Eztabaidan

 

Un modelo sindical para el futuro
Protagonista principal en la evolución social y política de Euskal Herria, el sindicalismo vasco se encuentra ante nuevos retos, en un momento de dura ofensiva del neoliberalismo y, al mismo tiempo, de oportunidades para abrir nuevos escenarios.
Alianzas, recuperando poder de clase
Eguneratua 2016/06/14 12:03
Rafa Díez Usabiaga Ex secretario general de LAB desde la prisión de El Dueso

No es fácil abordar un tema de semejante profundidad en un artículo de esta dimensión, pero intentaré, al menos, situar claves en el diagnóstico y algunas referencias básicas en la necesaria adaptación del sindicalismo en la cambiante confrontación capital-trabajo.

Diagnóstico

En relación al diagnóstico hay una frase de Zizek que resume a grandes rasgos las tendencias de los últimos años: «La lucha de clases es una batalla por la plusvalía, y el neoliberalismo está anulando todos los instrumentos de los trabajadores para luchar por la misma».

La caída del bloque socialista soviético acentúa la ofensiva neoliberal con un progresivo saqueo al ‘contrato social’ establecido tras la Segunda Guerra Mundial ante el empuje y la lucha de las organizaciones sindicales y políticas. Desaparecido el modelo alternativo como referencia ideológica y empírica, el sistema capitalista desarrolla, desde la instrumentalización del poder político, una estrategia para debilitar y anular la capacidad contractual de la ‘fuerza de trabajo’ y el sujeto de organización colectiva, el sindicalismo. Son medidas barnizadas con hipócritas referencias a necesarias ‘reformas estructurales’, que van aumentando el poder de clase de la Patronal rompiendo los equilibrios (derechos) conquistados y regulados en la arquitectura jurídica del Estado del Bienestar en el terreno sociolaboral. Tres líneas de actuación caracterizan ese proceso de reformas:

a) Fragmentación del sujeto de clase. La atomización del sujeto de clase persigue debilitar la fuerza reivindicativa del colectivo intentando enfrentar intereses en el marco de un mismo ámbito (empresa, sector). La precariedad contractual y salarial, la externalización de actividades, la privatización de servicios… dificulta la acción colectiva del sindicalismo favoreciendo la devaluación de la fuerza de trabajo y aumentando el poder contractual de la Patronal.
b) Las sucesivas modificaciones legislativas por el ‘turnismo’ político en el Estado español han supuesto una gran transferencia de poder contractual a la Patronal, tanto en la contratación como en la organización del trabajo y extinción de la actividad laboral. Es decir, la Patronal dispone de un ‘bazar’ legislativo para contratar, tiene una capacidad arbitraria para modificar cuestiones sustanciales en la organización del trabajo (flexibilidad, sistemas de trabajo…) y finalmente le han proporcionado herramientas legales múltiples para despidos individuales y colectivos sin prácticamente entorpecimiento administrativo.
Es decir, mientras a la Patronal le conceden poder para condicionar las relaciones laborales (devaluar fuerza de trabajo aumentando la plusvalía) a los trabajadores y sindicalismo nos quitan derechos e instrumentos para luchar por un empleo de calidad en derechos y salarios. La Reforma de la Negociación Colectiva ha sido el último golpe para condicionar la acción sindical y permite a la Patronal la imposición de sus políticas laborales y salariales con la ayuda del sindicalismo de concertación.
c) Los recortes sociales, privatizaciones o el modelo de fiscalidad han ido aumentando el desequilibrio en el reparto de la riqueza y dimensionando un espectro social en pobreza y exclusión. Tenemos que tener muy claro que una determinada política fiscal o una reducción de servicios sociales afectan a nuestro poder adquisitivo con el Gobierno de turno haciendo de ‘Patronal’. Por eso, la unión del sindicalismo de clase no puede quedarse encerrada en el marco de la empresa, comunidad básica de confrontación capital-trabajo, sino que tiene que asumir un protagonismo activo en torno a las medidas económicas y sociales exigiendo interlocución y planteando alternativas.

