Alberto PRADILLA

Incertidumbre y tensa calma en «Euromaidan»

La incertidumbre ha marcado las últimas jornadas en Kiev. Nadie se atreve a predecir qué ocurrirá hoy, cuando está prevista una sesión extraordinaria del Parlamento en la que se abordará la crisis política que arrastra Ucrania desde diciembre. Ante las muestras de debilidad de Gobierno y opositores, son los ultraderechistas quienes ganan peso en la calle.

Venganza, venganza!», coreaban el domingo cientos de personas en la plaza de la Independencia de Kiev, rebautizada como Euromaidan (algo así como «plaza de Europa») desde el inicio de las protestas en noviembre. Se celebraba el funeral de Mikhail Zhiznevsky, de 25 años, una de las tres víctimas mortales de los enfrentamientos del miércoles. Entre banderas rojas y negras, el féretro, trasladado a hombros de seis encapuchados con uniforme militar, fue acompañado por cientos de personas a través de un largo recorrido por la plaza de la Independencia, epicentro de la protesta pro-occidental. Zhiznevsky era bielorruso, pero pertenecía a una de las facciones de nacionalistas ucranianos: grupos derechistas nacidos a principios del siglo XX y cuyas versiones modernas están capitalizando las protestas que se desarrollan desde noviembre. También es cierto que, hasta el momento, los llamamientos a incrementar la tensión no habían encontrado respuesta entre los manifestantes. Todos se miran de reojo a la espera de lo que ocurra hoy, cuando está prevista una sesión extraordinaria de la Rada Suprema (parlamento) en la que se abordará la crisis política que arrastra Ucrania. En la calle, nadie se atreve a vaticinar si el presidente, Viktor Yanukovich, propondrá más concesiones al triunvirato opositor (formado por Arseni Yatseniuk, líder de Batkivschina; el exboxeador Vitali Klichkó, de UDAR y Oleg Tiagnibok, del ultra Svoboda) o si, por el contrario, lanzará un pulso decretando el Estado de emergencia.

«La única solución es que se marche el presidente y todos aquellos que han colaborado con él. No aceptaremos otra cosa». Fyodor (pasamontañas negro, abrigo militar y apoyado sobre un bate de madera) dejaba claro cuál es el nexo de unión en este lado de las barricadas, allí donde la Policía ucraniana no ha puesto un pie desde hace más de dos meses. Lo hacía en un pequeño descanso, tras desfilar junto a decenas de hombres con cascos, palos y el rostro cubierto frente al Ministerio de Justicia, que había sido ocupado la noche anterior. «Toda esa gente no forma parte de ningún partido y está dispuesta a seguir peleando», insistía, mientras señalaba a sus compañeros. Claro que no tener carné no significa carecer de ideología y aquí, en líneas generales, todos comparten principios. Frente a la hilera paramilitar, un sacerdote ortodoxo observaba con benevolencia. La simbología religiosa, con rezos desde primera hora de la mañana en el escenario principal, está muy presente entre los opositores.

Europa, el argumento olvidado

Lo rebautizaron como Euromaidan pero, a estas alturas, el frustrado acuerdo de asociación con la Unión Europea ya no tiene tanto que ver. O al menos, eso es lo que dicen muchos manifestantes. «Europa simboliza unos valores, unas leyes que deben de cumplir todos. Aquí solo tenemos una oligarquía que se ha enriquecido desde que cayó la Unión Soviética», consideraba Vasyl, profesor de Historia y que aseguraba acudir a la plaza cuando su trabajo lo permite «para coger fuerzas». Él, como muchos opositores, ubican a Bruselas más como antagonismo hacia Moscú que como un valor en sí mismo. Y, pese a la infinidad de banderas azules con las doce estrellas amarillas, no se disimula una sensación de «abandono». Aunque Vasyl ubica la salida de Yanukovich como condición «sine qua non», otros manifestantes, como Tania, una joven estudiante de Medicina, recordaba otras demandas, como la liberación de los detenidos o la supresión de la ley que reprime las protestas, y cuya derogación fue finalmente acordada ayer por Yanukovich y los líderes de la oposición.

