El crepúsculo de Rojava
Defraudados por una parte de las tribus árabes con las que habían sellado alianzas y abandonados por las fuerzas de la coalición, los kurdos de Siria asisten impotentes al fin de un ciclo.
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Los Estados no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes». En los últimos días, esta frase del antiguo secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger ha resonado con una fuerza particular en las regiones kurdas de Siria.
Mientras escribimos estas líneas, y después de que el alto el fuego haya sido prorrogado quince días, el noreste del país afronta su mayor desafío en una década. Kobane, como durante el avance del Estado Islámico, se encuentra sitiada. La otra bolsa kurda está en pie de guerra. Y es en Hasaka, ciudad mixta árabe-kurda situada al sur de este segundo bastión, donde podría decidirse el futuro de los kurdos en Siria.
Un giro espectacular que los kurdos no supieron anticipar y cuyo detonante ha sido una doble traición: la de una parte de los combatientes árabes de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), y la de Estados Unidos.
Cambio de alianzas
Todo empezó el 4 de enero, durante una reunión destinada a fijar las modalidades de integración de las FDS en el Ejército sirio. Las conversaciones entre la delegación kurda y el Gobierno de Ahmed al-Sharaa se interrumpieron bruscamente.
Según los responsables kurdos, se estaba cerca de un acuerdo: la creación de divisiones kurdas integradas de manera colectiva, unidades «antiterroristas», brigadas femeninas y fuerzas de vigilancia fronteriza. Pero, inesperadamente, el ministro del Interior, Asaad al-Shaibani, irrumpió en la sala y dio por terminados los debates. Todo indica que bajo presión directa de Turquía.
A partir de ahí, la secuencia adquirió tintes de pesadilla. Mientras los grupos proturcos, bajo cobertura gubernamental, intentaban arrastrar a los kurdos a combates urbanos en los barrios kurdos de Alepo - algo que las FDS rehusaron, optando por retirarse-, las tribus árabes del noreste, que se habían aliado con los kurdos durante la reconquista de territorios al Estado Islámico, comenzaron a alinearse, una tras otra, con el nuevo poder.
Una dinámica inscrita, además, en un contexto ya de por sí tenso: formadas en materia de seguridad por soldados estadounidenses, las FDS han ejercido durante estos últimos años una gobernanza cuando menos autoritaria en el noreste sirio. Último ejemplo: la prohibición de celebrar el primer aniversario de la llegada al poder de Al-Sharaa en el territorio autónomo, que terminó de sellar un divorcio que ya parecía consumado.
Las consecuencias fueron inmediatas: la mayoría de los combatientes árabes de las FDS desertaron. De Deir ez-Zor a Raqqa, pasando por al-Shaddadi, las fuerzas kurdas se enfrentan ahora a una insurrección desde dentro.
Durante años, la custodia de 9.000 prisioneros del Estado Islámico y de más de 20.000 familiares en los campamentos había sido vista por los dirigentes kurdos como una garantía de supervivencia política. Ilusión efímera. Washington no tardó en dar el golpe final, dejando avanzar a las tropas gubernamentales hacia el norte, pese a la liberación documentada de centenares de yihadistas.
Un abandono concertado entre Turquía, Israel y Estados Unidos, que han reconocido haber cambiado de socio en Siria, con todas las contradicciones que ello plantea en materia de «lucha antiterrorista». Donald Trump logró satisfacer a Ankara, a Al-Sharaa y a Israel imponiendo un reparto de facto del país: una esfera de influencia meridional para Israel, en zonas drusas, y otra septentrional para Turquía.
En apenas un año, y pese a las dos masacres cometidas por sus fuerzas contra minorías alauíes y drusas, Al-Sharaa ha logrado invertir los equilibrios diplomáticos y presentarse como «baluarte contra el terrorismo».
Las YPG, convencidos de que su alianza con Estados Unidos era inamovible, no supieron anticipar el giro. Una traición más en la larga historia del pueblo kurdo. Una nueva prueba de que la confianza ciega suele ser más peligrosa que el enemigo declarado.
El noreste, atrapado
Hoy, cualquier salida favorable a los kurdos roza la ciencia ficción. Las negociaciones están bloqueadas. Fortalecido por el nuevo equilibrio de fuerzas, Al-Sharaa se ha convertido en un negociador maximalista que exige la rendición de facto de las fuerzas kurdas y el abandono de todo proyecto de autonomía. A cambio, apenas quedaría el derecho a celebrar el Año Nuevo y a hablar su lengua.
Mientras la maquinaria mediática del régimen y de sus aliados - en especial Turquía y Arabia Saudí- demoniza sin descanso a las FDS, las fuerzas kurdas están, literal y políticamente, entre la espada y la pared.
Cercadas, adosadas a la frontera turca, se exponen a una ofensiva mayor desde el sur. Sus cientos de kilómetros de túneles, excavados para resistir una hipotética invasión turca, sirven ahora de poco: el enemigo no viene del norte.
El dilema estratégico es brutal: aceptar una rendición negociada con la esperanza de proteger a la población civil o apostar por una confrontación prolongada para intentar forzar una revisión de la posición de Damasco y preservar un poco de autonomia en el plano politico y militar.
Una situación catastrófica que ha conmovido al conjunto del pueblo kurdo. Mientras cientos de civiles han logrado cruzar la frontera para acudir en ayuda de los suyos, unidades de élite del Kurdistán iraquí han llegado a la zona. Difícil que sea suficiente para invertir el curso de los acontecimientos.
El pueblo kurdo sigue estructurado como un actor no estatal rodeado de Estados. Y su apuesta por un confederalismo multiétnico e igualitario ha quedado ya atrás. Irremediablemente.