DEFENSORES DE LOS DERECHOS HUMANOS EN LAS FRONTERAS
El lugar elegido por SOS Racismo, la sede de Donostia 2016, es especial. La ocasión lo merece: Helena Maleno (Tánger), José Palazón (Melilla), Gabriela Morales (México) y Valeria Castorina (Sicilia) narran en primera persona su labor como activistas en las fronteras.

Son las siete de la tarde y los asientos formados por palés en el original espacio de Donostia 2016 se van llenando para escuchar unos testimonios que no tienen eco en los grandes medios. Según datos de SOS Racismo, 3.500 personas murieron intentando llegar a la Unión Europea en 2014, y ya son más de 2.000 las que han perdido la vida en lo que va de año cuando buscaban un mundo mejor.
«Todo un arsenal de dispositivos militares, que ha costado 13.000 millones desde 2000, trata de cerrarles el camino en una guerra contra un enemigo que se inventa y que no trata de atacar, sino de ser acogido», explican los portavoces de la organización, antes de dar la palabra a los defensores de los derechos humanos en las fronteras.
Al vivir las difíciles situaciones en primera persona, no están por la labor de callarse y las charlas se alargan hasta el cierre de la sede, a las 21.30. La pena es que no haya tiempo para el debate. Tal vez otro día...
Helena Maleno, Tánger
La primera activista en hablar, Helena Maleno, que ha venido desde Tánger, admite que está «tremendamente cansada» ya que están soportando una violencia que no habían sufrido desde 2005, no solo los migrantes, también los acompañantes en ese proceso.
La representante de Ca-minando Fronteras empieza recordando el brutal ataque de la Guardia Civil en febrero de 2014 en Ceuta, contra un grupo de inmigrantes que intentaba alcanzar la costa española. La cifra oficial de muertes es 15, pero los supervivientes hablan de 80. Hace referencia al archivo del caso de los guardias civiles de El Tarajal y al auto en el que «se justifica su actuación». «Los familiares de los muertos son muy pobres y muy negros y, por eso, no pueden acceder a la Justicia. Pero quieren saber cómo murieron sus hijos».
Indica que disponen de un equipo de salvamento marítimo, pero que con la operación Fróntex tienen las manos atadas. «Una patera puede estar horas a la deriva sin que nadie vaya a buscarla. Ese es el día a día».
Explica que, al pasar al «discurso del conflicto, ya podemos justificar el dispararles y dejarlos morir en el agua. Es un discurso que va calando poco a poco en la sociedad española y que se va convirtiendo en verdad». Añade que las fronteras cosifican a las personas y pone como ejemplo la trata de mujeres. «Europa sí que necesita esclavas para el consumo sexual y ellas sí que pueden pasar. También quiere consumir menores. La trata se ha convertido en el crimen más lucrativo después del tráfico de armas».
Maleno censura también el discurso de «pobres migrantes» y «mafias» y aclara que «son una ciudadanía migrante que se autoorganiza intentando sobrevivir». Ellas apoyan esa autoorganización trabajando de forma transnacional. Por ejemplo, cuando trabajan con víctimas de la trata viajan al país de origen para ver cuál es el proceso social que hace que se salga del país. Por el ejemplo, en Nigeria asumen la trata como un «sacrificio necesario para la riqueza».
Hace hincapié en la «soledad social, política, moral y jurídica» que viven muchas personas «sin nombre, cara ni identidad reconocida», en la ausencia de protección, en la dificultad de denunciar, en la falta de recursos y acceso a la salud, educación y trabajo. «Hay que reintegrar a las personas en sus derechos fundamentales», reivindica.
José Palazón, Melilla
Así como Maleno vive la situación “al otro lado” de la valla, el activista de Prodein en Melilla defiende los derechos humanos en un contexto hostil “a este lado”. «En el trayecto, el migrante piensa que al llegar a Europa su vida va a cambiar. Pero no es así; la violencia se prolonga, justificada con una sarta de mentiras: que era una invasión, que eran violentos... Nuestro trabajo es desmontar muchas mentiras y contar muchas verdades que no se cuentan en los medios oficiales», apunta Palazón.
Recuerda que filmaron las primeras imágenes de las «devoluciones en caliente» con mucha dificultad. «En ellas aparecen militares españoles infringiendo absolutamente la ley. Todo esto empezó a salir y la reacción del ministro del Interior del Gobierno español fue decir: ‘Sí, lo hacemos, ¿y qué?’. Terminaron legalizando lo que no se puede legalizar: las violaciones de derechos humanos».
«Son cosas difíciles de explicar y de contar», admite. Por ello, antes de seguir hablando, muestra «un trocito de frontera» a través de un vídeo. En él se escucha a los migrantes suplicar encima de la valla, mientras que abajo, a este lado, un grupo, ajeno a su dolor, juega tranquilamente al golf. Se ve a la Guardia Civil echando a la gente abajo a golpes, apartándose cuando alguien cae para que vaya contra el suelo, trasladando a los heridos en volandas...
