Irán alarga su sombra sobre Afganistán
Mientras se discuten nuevos plazos para la retirada de las tropas extranjeras de Afganistán, un muro levantado por Teherán en su frontera asfixia a la población local.

Es de locos: cada vez que trato de llegar a mis huertas me disparan desde el muro». A sus 60 años, Abdul Bazir nunca lo ha tenido fácil para sembrar en mitad del desierto. Hoy sus cultivos crecen sin ser atendidos a la sombra de un muro de cinco metros.
«Había más de 100 familias en Barichi pero la mitad se han ido. Ya no podemos labrar ni traer mercancías desde el otro lado de la frontera», lamenta Bazir desde su casa de adobe sin agua corriente ni electricidad.
Barichi es una aldea más en la provincia de Nimroz, en el extremo sudoeste de Afganistán. Es la única que comparte fronteras con Irán y Pakistán y donde la minoría baluche del país es mayoría. También cuenta con la densidad de población más baja y, en vista de los acontecimientos, la desertización de este territorio se antoja inexorable. Dost Mohamed se levanta la camisa para mostrar las marcas de dos impactos de bala en su cuerpo. Dice que se irá pronto. «Me dispararon cuando caminaba a través de mis tierras», explica este hombre de 50 años, justo antes de mostrar los documentos que acreditan la posesión de tierras anexas al muro. «Matan a nuestros burros y ovejas por diversión, o simplemente para comérselos después», añade el campesino, visiblemente furioso.
Los soldados iraníes incluso han levantado un puesto de control a unos 20 metros de la pared y a escasos doscientos del cuartel de la Policía de frontera afgana en Barichi.
Desde allí, el comandante Ali Ahmad traslada a GARA que el de Barichi dista de ser un caso aislado: «Hay 22 aldeas en la misma situación, dos de las cuales están completamente abandonadas», detalla el militar desde un pequeño fuerte que muestra más de una docena de agujeros de bala en su fachada. Además de los cultivos y el ganado, dice el funcionario, el muro también está afectando a la escuela cercana. «Durante los últimos dos años las clases se ven interrumpidas por disparos esporádicos. Eso nos obliga a evacuar la escuela, o cerrarla hasta que la situación mejora», explica Ahmad.
Mohamed Ayub, alcalde de Barichi, asiente antes de repetir que la comunicación con las aldeas del lado iraní solía ser «fluida»: «Todos tenemos parientes al otro lado. Incluso los guardias iraníes nos ayudaban a cruzar el muro para reunirnos con ellos». El pueblo más cercano en el lado iraní es Shagalak, «a escasos 500 metros de distancia de aquí».
Contrainsurgencia
Haji Abdullah Baloch, comandante de la Policía de Zaranj -la capital provincial, a 900 km al sudoeste de Kabul y a apenas 30 de Barichi- explica a GARA que el muro se extiende a lo largo de 50 kilómetros de los 224 que Nimroz comparte con Irán. «Teherán comenzó la construcción del muro en 2007, poco después de que Estados Unidos desplegara sus tropas por el sur de Afganistán. Entre otras cosas, Irán busca impedir a toda costa que Washington dé apoyo a los insurgentes baluches del lado iraní de Baluchistán en el extremo sudoeste del país», revela el funcionario, mientras paseamos a una distancia prudente de la pared.
Baluchistán Oeste -bajo control de Irán- es una región vetada a informadores en la que grupos baluches de corte islamista suní -nada que ver con la insurgencia baluche en Pakistán, totalmente secular- alimentan un movimiento insurgente que ha convertido la región de Sistán y Balochistán en la más inestable del país. Meir Javedanfar, profesor de política iraní en el Centro Interdisciplinario (IDC) de Israel, apunta a que obstaculizar el apoyo de Washington a dichos grupos sería una de las razones para la construcción del muro, así como detener el flujo de refugiados y trabajadores afganos hacia Irán
«Ante una eventual permanencia de las tropas internacionales en Afganistán y el aumento de grupos talibanes antiiraníes, la seguridad se ha convertido en una obsesión para el Gobierno persa en esta parte del mundo», explicaba Javedanfar a GARA, vía telefónica.
Más allá del muro
Las fuerzas internacionales ya no están desplegadas en Nimroz pero Irán sigue siendo omnipresente. Se trata de una sensación palpable en Zaranj, básicamente un enorme bazar inundado de productos iraníes dada la cercanía del puesto fronterizo, a tan sólo dos kilómetros de distancia. Las transacciones se hacen en moneda iraní y la electricidad viene directamente de Irán (a precios desorbitados), lo mismo que el suministro de agua.
«Ayudamos a los huérfanos y a las viudas afganas porque compartimos una religión común con nuestros hermanos en el islam», traslada a GARA Gulam Mobarez, director de la Fundación Imán Jomeini en Zaranj. El muro alrededor del edificio de la ONG fue repintado recientemente tras haber sido cubierto con graffitis acusándolos de espionaje. Mobarez insiste en que su asociación cumple una función «exclusivamente humanitaria».
En una rueda de prensa, Ghulam Dastgir Azaad, gobernador de Nimroz entre 2005 y 2010, acusó a Irán de entrenar a combatientes en su territorio «para mandarlos después a Afganistán». Karim Brahui, su sucesor en el puesto hasta el año pasado y actual asesor del Gobierno para las Naciones de Afganistán, explicaba a este medio que la presión de Irán «busca evitar, a toda costa, vínculos entre baluches de ambos lados de la frontera».
Por su parte, Amir Mohamed Akhadzada, actual gobernador de la provincia, tildó la presencia de Irán en la región de «abrumadora». «Estamos tratando de hacer frente a este problema, pero no es fácil. Las fronteras son demasiado grandes y no podemos controlarlas», reconocía a GARA este antiguo mulá de la vecina provincia de Helmand.
Tras repetidas llamadas y e-mails a la Embajada de Irán en Kabul, oficiales persas declinaron hacer declaraciones a este medio.

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