Diez jabatos de Sakana contra la gacela de la sabana
¿Se presentará? ¿No se presentará? Había tensión en Altsasu, deportiva esta vez, pues el reto era de los que hacen historia. Pero Kipchoge no falló, y fiel a su palabra la gacela keniata hacía su entrada en las pistas de atletismo de Dantzaleku poco después del mediodía. Ya estaban sobre el tartán los diez hombres que iban a intentar romper –entre todos, eso sí– el record mundial de maratón establecido por Eliud Kipchoge el pasado octubre en Viena, donde completó el recorrido en menos de dos horas, lo nunca visto en el planeta Tierra: paró el cronómetro en 1:59:40. El desafío altsasuarra se presentaba épico.
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No es fácil definir en parámetros atléticos convencionales el tipo de prueba disputada. Digamos que fue una maratón por relevos, pero no uno de esos 4 por 4 habituales –y por tanto aburridamente previsibles– en las Olimpiadas, sino un 10 por 1. Además, el corredor solitario, dolido sin duda por las críticas llovidas a cuenta de la ayuda externa recibida en Viena, llegó dispuesto a darlo todo, a dejarse la vida. Pero ayuda externa tuvo, y lo más doloroso, provino de un sakandarra.
Como en todo mitin atlético de elite que se precie, en Dantzaleku no hubo saludos ni palmadas. Cada uno iba a lo suyo. De hecho, los diez navarros y el keniata no se cruzaron palabra, ni antes ni después de la heroica confrontación.
En el Olimpo altsasuarra, bajo la escrutadora mirada pétrea de Aralar y Urbasa, a las 15:50 en punto, Kipchoge se lanzó a correr, y lo mismo hizo el primero de los gladiadores navarros, Iñaki Alvaro, que completó a muy buen ritmo su primer relevo de 200 metros. Pasó el testigo a Isidro Asurabarrena, que también cumplió con creces, y así sucesivamente hasta que los diez espigados jabatos de Sakana –Raul Audikana, Mikel Berdud, Axier Estarriaga, Sergio García, Juan Carlos Gómez, Carlos Manero, Iban Sobredo y Antxon Zelaia completaban la armada sakandarra– completaron sus respectivos relevos y por tanto los primeros dos kilómetros de competición.
Si electrizante resultaba el desempeño de los navarros, no menos asombroso lo era el estilo del keniata. Protegidas las manos con guantes –el frío reinante lo exigía– y calzado con zapatillas multicolores, ni en el primer kilómetro, ni en el décimo, ni siquiera en el postrero cuadragésimo segundo, cambió la expresión de su rostro. Se repitió la historia de Viena, cuando unánimemente los observadores hicieron notar que terminó la prueba como si hubiera sacado al perro a pasear.
De criticarle algo, quizá su frialdad para con los aficionados, a los que no firmó ni un solo autógrafo, si bien no puso objeción alguna a que le tomaran todas las fotos que quisieran. De hecho, repasando las notas, compruebo que no puso objeción a nada durante toda la tarde.
A medida que la prueba avanzaba y el cielo se aclaraba tras el mazizo de Urbasa, el ritmo de los guerreros de Sakana fue aumentando casi imperceptiblemente, mientras la gacela –gacela no tiene masculino, que lo he mirado– keniata mantenía una pasmosa regularidad, como si confiara en el hundimiento final de los gladiadores navarros.
Se percibía claramente que el Kipchoge que se ha había presentado en Dantzaleku estaba hecho de otra pasta. «Es que no parece humano» comentaba una señora en el graderío. Sin restarle mérito, no cabe ocultar que la labor de liebre –prodigiosa liebre, la Madre de Todas las Liebres– de Urko Berdud, que le llevó durante dos horas sin relevo alguno, facilitó en gran medida su desempeño. ¿Héroe Urko? ¿Traidor Urko? No le corresponde a este cronista calificar el comportamiento humano, pero se inclina por lo primero.
A media prueba, los atletas de Sakana llevaban catorce segundos exactos de ventaja al de la sabana. Relevo a relevo, iban cayendo los kilómetros, y poco a poco la ventaja se reducía. Y es que Kipchoge, más que correr, se diría que se deslizaba sobre el tartán. En los postreros, agónicos metros finales, finalmente se impuso el esfuerzo titánico de la escuadra navarra, que acabó batiendo por once segundos al estratosférico keniata, que aceptó estoico el desenlace, sin un mal gesto. Ni bueno, a decir verdad.
Honor y gloria, por tanto, a los atletas de Sakana, a Kipchoge, y a los organizadores del magno evento deportivo, que fue sobre ruedas y del que sin duda guardarán imborrable recuerdo las generaciones futuras.
Foto de familia de rigor. (GotzonARANBURU)