La ociosa fidelidad a un estilo de música de baile

No todo el material autobiográfico que nutre el cine de autor europeo tiene por qué ser de interés general, y todavía un año después de su presentación en Donostia, me pregunto si el tema localista y pretérito que aborda “Edén” merece más de dos larguísimas horas de dedicación en la pantalla. Si la película se me hace tan eterna como su propio título es debido a que Mia Hansen-Love no consigue despertar mi curiosidad por un efímero estilo musical ligado a la pista de baile, ni por los hijos de la burguesía ociosa que se lamentan de no haber convertido su pasión en un profesión. Al final todas las generaciones van a ser generaciones perdidas, y también va a resultar que perdedores hay hasta entre la gente bien.
Sofía Coppola sí sabe reflejar los mecanismos internos de la juventud nacida dentro de la sociedad del bienestar, que se siente como parte del decorado porque su vida está vacía. Y lo hace tan bien gracias a que entiende su lado decadente, del mismo modo que el maestro Visconti comprendía a la aristocracia agonizante y nos revelaba sus interioridades. Aburrirse, o no encontrar alicientes en lo que haces, no es necesariamente síntoma de ser un tipo “cool”, por mucho que la figura del DJ haya sido elevada a una categoría que no le corresponde, en cuanto que en realidad se trata de un mero reproductor, o como mucho remezclador, de creaciones ajenas. Se me escapa el poder que se le concede a hacer que la gente se mueva al son de una música ya de por si rítmica y bailable, con el añadido de los trucos y efectos sonoros que la electrónica permite.
El protagonista, alter ego del hermano de la realizadora, defiende su genuina filiación de especialista en “garage house”, mientras contempla cómo triunfan Daft Punk. Sin embargo, el éxito de sus coetáneos no le hace renunciar a su etiqueta. Se olvida del detalle que ellos sí son unos genios en lo suyo.
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