Beñat Zaldua
Iritzia saileko arduraduna / Coordinador de la sección de opinión

Un tronco de eucalipto sobre la tumba de Adam Smith

El paupérrimo estado de los bosques en Gipuzkoa y Bizkaia genera debates encendidos, exige aproximaciones complejas y requiere visión de futuro. Pero la comparación con Araba y Nafarroa reclama poner el foco sobre un condicionante previo que se suele obviar: el régimen de propiedad de los montes.

Imagen de una plantación de eucaliptos. (GETTY IMAGES)
Imagen de una plantación de eucaliptos. (GETTY IMAGES) ()

La búsqueda de la riqueza por parte de los individuos proporcionará bienestar colectivo gracias a la mano invisible del mercado. Adam Smith, un tipo afable y, visto lo visto, irremediablemente optimista, estableció hace un cuarto de milenio las bases de la economía del libre mercado, y junto a ellas, el mantra que sostiene la cuestionable ética del capitalismo. Como hipótesis, podía tener un pase en el siglo XVIII, pero tras dos siglos y medio de resultados empíricos, cabría empezar a reconocer que Smith podría no haber acertado. Los montes vascos nos dan algunas pistas.

Esta semana hemos conocido el inventario forestal de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa. No hay grandes cambios, pero sí tendencias notables. El pino radiata sigue siendo el árbol que mayor superficie ocupa en toda la CAV (el 28% de la masa forestal), pero sigue menguando debido sobre todo al hongo que acecha las plantaciones con la enfermedad de la banda marrón. En 2020 había casi 6.000 hectáreas menos de este pino que en 2019, todavía omnipresente en Gipuzkoa y Bizkaia.

En sentido contrario crece el eucalipto, que ocupa 3.428 hectáreas más que hace un año. En Bizkaia, este árbol foráneo es ya el segundo más extendido del territorio, solo por debajo del radiata –también importado–, y por delante del bosque mixto atlántico –autóctono–. En una década, la superficie ocupada por los dos tipos de eucalipto que se plantan en Euskal Herria ha crecido un 52%.

Los científicos ya han advertido claramente de los peligros del eucalipto, más allá de su facilidad para ser pasto de las llamas. Reclama agua y seca el terreno; no deja crecer otras plantas y empobrece el suelo. También afecta a los siempre delicados equilibrios ecológicos de una zona –la pandemia nos debería haber enseñado que alterar ecosistemas no es una gran idea–. No parece, en resumidas cuentas, una opción estratégica ante un futuro climáticamente más cálido.

En sentido contrario, los pequeños propietarios preguntan a ver qué van a hacer entonces con el pequeño pedazo de monte escriturado a su nombre. Una gestión del bosque basada en la explotación salvaje –plantar, cuidar lo justo y talar– beneficia a especies con ciclos cortos como el eucalipto (12-15 años) o el radiata (30-35 años), frente a especies con ciclos de tala mucho más largos como el haya (100-140 años) o el roble (unos 150 años). Pero otra gestión, basada en aprovechamientos intermedios, talas selectivas y usos múltiples de la madera, es posible. De hecho, Nafarroa es la prueba. Parece razonable –e inteligente– ofrecer incentivos a estos pequeños propietarios, esfuerzo que debería ir parejo al desenmascaramiento de las grandes madereras, que también las hay.

Dime qué árbol es y te diré de quién es

Estas líneas no aspiran, en cualquier caso, a solucionar un problema complejo, de muchas aristas. Pretenden poner el foco en un condicionante previo, que a menudo se olvida cuando hablamos de los problemas forestales: la propiedad de la tierra. ¿Es casualidad que las grandes plantaciones se encuentren en Bizkaia y Gipuzkoa? Un análisis de la tenencia del suelo se apresuraría a contestar que no.

Basta con observar el gráfico, pero lo dejaremos por escrito: en Gipuzkoa, el 82% del suelo está en manos privadas; en Bizkaia, el 80%. En ambos herrialdes, las plantaciones de especies foráneas son mayoría: en Gipuzkoa suponen el 55% de la masa forestal total; en Bizkaia, el 73%. En Araba, por contra, el porcentaje de suelo en manos privadas baja al 51%, y las principales especies foráneas suponen solo el 15% de la masa forestal.

Si con Araba no basta, miremos a Nafarroa, una de las comunidades autónomas con mayor superficie de bosque autóctono de todo el Estado. Solo el 30% del suelo está en manos privadas. Y la mayoría de suelo público no está administrado por el Gobierno de Nafarroa, sino por valles y pueblos; es decir, por sus habitantes. Son los comunales, todo un recordatorio de que son muchas las posibilidades dentro de lo público y lo común. El 80% del bosque navarro es autóctono, con el haya como árbol señero, ocupando 115.000 hectáreas, casi el triple que en la CAV. Los principales pinos foráneos –el radiata o insigne, y el laricio–, ocupan poco más de 30.000 hectáreas, cuatro veces menos que en Bizkaia, Gipuzkoa y Araba. Y del eucalipto apenas hay rastro.

El problema es muy complejo, y el paupérrimo estado de los bosques en Bizkaia y Gipuzkoa también encuentra razones en la historia, el desarrollo económico, la geografía y el clima, pero el régimen de propiedad lo condiciona todo. Cada vez que se hable del tema, recuerden las diferencias con Araba y Nafarroa, e imaginen un gigantesco tronco de eucalipto creciendo sobre la tumba de Adam Smith.