Con el corazón en Gaza y un único deseo: la reagrupación familiar
«Rogamos que se agilicen las reagrupaciones familiares. Y si no, que nos dejen volver a Gaza a morir con los hijos y maridos que hemos dejado allí», exigen Hanaa Abu Alees, Wafa Aumar Sobih, Nahla AS Ismail, Tahreer Abujami y Jehan Elghnajy, evacuadas desde la Franja por motivos médicos.

Hanaa Abu Alees, Wafa Aumar Sobih, Nahla AS Ismail, Tahreer Abujami y Jehan Elghnajy. Cinco mujeres y madres de Gaza. Han sobrevivido al genocidio isarelí y se han visto obligadas a dejar la Franja por motivos médicos graves de alguno de sus hijos o incluso de ellas mismas. Les une el dolor de los bombardeos, el desplazamiento... y, ahora, la prolongada distancia con los hijos y maridos que han dejado en la Franja.
Pero también les une la resiliencia y una exigencia al «Gobierno español, al Ministerio de Exteriores, de Sanidad... a quien competa: agilicen las reagrupaciones y extensiones familiares. Hagan lo que sea para que nuestros maridos e hijos –la mayoría menores de edad– se puedan reunir con nosotras; ellos no entienden esta larga separación y nosotras los necesitamos a nuestro lado. Hemos sobrevivido al genocidio, pero el hecho de estar lejos nos está generando un gran conflicto interno y sufrimiento emocional», afirman al unísono en entrevista con GARA.
La cita es en las oficinas de CEAR en Euskadi en Donostia. No es fácil revivir el horror. Con cada respuesta afloran las lágrimas y las miradas de apoyo entre sí.
Nahla AS Ismail, 4 hijos en Gaza, 17 meses en Euskal Herria.
El 4 de enero de 2024, el marido y la hija mayor de Nahla AS Ismail, abogada de profesión y madre de 7 hijos, murieron en un bombardeo. Ella sufrió una importante lesión en la espalda y quemaduras graves. En marzo de ese año fue evacuada junto a dos hijas, entonces de 7 y 14 años, a Egipto, donde le operaron de la columna vertebral y recibió tratamiento durante cuatro meses. El 25 de julio de 2025 llegaron a Euskal Herria. Sus otros cuatro hijos, menores, siguen en Gaza, solos.
«Para poder contar mi historia necesitaría mucho tiempo porque hacerlo me supone un gran esfuerzo y dolor. Pero voy a intentar resumirla si mis emociones me lo permiten», manifiesta.

«Cuando me plantearon la evacuación a España, pensé que sería por poco tiempo y que, siendo un país de la Unión Europea, podría tramitar la extensión familiar de forma segura y ágil. Aunque me han concedido el estatuto de refugiada, la reagrupación con mis hijos está estancada, no hay avances y ya llevo mucho tiempo en esta situación. He dejado a cuatro hijos menores de edad en un contexto de guerra. Cuando salí, el más pequeño tenía solo tres años y medio, y estaba herido. Esta prolongada separación es dura tanto para mí como para ellos, que no tienen acceso a alojamiento, a comida ni tienen ninguna persona adulta que se pueda hacer cargo de ellos. A veces pienso que la muerte sería lo mejor para todos. Cada una de las que estamos en esta sala tenemos una historia, pero hay un factor común entre todas nosotras: el sufrimiento por nuestros hijos», incide.
«Mis hijos se han tenido que desplazar en múltiples ocasiones de una zona a otra. Muchas veces por los bombardeos no podía comunicarme con ellos. Son tantas las cosas que han sucedido que no tengo tiempo de contarlas en esta entrevista. Pero, por lo menos, han sobrevivido», subraya.
«Estoy desesperada, a veces pienso que voy a seguir así, lejos de ellos, el resto de mi vida. Me he puesto en contacto con las embajadas de España en Egipto, Jerusalén y Jordania, y nada. Necesitamos una solución. O traen a mis hijos o me dejan volver a Gaza. Es inconcebible que la madre esté aquí y los hijos, menores de edad, allí. ¡Que abran pasos seguros para salir de Gaza! O que el Ministerio de Exteriores español busque alguna alternativa para que puedan salir, si no es vía España, a través de otro país de la UE. Una madre tiene que estar con sus hijos. Yo estoy muerta en vida», insiste.
Jehan Elghnajy, cuando los hijos en Gaza «han perdido toda esperanza»
Jehan Elghnajy, cuyo caso está siendo gestionado por la Cruz Roja, salió de Gaza hacia Egipto el 8 de abril de 2024 junto sus hijas de 15 y 9 años. En la Franja se quedaron cuatro hijos. A los cuatro meses le propusieron su evacuación al Estado español.
En este intervalo, uno de sus hijos, «justo quien me animó a aceptar la evacuación, murió. Otro permanece desaparecido y mi hijo de 17 años sufre una enfermedad renal. Mi hija está agotada, no puede más, está recibiendo atención sicológica. Cada vez que habla con los especialistas les dice que echa de menos a sus hermanos y a su padre, que quiere estar con ellos. Tiene un vínculo especial con ellos. Siente que no está avanzando ni en sus estudios ni en su tratamiento médico», señala.

