Oriol Clavera | 7K

Solsticio de fuego en el Pirineo

El sol se esconde tras las altas montañas que hacen del lugar un castillo de granito en el que los días son tan cortos como hondo es el valle. Un pequeño pueblo, pongamos Erill la Vall, dibuja una silueta con el campanario románico coronándola. En la parte alta del lienzo, unos nubarrones parecen querer oscurecer el día. E invisible, una excitación impregna el ambiente. En pocas horas, y para acabar de pintar la escena, se le añadirá una serpiente de fuego bajando por el monte. Son las «falles», que iluminan el solsticio de verano en el Pirineo.

Los participantes en esta celebración pirenaica del solsticio de verano encienden en una gran hoguera sus «falles», unas enormes antorchas de pino que pesan al menos ocho kilos.
Los participantes en esta celebración pirenaica del solsticio de verano encienden en una gran hoguera sus «falles», unas enormes antorchas de pino que pesan al menos ocho kilos.

Faltan aún unas semanas para que el cuadro, pintado sobre el lienzo de la Historia en este rincón del Pirineo, deje de ser una mera descripción del momento. Jóvenes y no tan jóvenes buscan teas de pino para la fabricación de las falles. Después de dejarlos secar al sol de la tardía primavera, es en los días previos a la fiesta que cogerán forma. Hechas con paciencia y dedicación, las piezas de pino se sujetan con alambre en un extremo de una rama resistente y no demasiado seca. El totxo, que es como le llaman aquí, es generalmente de avellano o abedul, y se convierte así en una gran antorcha. Otras, las llamadas rantiners, de una sola pieza de pino a la que se le estacan, también en el extremo, esos trozos de madera resinosa que serán combustible en la noche de fallas.

Herencia de tiempos remotos, los ancestros de los actuales habitantes de estos montes ya celebraban con fuego la llegada del solsticio de verano. Con el fuego simbolizando el sol, se pretendía espantar los malos espíritus y garantizarse unas buenas cosechas, así como ritualizar la entrada a la edad adulta en los hombres. Como en tantos lugares de los Països Catalans, el fuego toma, pues, el protagonismo en una de las noches más cortas del año, la que pasó a ser con la cristianización, noche de Sant Joan.


Refrigerio en el monte, mientras caiga la noche.

Noche de falles

Poco a poco, por la habitualmente poco transitada carretera del valle y serpenteando en dirección opuesta al curso de las frías aguas pirenaicas del río Noguera de Tor, coches de otros pueblos de los alrededores y de visitantes foráneos van llegando atraídos por la fiesta.

Hoy la noche llega más tarde que nunca. Aunque el sol se ha escapullido pronto tras las cimas de poniente, aún faltan casi dos horas para que la oscuridad apague el verde del paisaje de prados y bosques. Los protagonistas de hoy, hombres y mujeres -ellas desde no hace tanto, después de tener que batallarlo en algunos casos- esperan que amaine la tormenta que por unos momentos lo ha callado todo. Cargarán cada uno, en el hombro, su falla o rantiner. Entre 8 y 9 kg las primeras y de 12 a 14 kg de madera, los segundos. En fila india y con la excitación que encuentra la válvula de escape entre sonrisas y alegría, a la media hora de andar monte arriba, las substituyen los resoplidos y los mofletes rojos.

Un trago de la bota de vino da fuerzas, a algunos, para seguir la marcha con una luz cada vez más tenue y sutil. A nuestros pies, el pueblo con las empequeñecidas casas de piedra con tejados de pizarra, se prepara para recibir la noche con las pocas farolas que iluminan sus impredecibles calles. Y en medio, la estilizada figura del campanario románico que parece estirar el cuello para no perderse detalle.

El faro

Alcanzado el faro - un pino cortado y apuntalado, muchas veces, por más troncos en forma cónica y que ha estado secándose aquí en lo alto durante semanas- solo queda esperar que el manto negro de la noche lo cubra todo. Mientras, la bota corre.Y el pan, el queso, la llonganissa. La subida ha sido lenta pero cansada, como para apaciguar la excitación que se respiraba. Ahora toca recuperar fuerzas y coger la energía que hará falta para la bajada. Parece que las nubes escampan. Tan solo, a lo lejos, unos relámpagos parecen advertirnos que la oscuridad es total, a pesar que los ojos agudicen las pupilas sin alcanzar más que nuestras presencias. Las conversaciones, murmullos y silencios que revolotean toman protagonismo entre relámpago y relámpago.

El fuego

Las llamas juegan en una gran hoguera. De repente, la intensa luz ha iluminado las caras que, con la caída de la noche, se habían hecho invisibles. Agolpados sobre ella, y con las miradas fijas sobre el crepitar del fuego, falles y rantiners, reposan sobre él. Poco a poco, a medida que van prendiendo, los brazos que las sujetan las levantan y se retiran, dibujando en la oscuridad una parábola ardiente. Una vez todas encendidas, empieza a quemar el faro, señal que empieza la bajada. Gritos que se contagian y corren de un lado a otro. Euforia. Un año más aquí arriba, como desde tiempos en los que la memoria no alcanza llegar. En fila india, constante e ininterrumpida, el descenso es rápido. Por el mismo camino por el que se ha subido, resbaladizo por la lluvia, la única luz que lo ilumina es la de la falla que cada uno tiene delante, portada por el fallaire al que uno sigue mientras, a su vez, su falla ilumina al siguiente.

A lo lejos, en la ladera opuesta del valle, Boí y Taüll son también espectadores de una serpiente de fuego que parece ir lenta e indecisa. Aquí arriba, en cambio, todo va rápido y con los pasos seguros a pesar de resbalones, sudores y humo. Hay que llegar antes que la madera deje de quemar.

La entrada al pueblo se hace corriendo. El cansancio parece no importar. Gritos, aplausos, flashes, música. Unos cuantos 'pases' por las calles, corriendo quien aun se ve capaz, que son muchos. Y en lo alto, el faro en una gran hoguera, espantando los espíritus y augurando unas buenas cosechas, ni que sean las que puede ofrecer el turismo con la llegada del verano.

Una costumbre extendida

La bajada o corrida de falles se realiza en algunos pueblos de las comarcas del Pallars Sobirà, del Pallars Jussà y de la Alta Ribagorça, así como también en la Ribagorça aragonesa, al otro lado de la frontera administrativa y en la Val d'Aran. Si bien tienen muchas características comunes, hay variantes en ellas, como la tipología de las falles, o peculiaridades propias como bailes y músicas.

La mayoría se celebran la noche de Sant Joan, como las de Boí, Casós, Senet (el fin de semana más cercano a ese día), Vilaller y el Pont de Suert, en la Alta Ribagorça; Alins, Espot, Isil, en el Pallars Sobirà; Bonansa, Castanesa, Montanui, Les Paüls y Saünc, en la Ribagorça aragonesa; San Juan de Plan, en en valle de Gistau, en la comarca del Sobrarbe. Otras fechas, el 16 de junio en Durro, el 28 en Barruera, el viernes más cercano al 10 de julio en Erill la Vall, el tercer fin de semana de julio en Taüll y el último en Llesp (las cuatro en la Alta Ribagorça); el 17 de junio en la Pobla de Segur (Pallars Jussà); el 28 de junio en València d'Àneu (Pallars Sobirà) y el primer fin de semana de junio en Aneto (en la Ribagorça).


Una serpiente de fuego se dibuja en el monte junto al campanario románico de Taüll.