La doble vocación de un joven médico y cineasta

La ópera prima de Thomas Lilti “Les yeux bandés” (2007) no tuvo una buena recepción, todo lo contrario que su exitoso segundo largometraje “Hippocrate”, ganador de un Premio César para Reda Kateb como Mejor Actor Secundario. Es el tono autobiográfico que emplea el cineasta treintañero el que ha facilitado la conexión con el público, al describir su experiencia personal como joven médico destinado a un hospital público lleno de problemas.
Su alter ego en la pantalla es Vincent Lacoste, que hace las veces de novato señalado por sus compañeros como «hijo de», al iniciar sus prácticas en el mismo centro hospitalario donde ejerce la medicina su padre. Esa es la primera prueba que deberá superar para ganarse la confianza del resto de la profesión, y a la que seguirán muchas otras, a cada cual más dura y susceptible de poner a prueba su verdadera vocación.
La medicina exige una dedicación a los demás que no todos los que la ejercen son capaces de desarrollar, y esa condición vital la definió a la perfección el maestro Michel Deville en “La maladie de Sachs” (1999), doble y merecidamente premiada en Donostia. Si en “Hippocrate” no está plasmada de forma tan ejemplarizante se debe a que aquí no se da el retrato excepcional de un médico rural como el interpretado por Albert Dupontel, sino que el protagonismo recae sobre un principiante que necesita de la ayuda de sus colegas más expertos. Y la principal referencia para su aprendizaje la encuentra en el doctor inmigrante, que demuestra poseer una mayor sensibilidad para el servicio al prójimo.
Hay aspectos sociales de la medicina, no obstante, que están bien dibujados. La negligencia médica que comete el chico plantea todo un dilema moral, por deberse en parte a la falta de medios asistenciales. Lo mismo que la reanimación terminal practicada a una persona anciana sin esperanza de vida, aumentando su sufrimiento.

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