Pero la peor violencia, en opinión de Palazón, es no preguntarles quiénes son. Así no pueden pedir asilo. «Que sean menores o no, no importa. No son personas y les puede pasar cualquier cosa. La valla se convierte en un agujero negro. Se han tenido que archivar las querellas contra el coronel porque el juez no puede obtener pruebas. Las personas no pueden ir a declarar».
Las cosas cambian a finales de 2014. Debido al despliegue de soldados marroquíes y las redadas en los campamentos los migrantes deben ir retirándose. «Hemos resuelto el problema de los migrantes en Melilla», se jacta el Gobierno español. Pero el activista aclara que no es así. «Solo han logrado que se desplacen a Tánger y a otros lugares».
Ha indicado que, mientras se hablaba de la valla, 6.500 sirios y palestinos han entrado a Europa «por la puerta oficial, de 50 metros de ancho», pagando 3.000 euros por cabeza. «El ministro de Interior presume de la oficina de asilo que abrió en setiembre de 2014. Pero ¿sabéis a cuántos negros han atendido?». La respuesta es ninguno.
Gabriela Morales, México
La representante del centro Fray Matías de Córdova, en Chiapas, habla de la crisis de derechos humanos que se vive en su país, resaltando las desapariciones forzadas, las ejecuciones extrajudiciales y la tortura. «Nos hacen falta verdades –afirma–. La falta de acceso a la Justicia crea la impunidad».
Menciona la militarización de la seguridad ciudadana, el uso de la violencia y el crimen organizado que corrompe a los gobiernos. Apunta que los estados de la frontera norte son sumamente violentos y que en la frontera sur, que es muy porosa por la propia naturaleza, la militarización se ha legalizado ligándola al desarrollo. Añade que en las desapariciones forzosas la peor parte se llevan los migrantes por las rutas peligrosas que hay.
Explica que la política migratoria es cada vez más restrictiva y que está cada vez más militarizada y defiende que esa no es la solución. Añade que la política migratoria depende también de EEUU. «Les conviene tenernos en un caos».
«Una se cansa cuando el contexto es tan adverso, pero hay que presentar las cosas con la dignidad de las personas. No estamos pidiendo recursos, ni dinero, sino que haya apoyo y solidaridad, que pueda haber un cuestionamiento del gobierno, que no se deshumanice el tema, porque la crisis real humanitaria no se visibiliza. Al querer oír solo cifras, perdemos el sentido del trabajo. Para dar una solución, tal y como ha indicado Helena Maleno, hay que saber quiénes son las personas migrantes y de qué vienen huyendo».
Subraya la importancia de saber qué es lo que pasa y de ponerle nombre. Si no, «pasa una masacre, luego otra... Es tan atroz que nuestra memoria va desechando».
Valeria Castorina, Sicilia
El Colectivo Antirracista de Catania es una red de activistas presentes a la llegada de los barcos a puertos y, después, en las estructuras en las que se encierra a los migrantes. También en los barrios donde se refugian los que han conseguido escapar.
Informan y denuncian las injusticias de los centros, que primero se llamaban CTT y luego CIE («más sincero–dice la activista– Centro de Identificación y Expulsión»). En 2012-2013, trataron de detener los vuelos que llevaron a los migrantes de vuelta a Tunisia, Marruecos o Egipto.
«Muchas veces hemos ayudado a las personas a escapar tomando nuestras responsabilidades frente a la ley», declara. Recuerda que cuando 7.000 inmigrantes llegaron a Lampedusa, una isla de 6.000 habitantes, muchos chavales fueron trasladados a Catania y olvidados en centros que no cumplían las condiciones sanitarias y educativas adecuadas. Muchos escaparon al norte de Italia y de Europa; y con los que se quedaron los activistas construyeron relaciones que perduran hasta hoy. «Intentamos actuar como tutores y como red de inclusión, con la responsabilidad de ser un punto firme de referencia para ellos, que no tenían familia ni otra relación en el extranjero».
Desde 2013 Sicilia se enfrenta a llegadas masivas de migrantes sirios a sus costas. Son familias enteras huyendo de la guerra que llegan a las playas de turistas. La gente se echa al agua a ayudar.
El Cara de Mineo, a 50 kilómetros de Catania, es el centro de referencia y solicitud de asilo más grande de Europa. Ha llegado a albergar a más de 5.000 personas, en palabras de Amnistía Internacional, «al límite de la dignidad humana».
En la noche del pasado 18 de abril un barco se volcó en aguas libias. Solo fueron rescatados 28 personas de las 850 que iban a bordo. Es la tragedia más grande del Mediterráneo.
La UE ha reforzado la distinción entre refugiados y migrantes voluntarios, creando los hotspots. Cinco de los seis que se implantarán estarán en Sicilia. Castorica señala que, como los CIE, serán modernos campos de concentración donde se aplicará una suspensión de derechos. A la espera de los hotspots, en Sicilia se practican expulsiones colectivas.
El Colectivo Antirracista de Catania se echa a la calle a manifestarse con ellos, pensando que es la mejor manera de lucha.

«Gizarte aldaketa handi bat» eskatu du euskararen komunitateak

ASKE TOMA EL TESTIGO DEL HATORTXU EN ATARRABIA

Un ertzaina fue jefe de Seguridad de Osakidetza con documentación falsa

Un esquiador de Irun, entre los tres fallecidos por un alud en Panticosa