Esta triple orientación ha sido desarrollada e ideológicamente avalada tanto por la derecha clásica como por una socialdemocracia convertida en alternativa ‘light’ del neoliberalismo. Ha sido pues la acción de los diferentes gobiernos del Estado en ausencia de un Marco Vasco de Relaciones Laborales la que ha ido modificando las ‘reglas de juego’ dando a la Patronal una enorme capacidad de condicionamiento arbitrario de las relaciones laborales y, paralelamente, socavando la acción del sindicalismo en defensa de los derechos e intereses de las trabajadoras/es.

Este escenario ha ido consolidándose, así mismo, con la colaboración de un sindicalismo de concertación que, además de ‘desarmar’ ideológicamente a los trabajadores, ha ido convirtiéndose en una parte más del sistema institucional (financiación), perdiendo autonomía e incidencia como agente social. Una financiación e institucionalización que le ha llevado a situaciones de corrupción convertidas en filón mediático contra el sindicalismo en su globalidad.

¿Hacia dónde?

Esta es la pregunta que nos hacemos desde el sindicalismo, conscientes de la profundidad y dimensión de los cambios que nos están afectando. Hay que remarcar, eso sí, que no hay recetas milagrosas y que lo fundamental es ensamblar adecuadamente una estrategia de recuperación de poder de clase tanto en la empresa como en las correlaciones político-económicas, cuestión básica para reconducir la degradación de las condiciones y derechos del conjunto de la clase trabajadora.

En el marco de la empresa, desde la organización y el impulso de la fuerza colectiva, la disputa de rentas, derechos y condiciones laborales tiene que integrar a todos los trabajadores con independencia de su situación contractual, evitando corporativismo reivindicativos o confrontación de intereses. Una acción sindical planificada, trabajada con participación de los propios trabajadores, definida en objetivos e impulsada por un motor imprescindible de lucha y confrontación. Esta intervención básica debe complementarse con la presencia en la sociedad con propuestas económicas, fiscales y socioeconómicas que le sitúen como un agente activo y determinante para una transformación social en beneficio de la mayoría social trabajadora. La lucha sindical, pues, tiene que integrarse en la lucha por un cambio social, en el marco de una estrategia de construcción nacional.

Es decir, un sindicalismo como referencia de todos los colectivos que conforman el sujeto de clase, respondiendo en el centro de trabajo y en la sociedad a sus reivindicaciones e intereses y presentando alternativas por el cambio político y social indefectiblemente ligado a la evolución de las correlaciones de fuerzas institucionales y sociales. En este sentido, el sindicalismo no puede resignarse a una posición de ‘contraponer’ permanente, sino que tiene que ser copartícipe, con autonomía propia, de un espacio político y social comprometido por una recuperación de poder político y económico, como elemento indispensable para avanzar en modelo económico donde los derechos sociolaborales y el reparto de la riqueza sean garantizados.

El sindicalismo no puede, pues, ser un agente ‘neutral’, aunque eso no conlleve en absoluto una concepción de ‘correa de transmisión’ clásica. Desde la autonomía organizativa tiene que articular alianzas sociales y políticas sobre propuestas básicas para esa recuperación de poder político y derechos sociolaborales.

En coherencia con el enorme reto al que nos enfrentamos, ese sindicalismo de clase comprometido por la transformación del modelo económico y sociolaboral debe afianzar en su seno alianzas sólidas que refuercen la posición reivindicativa y de lucha tanto en las empresas como en la sociedad. En nuestro caso, y en el contexto político relevante en el que nos encontramos, la articulación de una alianza de carácter estratégico entre ELA y LAB, soportada en un plan de acción sindical, una propuesta socioeconómica (Carta Social) encarnada en una estrategia soberanista e instrumentos de gestión conjuntos, daría al sindicalismo abertzale una gran fuerza contractual en las empresas y mayor influencia en sus propuestas económicas y sociolaborales.

Así son, pues, tiempos de acumulación de fuerzas en torno a objetivos económicos y sociolaborales que, integrados en una estrategia soberanista para Euskal Herria, permitan revertir las tendencias que el neoliberalismo viene desarrollando.

El sindicalismo no puede, pues, ser un agente ‘neutral’, aunque eso no conlleve en absoluto una concepción de ‘correa de transmisión’ clásica. Desde la autonomía organizativa tiene que articular alianzas sociales y políticas sobre propuestas básicas para esa recuperación de poder político y derechos sociolaborales