fuese apreciada no únicamente por mujeres o personas que hayan vivido una situación como la que narro en el filme, sino por todo el espectro social.
¿Fue buscando esa complicidad con el espectador por lo que decidió articular la narración desde la mirada del niño protagonista?
Lo que siempre tuve claro es que quería rodar una película que fuera interesante para el espectador más allá del tema que en ella se aborda. Por eso a la hora de definirla siempre digo que Refugiado es una road movie doméstica donde además se conjugan elementos procedentes de otros géneros como el thriller o el cine de terror. En este sentido, construir ese viaje desde la mirada de un niño me permitía abrir un campo cinematográficamente interesante porque los niños son como esponjas que todo lo absorben y lo hacen desde una ingenuidad que a la historia le venía muy bien. Su mirada es la de alguien asombrado ante lo que está viviendo y que por eso mismo se plantea interrogantes muy simples, pero muy pertinentes, que la lógica del adulto obvia.
En todo caso llama la atención la autenticidad que denota la mirada del joven protagonista. ¿Fue muy difícil lograr esa implicación?
Estuvimos trabajando durante casi un año con Sebastián Molinaro, el actor que da vida a Matías. Le escogimos después de haberse presentado a un casting donde hizo todo aquello que se supone no debe hacer un aspirante a actor (risas). Pero había una sensibilidad en su mirada que me cautivó. A partir de ahí rodamos un pequeño cortometraje con él que nos llevó a la convicción de que era una apuesta idónea. Después vinieron los ensayos con Julieta Díaz, la actriz protagonista, que planteamos como un juego a fin de preservar esa sensación de espontaneidad que buscábamos y que no es tal, ya que fue producto de un trabajo muy minucioso. En aras de conseguirlo además filmamos toda la película en orden cronológico.

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