«Mis otros dos hijos siempre me preguntan por qué está tardando tanto la tramitación de la tarjeta de residencia. Creen que les estoy engañando, que no les estoy contando la verdad e, incluso, me acusan de no querer que estén aquí conmigo. Han perdido toda esperanza», remarca.
El resto asiente con la cabeza. «Nuestros maridos e hijos en Gaza piensan que no queremos mover el tema de los papeles, se sienten engañados porque les decimos que estamos haciendo los trámites para que vengan con nosotras, pero no hay avances. No comprenden la lentitud de los procedimientos burocráticos. A veces ni siquiera quieren cogernos el teléfono cuando les llamamos porque están enfadados con nosotras. Necesitamos una solución. No tenemos la culpa de esta situación», insisten las cinco.
Tahreer Abujami, al cargo de cinco hijos
Tahreer Abujami, madre de cinco hijos, pone el foco en la «complicada» situación que se vive en Gaza. «Por mucho que contemos nuestras historias, no os podéis ni imaginar lo que está ocurriendo», afirma. El genocidio mató a gran parte de la familia de su marido y destruyó su casa. Tres de sus hijos sufrieron heridas. A uno de ellos, incluso, lo dieron por muerto. «Cuando estábamos a punto de enterrarlo, vieron que se movía. Fue un milagro», recuerda.

A su hija, de 12 años, le falta parte de la mandíbula por un bombardeo y su hermano, de 11, sufrió lesiones que le afectaron al cráneo y a uno de sus ojos. Ha tenido que ser intervenido quirúrgicamente en tres ocasiones. Ambos menores son tratados en Osakidetza.
«Estoy aquí sola con cinco hijos que siempre me están preguntando por su padre. Están agotados. Cuando expresan su malestar, les remiten al psicólogo, pero esa no es la solución –incide–. Yo vivo a base de analgésicos y tranquilizantes. En enero del año pasado inicié los trámites para la reagrupación familiar con mi marido. Todavía estoy esperando. Queremos que nuestras voces lleguen hasta el mismo presidente español; solo pedimos que agilicen las extensiones familiares».
Hanaa Abu Alees, rescatada de entre los escombros
A Hanaa Abu Alees –madre de tres hijos de 15, 14 y 11 años– la tuvieron que rescatar de entre los escombros. No olvida «el calor del hormigón» sobre su cuerpo.
«No me podía mover, me sentía como un bebé en la tripa de su madre y tenía mucho calor. Lo único que podía mover era la mano. Sentí que alguien pasaba a mi lado y le agarré del pie. Era mi marido –recuerda–. Tenía un metro de escombros encima. Después de sacarme, mi marido estuvo buscando durante media hora a la niña, que había perdido el conocimiento. Con sus manos empezó a quitar escombros y así pudo ver su pierna, no sabíamos si estaba muerta o viva. En el hospital recuperó la conciencia. Es muy duro recordarlo. Cada vez que veo noticias de bombardeos, da igual si son cerca o lejos de donde vive mi familia, entro en pánico».
Hace un año, el menor enfermó: «Solicité salir con mis tres hijos. Un día recibí una llamada diciéndome que al día siguiente salía un autobús hacia Egipto y que solo yo podía ir con él. No tuve más opción. Si hubiera rechazado la evacuación, hubiera tenido que apuntarme de nuevo y esperar mucho tiempo, y su estado de salud estaba empeorando. Estuvimos 50 días en Egipto, le operaron y mejoró bastante. Acepté ser trasladada aquí, pero desconocía por completo los procedimientos de petición de asilo».

