La arena internacional es el terreno de juego final de toda nación sin Estado que aspira a la independencia por la vía unilateral. O alguien reconoce tu independencia, o ya puedes ir proclamándola solemnemente cada semana, como quien va al mercado, que no servirá para nada. De ahí los ingentes e ingeniosos esfuerzos de los catalanes para abrirse puertas; y de ahí los burdos intentos españoles por boicotear la diplomacia catalana, ya sea con González Pons apelando a la amistad de los eurodiputados o menospreciando cualquier iniciativa, como hizo ayer Rajoy.
Unos y otros se han apuntado victorias parciales en el terreno europeo. Aunque con más reticencias de las esperadas por Moncloa (y con algunas notas discordantes), la oficialidad bruselense sigue el dictado de Madrid, mientras que Barcelona, además de puntuales apoyos, ha conseguido sobre todo llevar su mensaje a los principales foros continentales. No es poco que nadie pueda decir en Europa que no sabe que los catalanes quieren convocar un referéndum. Y tampoco es poca cosa, observando las desiguales condiciones, que ningún peso pesado europeo haya salido a rechazar el plebiscito. Se atribuye a Churchill la sentencia de que «un diplomático primero piensa dos veces y finalmente calla». Que así siga siendo no determina nada, pero habla sin duda a favor de Catalunya.

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