Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad

Instrumentalización y represión a expensas del pueblo iraní

Irán es un campo de batalla no solo en las calles, sino en las narrativas. Entre la represión del régimen, la amenaza de intervención externa y la promoción de viejas élites monárquicas, el descontento social es moneda de cambio para quienes buscan cambiar de líderes que respondan a sus intereses.

Un hombre junto a los restos de un autobús quemado en la plaza Sadeghieh de Teherán, el 15 de enero de 2026.
Un hombre junto a los restos de un autobús quemado en la plaza Sadeghieh de Teherán, el 15 de enero de 2026. (Atta KENARE | AFP)

La incertidumbre sigue reinando en Irán a pesar de la reapertura del espacio aéreo y de un cierto apaciguamiento en las calles tras 18 días de protestas en los que se estima que miles de personas han perdido la vida.

Después de que Trump hiciera un llamamiento a los «patriotas iraníes» para que siguieran protestando y «tomaran el control de sus instituciones» -algo que en cualquier otro caso se habría calificado como incitación a la rebelión por una fuerza externa-, las aguas han vuelto a calmarse, y tras la mediación de Arabia Saudí y Qatar, EEUU decidió posponer el «inminente» ataque anunciado por el magnate neoyorquino. Lejos de ser descartado en un futuro próximo, el ataque sobre territorio iraní estadounidense puede tratar de remodelar la región de la mano de Israel.

Tras anunciar el pasado 11 de enero que el Ejército de EEUU estaba evaluando «opciones militares muy contundentes» contra el régimen de los ayatollahs, el presidente de EEUU aseguró este miércoles que la matanza de manifestantes estaba «cesando», y que, aun sin descartar una posible intervención militar, aún no atacaría el país persa. Teherán, por su parte, aseguró que «no habría más ahorcamientos», una de las mayores preocupaciones declaradas de EEUU Este mismo jueves, Trump publicó en sus redes que acogía con satisfacción las «buenas noticias» procedentes de Irán tras conocer que un manifestante iraní -se presume que se refería a Erfan Soltani- ya no se enfrentaría a la pena de muerte, tal y como habían informado con anterioridad diversas organizaciones de derechos humanos.

No obstante, el poder judicial iraní negaba que Soltani hubiera sido condenado a muerte en ningún momento.

En los últimos días, no solo países como Gran Bretaña han evacuado al personal diplomático del país, sino que Portugal ha llegado incluso a cerrar su embajada en el país. En paralelo, el apagón comunicativo causado por el cierre de internet cumplió ayer jueves una semana, en un claro intento del régimen de dificultar las interacciones entre los ciudadanos y desincentivar la organización de más manifestaciones y protestas.

Los sucesores del sha

Las tensiones geopolíticas, la inestabilidad interna -en la que, además de protestas contra el régimen, han tenido lugar también concentraciones a favor de este- y una promoción reputacional impulsada por Israel han hecho que viejas figuras monárquicas ocupen el debate como posibles reemplazos del actual régimen iraní.

El nombre propio de Reza Pahlevi, hijo del que fuera sha Mohammad Reza Pahlavi, ha tomado una especial relevancia en las últimas semanas. Ante el aparente debilitamiento reputacional de los ayatollahs, el sucesor «destronado» tras la Revolución Islámica de 1979 trata ahora de llenar ese vacío presentándose como una figura a favor del cambio capaz de liderar una especie de «transición».

En este contexto, Pahlevi ha intensificado su actividad pública: ha lanzado llamamientos a salir a la calle, ha instado al ejército y a las fuerzas de seguridad a ponerse del lado del pueblo y ha presentado su proyecto como una alternativa para derrocar al régimen de Jamenei. Sus mensajes han sido amplificados por la diáspora iraní y por medios occidentales, lo que ha aumentado su visibilidad.

De la misma manera, una investigación del periódico israelí Haaretz publicada el pasado 3 de octubre revelaba cómo Israel había tratado de promocionar y engrandecer la figura de Pahlevi a través de redes con el fin de presentarle como una «oposición legítima» al actual régimen. Así, y apelando al hartazgo social y a una más que obvia necesidad de cambio en el país, tanto herederos de viejos dirigentes igual de autoritarios que los de ahora, como potencias externas responsables de genocidios, tratan ahora de promocionar una «democrática» y «legítima» transición que nada tiene que ver con los intereses de los manifestantes.

Los que protestan

La batalla narrativa entre el «pacificador» que ha conseguido detener ejecuciones y el régimen que solo quiere «detener a los agitadores terroristas» que tratan de subvertir el orden establecido vertebra los movimientos que cada uno de los actores están tratando de mostrar al mundo. Mientras tanto, la población teme el número de muertos que 18 días de protestas han podido dejar tras de sí. Sin información veraz sobre lo que sucede realmente debido al apagón, el régimen dice haber controlado las manifestaciones y conseguido restablecer la calma y el orden en el conjunto del país.

Aun así, la población sigue sin recibir una respuesta a sus reivindicaciones. La instrumentalización del descontento social revela que el sufrimiento de la población sirve tanto al régimen como a quienes aspiran a sustituirlo sin cuestionar las lógicas autoritarias que persisten en el país. Irán es una vez más instrumento y reflejo de las legítimas reivindicaciones sociales de las que los poderes -externos e internos- tratan de beneficiarse y sacar un muy poco legítimo provecho.