Jon Odriozola
Periodista
JO PUNTUA

La voz de su amo

Nunca estuvo uno cierto de si es periodista –como pone ahí abajo– o un «comunicador». Debe de haber, por lo visto, alguna diferencia, pero no me fuercen a establecerlas: no las sé. «Informar», etimológicamente, viene a ser dar forma a lo que es informe, esto es, lo que no tiene forma (por ejemplo, la «opinión pública»). Y «comunicar» vendría de comunio dizque compartir (un telediario «informa» –o desinforma– verticalmente e Iñaki Gabilondo, digamos, «comunica» horizontalmente en estas geometrías variables).

¿Hay intrusismo en la profesión del periodismo –Gabilondo o José María García, verbigracia, no tenían carné–? Estrictamente, sí. ¿Es necesario tenerlo –o el título– para ejercer de tal? No lo pienso, aunque esté tentado de decir lo contrario viendo la fauna e hierofanía que pulula por los mal llamados «medios de comunicación», que son, en realidad, medios de difusión, y producen vergüenza ajena. Luego está el hibridismo que «crea» opinión pública (y publicada: comunicadores) y la que la reproduce «informando/ conformando/ desinformando».

Una profesión esta cada vez más innoble (salvo honrosas excepciones) y, sin embargo, fue el franquismo quien más persiguió el intrusismo en este otrora gremio. El carnet de periodista fue un invento de la Italia fascista, que los repartía, obviamente, más a diestro que siniestro, a los adictos. Los que carecían de carnet eran considerados «intrusos». Era, por descontado, una forma de contr ol. En tiempos del incombustible Martín Villa en el Ministerio del Interior, se celebraban muchas comidas y ágapes con periodistas y «firmas»: había que «comunicar» la llamada Transición (y demonizar a quienes la denunciaban como fraude) y «conformar» la llamada –y no sé qué es– opinión pública.

Una quimera la libertad en este oficio. Esclavos que nada tienen que ver con Diógenes «el Cínico», quien escupía a los compradores diciéndoles que no había amo que se mereciera a él como esclavo.