Sobre el estado de su hijo, paciente oncológico, señala que «físicamente está mucho mejor, pero a nivel emocional tanto él como yo estamos exhaustos. Hemos venido a un país nuevo para nosotros, con un idioma y una cultura totalmente diferentes. En Gaza vivíamos los cinco junto junto a mis suegros. Aquí estoy sola con mi hijo y muchas responsabilidades, citas médicas y gestiones administrativas. Siempre necesito un intérprete y, a veces, surgen equívocos. Por ejemplo, mi hijo tenía programada una resonancia, pero por un malentendido perdimos la cita. Ahora nos toca pedir otra y esperar. Necesito el apoyo de mi marido y de mis otros hijos. No quiero repetir lo mismo que mis compañeras, pero los necesitamos con nosotras».
«Me siento culpable cuando, por ejemplo, mi hija me dice que le gustaría comer una manzana o un huevo, y no puede porque en Gaza no hay nada. Yo, en cambio, aquí tengo todo a mano. Lo único que quiere mi hija es una manzana y no se la puedo dar», se lamenta entre lágrimas.
Enfrentar el cáncer y la desnutrición
Wafa Aumar Sobih llegó al Estado español el 31 de julio de 2025 junto a su marido y cuatro hijos, dos de los cuales están en tratamiento. Como la inmensa mayoría de gazatíes, en más de dos años de genocidio sufrió un desplazamiento continuo, de campamento en campamento en busca de una «zona segura» que no existe.
A los siete meses detectó que su hija pequeña tenía un bulto. «Me dijeron que era una infección, pero conforme pasaban los días los bultos se iban extendiendo por todo el cuerpo. Al final, le diagnosticaron un tumor. Los médicos me dijeron que no habían visto un caso igual y que tenía pocas esperanzas de vida. La noticia fue un shock. Ya había perdido a una hija y otros dos hijos también enfermaron, aunque con los tratamientos mejoraron. Aparte del tumor, la niña estaba desnutrida –recuerda–. Cuando algún vecino conseguía un trocito de pan se lo daba a mi hija. Buscar comida era muy peligroso, nos teníamos que desplazar y en esos desplazamientos te podían matar en cualquier momento. De hecho, a mi hermano lo mataron el pasado 16 de junio mientras intentaba buscar algo para comer».

El 29 de junio le avisaron de que sería evacuada. Pudo salir con su marido e hijos, pero a la mayor, de 20 años y casada, no le dieron permiso. Hicieron una parada en Jordania. Durante el viaje, otra de sus hijas empezó a sentirse mal. En la actualidad está bajo seguimiento del equipo de hemato-oncología pediátrica.
En cuanto la evolución de la menor, explica que «ha ganado cuatro kilos, está mejor e intentando llevar una vida más o menos normal. Soy optimista. Voy a hacer todo lo posible para que su vida aquí sea mejor. Pero estoy preocupada por mi otra hija; no sé si también a ella le van a diagnosticar una enfermedad grave. En Gaza he vivido y visto situaciones muy duras y desagradables, he oído a niños llorar de hambre, he visto caer bombas… Y temo por la hija que aún está allí».
CEAR en Euskadi: «Estar en este punto es durísimo»
Desde julio de 2024, un total de 63 niños y niñas con secuelas físicas de los bombardeos o enfermedades han sido evacuados al Estado español en cinco operaciones. Las dos primeras evacuaciones se realizaron en 2024 y trasladaron a un total de 51 personas, de las cuales 18 fueron pacientes.
En 2025 hubo otras tres: una de ellas con 36 personas, trece de las cuales fueron pacientes de oncología exclusivamente; y otras dos que sumaron 150 personas.
Desde CEAR en Euskaldi, la abogada Claudia Gimeno subraya que «la extensión familiar es un derecho que tiene la persona beneficiaria de asilo, en este caso, nuestras usuarias, a quienes se les ha reconocido la protección internacional. El siguiente paso en un procedimiento normal sería acudir a la Embajada de España más cercana para solicitar el visado. Pero los gazatíes no pueden salir de la Franja y no hay ninguna Embajada española en el enclave, y el paso fronterizo de Rafah permanece cerrado. Quienes ya tienen aprobada la extensión no pueden ir hasta la Embajada española en El Cairo para tramitar el visado».
«Por el momento –añade–, las únicas evacuaciones que España está llevando a cabo es para perfiles muy concretos; menores enfermos con problemas oncológicos o mutilaciones severas. En estos momentos tenemos ciudadanos palestinos con el estatuto de refugiado reconocido por España que siguen estando atrapados en Gaza».
Admite que estar en este punto muerto «es durísimo. Es lo más difícil a lo que me he tenido que enfrentar en toda mi carrera y llevo ya muchos años trabajando con perfiles vulnerables. Lo único que nos queda es hacer una labor de contención. Resulta muy frustrante tener que decirles que no tenemos margen de actuación».
Gimeno incide en que «no son peticiones de asilo al uso. Estas mujeres siguen sufriendo día a día. Es cierto que aquí están físicamente a salvo, pero tienen todo allí. Si un día su marido o hijos no les responden, piensan que les han matado; saben que pueden ser los siguientes niños muertos ya no solo por los bombardeos, sino por falta de lo más básico, por hambre, que Israel está usando como arma de guerra. Estamos ante un genocidio», destaca.

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