
La historia de los hermanos Maso no difiere de la de millones de refugiados, salvo porque en sus casos el deporte les ha permitido reconducir sus vidas. Ambos tuvieron que huir de Siria cuando las condiciones para la práctica de sus respectivas modalidades se convirtió en un imposible.
Fue en 2015 cuando dejaron su círculo familar en Alepo para embarcarse en un periplo por varios países del viejo continente hasta lograr de nuevo la estabilidad deportiva y personal. Alaa reside en Hannover, mientras que Mohamed vive en Países Bajos.
El primero comenzó a lanzarse a la piscina a una edad muy temprana –cuatro años–, impulsado por su padre quien, tras retirarse del ejército, pasó a ocupar su tiempo como entrenador de natación. El segundo optó también por mantener la tradición familiar, pero combinándola con la carrera y la bicicleta.
El que el conflicto armado que se vive en su país dañase de manera importante las instalaciones deportivas donde se entrenaban a diario fue la espoleta para que tomasen la decisión de hacer las maletas a la búsqueda de un futuro mejor dentro de sus disciplinas deportivas, a la par que compaginarlas con el retorno a unos estudios abandonados desde su huida de Siria.
«Gracias al deporte, pude separarme de mucha negatividad y ganar fe en mi vida personal durante el entrenamiento. Cuanto más entrenaba, mejor me volví y eso es lo que estoy tratando de construir en mi vida, mantener una actitud positiva, creativa y saludable», indica Alaa.
El deporte también les ha vuelto a reencontrar, casi un año después de separación por los duros entrenamientos para preparar la cita olímpica. Fue en la ceremonia de inauguración, donde se dieron un caluroso abrazo, aunque bajo una curiosa circunstancia: han defendido diferentes banderas en Tokio 2020.
Mohamed compitió el 26 de julio en la modalidad de Triatlón, formando parte de la delegación siria, quedando en el puesto 47º. Alaa, que asegura que también pidió representar a su país sin obtener respuesta, cumplió su sueño el pasado viernes al nadar los 50 libres dentro del equipo de refugiados del COI.
Quedó cuarto de su serie, con un tiempo de 23:30, alejado de su mejor marca personal. «Todos los días, un segundo después de cuando me despierto, lo primero en lo que pienso es en el entrenamiento, en cómo voy a esforzarme. Cada día es como una jornada de clasificación», comenta a sus 21 años.
Por su particular estatus político, Alaa reconoce que «significa mucho que el mundo haya dejado de ver a los refugiados como un problema y los reconozca como seres humanos reales que han superado muchas cosas».
Un mensaje positivo, pero sobre el que todavía queda mucho camino por recorrer, casi tanto como el que le queda a este joven sirio, que aguarda con ansiedad el reencuentro con su familia, de aquí a que pueda disputar la próxima cita olímpica en París.
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