Eztabaidan

 

¿Cómo combatir la pobreza y la exclusión?
Cada vez son más las personas y familias que padecen este drama
Con los pobres contra la pobreza
Eguneratua 2016/06/14 12:04
Xabier Andonegi Mendizabal  Consejero delegado de Caritas Gipuzkoa

Durante muchos años se nos ha insistido que la pobreza era un fenómeno residual; que bastaba dar tiempo al tiempo para que desapareciera. Se nos decía, además, que todo lo que había que hacer era seguir aumentando el tamaño de la tarta, sin necesidad de políticas redistributivas. Mientras tanto, se procuraba mantener extramuros a los pobres. Pero ocurre que en estos últimos años todos hemos podido comprobar que la pobreza, lejos de disminuir, se ha ido extendiendo y, a la pobreza clásica (jubilados, discapacitados, enfermos crónicos, etc.), se han añadido ahora las ‘nuevas pobrezas’ surgidas de la crisis económica.

Los ‘nuevos pobres’ surgieron como consecuencia de la interrelación de tres factores: la crisis económica, la crisis del Estado de Bienestar y la crisis de valores. Además los tres factores se realimentan dando lugar a un círculo vicioso. Con la crisis económica han surgido dos fenómenos fundamentales: los parados y los trabajadores sumergidos. Los datos del paro son conocidos y preocupantes, sobre todo de cara al futuro de los jóvenes y las mujeres. Son los colectivos más penalizados. Se habla incluso de una ‘feminización de la pobreza’. Hay quien habló incluso de ‘un tercer mundo en pleno corazón de Europa’. En cuanto a la economía sumergida, hay que decir que es la otra consecuencia de la crisis económica. Estos trabajadores han perdido todos sus derechos y las conquistas históricas de la lucha obrera, quedando a la intemperie y al abrigo de la beneficencia. Aquí también están situados muchos inmigrantes extranjeros que no tienen papeles y son rechazados por la Ley de Extranjería y la opinión pública general.

En cuando a la crisis del Estado de Bienestar, esa gran conquista social europea, tiene que enfrentarse actualmente a un problema financiero de difícil solución. Cada vez son menos los colectivos que cotizamos y son más los que necesitarían beneficiarse de sus prestaciones. Además tienen que afrontar el reto ideológico de los neoliberales, cada día más influyentes. Esta situación agrava todavía más la situación de los colectivos carenciales. Y la crisis de valores también afecta a este problema. Con ella habría que relacionar el incremento de las conductas asociales, como la prostitución, la delincuencia y ciertas drogodependencias. Los datos son clamorosos, algunos más ocultos que otros, pero ahí están. El hecho es que los tres factores se interrelacionan dando lugar a un círculo vicioso que parece infernal y sin salida. ¿Podemos avanzar con realismo y eficiencia, en este contexto? Creo que sí, pero debemos unir la justicia y la caridad.

Necesitamos una concepción dinámica de la justicia que reconozca los derechos de aquellos a quienes hasta el presente les habían negado. No es suficiente con hablar de la justicia como ese ‘dar a cada uno lo suyo’, que es lo habitual desde hace siglos, sino que deberíamos volver a la tradición bíblica clásica de la justicia como lo que es recto, firme y sólido. Dicho de otra manera, ‘ser conforme a lo que debe ser’. Por tanto, se trata de dar a todos la posibilidad de ser personas.  A esto hay quien le denominó en su tiempo ‘justicia social’ (Rosmini 1844), reivindicando así un orden justo no existente todavía. Se refiere a la voluntad no solo de los individuos sino de la sociedad en términos de estructuras nuevas, en base a lo que cada uno debería de tener para ser completamente persona. La justicia nunca será una cosa hecha, acabada, perfecta, sino un devenir.

Aquí se inserta claramente la caridad. Sí, es una palabra maldita, desprestigiada, con muy mala imagen, degradada pero imprescindible por su larga y potente historia. La caridad no tiene nada que ver con la limosna, con el salir del paso, con tranquilizar la conciencia, sino que  indica un amor oblativo que no mira solo a los suyos sino a todos, es universal necesariamente y cuya única medida es darse sin medida. La caridad bien entendida ha ido por delante de los propios derechos humanos llamados ‘sociales’, abriéndoles camino. Tenemos muchos ejemplos al respecto ya sea desde los hospitales, hospicios, leproserías, cárceles, escuelas… y cientos de congregaciones y grupos comprometidos en este empeño. ¿Por qué contraponerla con la justicia? Se puede decir, como Aristóteles, que la justicia no es otra cosa que ‘las exigencias codificadas de la caridad’.  El salto está en la codificación, lo cual no es en absoluto superfluo.  El reconocimiento legal es clave, ciertamente.

¿Qué es lo que tengo contra el amor?, se preguntaba Renouvier, y respondía: «Simplemente que no es una regla y que no puede ser, en principio, una obligación». La diferencia está entre ley y conciencia y hay que seguir manteniéndola por salud mental y moral, pero es cierto que la experiencia dice que las leyes civiles suelen ser más obedecidas que las de la conciencia y, por tanto, conviene dar un reconocimiento jurídico a los derechos humanos. En todo caso la caridad no debería de perder nunca esa misión de pionera de la justicia. Así lo entiende la Iglesia y su doctrina pontificia (Pio XII) desde hace años: «La caridad para ser verdadera debe tener siempre en cuenta la justicia a instaurar y no contentarse con paliar los desórdenes y las insuficiencias e una condición injusta».  Alfredo Fierro lo formuló así: «El amor suple de momento la falta de justicia, pero sin renunciar a ella».

Diríamos que hay como dos caminos para el amor convertido en justicia, y la caridad tiene que explorar ambos. Una en base a las relaciones ‘corta’, de persona a persona, y la otra también en unas relaciones ‘largas’ que afrontan las desgracias colectivas haciendo bien a muchos individuos a la vez. Nuestras obras de asistencia y promoción son personales, afectan a cada persona. Las obras colectivas son más políticas, la justicia aquí se manifiesta en una acción global. Pero la caridad en sentido cristiano tiene sus mediaciones y todas le son propias (la asistencial y la política). No puede reducirse a lo individual que, por desgracia, es lo que habitualmente ha ocurrido y, si hoy muchos han devaluado la palabra ‘caridad’, es porque la hemos identificado con una sola de sus mediaciones: la limosna. La cosa es clara, la acción asistencial es una cura de urgencia ante las desgracias que no admiten demora, pero la caridad cristiano no puede desentenderse de las estructuras sociales y la organización política, si bien no le corresponde directamente ejercer ninguna política particular, dejando ello en manos de los correspondientes políticos y organismos civiles.

La caridad bien entendida ha ido por delante de los propios derechos humanos llamados ‘sociales’, abriéndoles camino