«Al principio sí que era la unión con los europeos. Ahora solo queremos que el presidente se marche y que los responsables de la violencia contra nuestros jóvenes sean castigados», afirmaba, por la mañana, Iryna, una trabajadora en comercio exterior que participaba en una protesta de «madres contra la violencia». Capitaneadas por (otra vez) un religioso, la comitiva, de más de 100 mujeres, atravesó las cuatro barricadas de hielo de la calle Hrushevskoho hasta plantarse frente a la hilera de antidisturbios que cierra el paso en el camino hacia los edificios del Gobierno y del Parlamento. Entre el autobús calcinado y protegido por neumáticos que forma la primera línea opositora y los escudos metálicos de los policías no había más de un centenar de metros. Ahí querían colocarse las mujeres.

Los ultras, beneficiados

«Queremos convencerles de que no deben disparar, que no es necesario que muera más gente», explicaba Elena Vonalovich. Afirmaba que en su grupo había madres «de uno y otro lado», en referencia a manifestantes y antidisturbios. Aunque, de este último sector, no lograba encontrar representantes. En realidad, su discurso no difería de quienes, con cascos de obra y máscaras antigás, mantenían las posiciones en previsión de una carga que, al menos ayer, no llegó. Y, pese a todo, su iniciativa no era bien recibida ni en las filas de los uniformados ni de los opositores. Los primeros, advirtiendo de que un avance sería repelido con el cañón de agua, uno de los primeros recursos cuando los manifestantes lanzan alguna acometida. Los segundos, con cara de fastidio, se preguntaban por la utilidad de esta protesta. «¿Qué hacéis aquí? ¡Este no es vuestro sitio!» repetía un tipo enjuto que cubría su rostro con una máscara de enfermería, mientras mostraba al grupo el camino de regreso por una pequeña apertura entre las barricadas formadas con sacos de hielo.

La calle Hrushevskoho, ennegrecida por las escaramuzas, podría ser el símbolo del estancamiento al que ha llegado la crisis ucraniana. Por un lado, los antidisturbios que no avanzan, evidenciando que el Gobierno de Yanukovich sabe que una entrada a sangre y fuego iniciaría una espiral de difícil marcha atrás. Por la otra, una oposición donde, al menos sobre el terreno, quien más peso está cogiendo es la ultraderecha, representada por el Pravy Sektor (sector la derecha) de Andrei Tarasenko y otros «grupos de autodefensa». La sensación de que son los grandes oligarcas quienes dominan el país y el descrédito de la clase política dejan pocas expectativas. Por eso, predecir que ocurrirá «el día después», sin saber siquiera cuál es ese día exactamente resulta imposible.

El ministerio de justicia, ocupado y devuelto en 24 horas tras las críticas de Gobierno y oposición

«Eramos bastantes y no encontramos resistencia. Así que ocupamos el edificio». Así explicaba ayer por la mañana uno de los miembros de Spilna Sprava («Causa Común») la irrupción de los manistestantes en el ministerio de Justicia, ocurrida en la noche del domingo. Tras varios minutos en el exterior y después de destrozar las ventanas, finalmente los miembros de uno de los denominados «grupos de autodefensa» de Maidan (caracterizados por sus palos y su apariencia paramilitar) se hizo con el control del edificio gubernamental. Durante varias horas, ya ayer por la mañana, solo la prensa tenía permiso para acceder a una estancia interior. Eso sí, un acceso limitado. Dos encapuchados que cubrían su cabeza con antiguos cascos militares impedían el paso a través de las escaleras. Tras una jornada de tensiones entre diversos sectores de la oposición (que coincidieron con el Gobierno en cuestionar la acción), ayer terminaron por devolver el edificio. Un ejemplo de la situación que se vive en el centro de Kiev, donde los manifestantes han instalado tiendas de campaña desde el mes de noviembre. La zona está acordonada por enormes barricadas que marcan el perímetro del territorio donde la protesta se ha hecho fuerte.

En un primer momento, la ocupación hizo montar en cólera a la ministra, Elena Lukash, quien amenazó con instar al presidente Yushenko a aplicar el Estado de Emergencia en caso de que las oficinas no se desalojasen. Tras escuchar estas palabras y como muestra de desafío, varias decenas de encapuchados armados con palos se concentraban frente al edificio, formando en hileras y proclamando «¡Gloria a Ucrania! ¡Gloria a los héroes!» «No nos marcharemos de aquí y seguiremos ocupando edificios hasta que esto termine», advertía Mijail, que trabajaba como guardia de seguridad. Finalmente, y después de haber sido criticados incluso por grupos ultras como Svoboda, terminaron abandonando el edificio. No sin antes advertir de que hoy podrían volver a intentar ocuparlo en caso de que el Parlamento no adopte medidas que satisfagan a los manifestantes. A.P.