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Una tarde de ilusión que hizo hasta «bailar bajo la lluvia»

Una carpa con capacidad para miles de personas amplió el insuficiente Velódromo. Pero hubiera sido necesaria otra más o, como dijo Otegi, «un palacio de la independencia». A pesar del tiempo de perros, hubo quien hizo cola tres horas y quien aguantó de pie y con paraguas dos.


La primera persona que encontramos en la cola del Velódromo, a resguardo para su suerte, venía de Hendaia y había llegado a las 14.45 porque ese era el mejor horario del Topo. Apuntaba que antes que ella habían venido otras dos personas amigas a las que en ese momento no localizaba. Se trataba dos nonagenarios, con elegantes sombreros, que habían decidido ir a tomarse un café. Llegaron justo a tiempo para la apertura de puertas y, a pesar de que la cola para entonces ya daba la vuelta al estadio de Anoeta, pasaba junto al campo de rugby y casi llegaba hasta el Velódromo –pero por el otro lado–, consiguieron hacerse un hueco justo donde lo habían dejado, en la pole position.

Mientras las primeras personas entraban al recinto, otras admitían como lejanas las posibilidades de ver a Otegi en directo. Algunas familias con niños se retiraban de la cola para refugiarse de las frecuentes trombas de agua entre los recovecos de Anoeta. Otros refunfuñaban: «Mira, yo paso, ya lo veremos en el Teleberri. Es que esto no es normal, ¡si falta casi una hora!», comentaba una cuadrilla de chicos que acababa de llegar.

Y por supuesto no faltaba la mayoría: los que sabían que la mejor opción en su caso era resignarse y hacían cola pacientemente para acceder al menos a la carpa. Esta se fue llenando poco a poco y tímidamente, pero una vez se sentaron las personas de las tres filas de sillas disponibles la gente entró a batalla, en busca de calor humano y una buena vista de la pantalla.

La gran sorpresa

Un micrófono frente a la pantalla daba una pista de lo que estaba a punto de pasar. La lona se abrió y apareció el mismísimo homenajeado, antes de desplazarse al Velódromo. Se oyó una exclamación de sorpresa y automáticamente las miles de personas que allí se reunían (las sentadas, las que estaban de pie y las que sostenían sus paraguas fuera) comenzaron a aplaudir.

A Otegi le bastaron un par de frases para que el frío y la humedad pasaran a segundo plano. De repente, aquellas personas que se habían quedado fuera del Velódromo eran las protagonistas, ellas también iban a ser parte de ese gran momento. «Gracias por haber venido y perdón porque no habéis entrado todos en el Velódromo. Pero estad tranquilos, un día ya organizaremos el Palacio de la Independencia», bromeó. Fue un saludo breve, para dar agradecimientos y ánimos, pero suficiente para desbordar muchas emociones.

El acto comenzó y la gente de la carpa sintió estar dentro. Se lloró, se rió, se gritó... y justo cuando Gatibu comenzó a tocar las primeras notas de “Euritan dantzan” la lluvia arreció. ¿Y qué hicieron los asistentes? Cantar y moverse al son de la música, por supuesto. Hasta los paraguas «bailaban» bajo el aguacero. ¿Qué abrigo tapa la ilusión?