
La sesión del Parlamento iraquí prevista para este martes con el objetivo de elegir al presidente de la república fue aplazada sin nueva fecha, después de que los partidos kurdos —de entre cuyas filas debe salir el jefe del Estado— solicitaran posponerla. La decisión se produce en un clima de fuerte incertidumbre marcado por divisiones internas y por la influencia de presiones externas, según informó la propia Cámara.
Aunque el cargo tiene un carácter principalmente simbólico, su elección resulta clave para desbloquear el proceso de formación del nuevo Gobierno tras las elecciones legislativas de noviembre. El Parlamento ya completó la primera fase institucional el pasado 29 de diciembre, al elegir a su presidente y a dos vicepresidentes. El siguiente paso, conforme a la Constitución, es la elección del presidente de la república por parte de los 329 diputados, entre un total de 19 candidatos que cumplen los requisitos legales.
El sistema político iraquí se basa en un delicado reparto de poder sectario y étnico: el puesto de primer ministro corresponde a un chií, la presidencia del Parlamento a un suní y la presidencia de la república a un kurdo.
Tradicionalmente, este último cargo ha recaído en la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), pero en esta ocasión el Partido Democrático del Kurdistán (PDK) disputa la presidencia, reflejando la profunda división entre las dos principales formaciones kurdas. El PDK presenta como candidato a Fuad Husein, actual ministro de Exteriores, mientras que la UPK propone a Nizar Amidi. El actual presidente, Abdelatif Rashid, anunció su retirada de la carrera, lo que redujo el número de aspirantes con opciones reales, aunque no disipó la incertidumbre.
El presidente que resulte elegido será el encargado de designar, en un plazo de quince días, al candidato del bloque parlamentario más numeroso para formar Gobierno. Los resultados electorales otorgaron la mayoría a los partidos chiíes agrupados en el Marco de Coordinación, que suma 187 escaños. Dentro de este bloque destaca la Coalición Estado de Derecho, encabezada por el ex primer ministro Nuri al-Maliki, que obtuvo 29 escaños.
¿Quién es Nuri al-Maliki y por qué vuelve al centro del poder?
El Marco de Coordinación anunció recientemente a Al-Maliki como su candidato para encabezar el nuevo Ejecutivo, una posibilidad que genera inquietud en Estados Unidos. Washington forzó su salida del poder en 2014 tras el colapso de la seguridad y la expansión del grupo Estado Islámico. Durante su mandato, Al-Maliki fue acusado de aplicar políticas sectarias, marginar a la comunidad suní y debilitar las fuerzas armadas, factores que, según numerosos analistas, facilitaron el auge del yihadismo.
Desde entonces, el ex primer ministro ha reforzado sus vínculos con Irán y con las milicias chiíes proiraníes, manteniéndose como una figura clave del islam político chií. Su regreso al centro de la escena se explica por la fragmentación política interna y por un contexto regional cada vez más volátil. Los recientes acontecimientos en Siria y la creciente tensión en torno a Irán han reforzado entre amplios sectores chiíes la sensación de amenaza, favoreciendo la búsqueda de un liderazgo fuerte y experimentado, capaz de garantizar cohesión interna y alineamiento con el llamado “eje de resistencia”, aunque ello suponga reabrir viejas heridas internas y aumentar la fricción con Occidente.
El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, advirtió ayer en una llamada con Al-Sudani a Irak contra la formación de un gobierno proiraní, asegurando que un ejecutivo controlado por Teherán «no puede anteponer con éxito los propios intereses» iraquíes.
Si el kurdo Fuad Hussein es elegido presidente, podría encargar a Al-Maliki la formación de Gobierno en un breve plazo, especialmente si cuenta con el respaldo del líder kurdo Masoud Barzani. A este escenario se suman las presiones cruzadas de Teherán y Washington: Irán aspira a consolidar un aliado en Bagdad, mientras que Estados Unidos intenta frenar la influencia de las milicias proiraníes en mitad de la escalada militar alrededor del país persa. De prolongarse el bloqueo, Irak corre el riesgo de permanecer durante meses sin un poder ejecutivo plenamente operativo.
Su posible retorno al poder, por tanto, no solo reconfiguraría la política interna de Irak, sino que también tendría profundas implicaciones para el equilibrio regional y para las relaciones del país con Estados Unidos y sus aliados.

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