Cuando el árbitro pita el final del partido la vida sigue

Si el fútbol es el mayor espectáculo del mundo se debe a que en él lo incierto y lo inesperado pueden siempre con las reglas establecidas del juego, tanto para bien como para mal. Aunque es cierto que la magia de un genio del balón como Neymar es capaz de cambiar cualquier posible pronóstico en unos segundos, los reveses del destino también a veces rompen las ilusiones de millones de aficionados. Cuando Neymar se lesiona en el Mundial del 2014 “la canarinha” se viene abajo, y el histórico 1-7 que le endosó la Alemania de Joachim Löw dejó a la torcida brasileira moralmente hundida. Brasil ya no es lo que era en el deporte rey, pero tiene a un jugador que nos ha hecho creer de nuevo en que “o futebol” es algo distinto y tiene otro ritmo.
La filosofía y los sentimientos que se derivan de un simple entretenimiento pelotero los ha captado como nadie en el cine el documentalista de origen brasileño Sergio Oksman, aclamado por su original ópera prima en el festival de Locarno. Es una docuficción autobiográfica, que refleja su vida como viajero que deja atrás a su país y a su familia. Afincado en Madrid desde 1999, hizo sin embargo sus estudios de cine en Nueva York. En la parte argumental de “O futebol” regresa a Sao Paulo tras veinte años de ausencia, para reencontrarse con su padre. A fin de romper la distancia y el tiempo que les han separado se sirven de la excusa del mundial, pues quedan en seguir juntos los partidos durante el mes que marca el calendario de la competición.
Lo que ya conocimos a través de la televisión en todo el mundo queda fuera de campo, porque lo que importa es la relación paternofilial, hecha de largos silencios interrumpidos por el eco lejano de la masa que vocifera en el estadio paulista. Y como pasa sobre el césped marcado de cal todo resulta imprevisible, sorprendiendo incluso al propio cineasta que había querido hacer una meticulosa planificación vital del rodaje.

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