«Confrontarme con el pasado lo asumo como un gesto político»
Nacida en Berlín en 1942, fue integrante destacada del «Nuevo Cine alemán» de los 70. Con «Las hermanas alemanas» (1981) se hizo con el León de Oro en Venecia. La responsabilidad del individuo en la gestión del propio legado y el papel de la mujer en la Historia han sido temas recurrentes en su filmografía, donde destacan títulos como «Rosa Luxemburgo», «La promesa» o «Hannah Arendt».

En su último largometraje, “El mundo abandonado”, que acaba de estrenarse, la directora apela a un episodio de su propia biografía para reflexionar nuevamente, esta vez en clave melodramática, sobre cómo nuestro presente está condicionado por las decisiones y las acciones de quienes nos precedieron.
El pasado como territorio siempre ha ocupado un lugar preferente en su filmografía. En una de las últimas secuencias de «El mundo abandonado» sus protagonistas incluso hacen un brindis «por el pasado». ¿A qué se debe esa mirada retrospectiva?
Confrontarme con el pasado lo asumo como una suerte de gesto político, habida cuenta de que crecí en una época donde en Alemania hablar del pasado estaba vetado. En el colegio, en los años 50, estudiábamos Literatura, Retórica, Ciencias pero no Historia, al menos no la Historia reciente. Así que cuando una década después la opinión pública alemana comenzó a ser sensible al debate sobre los años del nazismo, aquello supuso un shock terrible para mi generación.
Efectivamente, en casi todo el cine alemán de las últimas décadas ese argumento está muy presente, pero no solo desde un punto de vista digamos histórico sino también personal. Parece como si más allá de reflexionar sobre el modo en que Alemania ha gestionado su pasado, se pusiera el foco sobre las propias responsabilidades individuales…
Claro, porque no se trata de un debate de alcance únicamente sociológico sino que en él subyace un elemento personal. A los miembros de mi generación lo que nos llenó de estupor no fue que en Alemania hubiera acontecido todo aquel horror, sino pensar que había sucedido ante la pasividad o la connivencia de nuestros padres, de nuestros abuelos… Fue a ellos a los primeros que nos dirigimos de cara a obtener respuestas, en muchos casos infructuosamente. En cada hogar, en cada familia sobrevolaban las preguntas “¿Qué hicisteis?”, “¿Quiénes eraais?”.
Esas preguntas no solamente están en el germen de sus películas históricas sino que también parecen haber motivado un filme tan intimista como «El mundo abandonado», recién estrenado.
Eso tiene que ver con lo que acabo de comentar sobre el intento de aproximarme al pasado como un territorio íntimo antes que como una experiencia colectiva. Ese es el enfoque de esta película, donde apelo a experiencias vividas en primera persona para reflexionar sobre cómo nunca llegas a conocer del todo a aquellos que te rodean.
¿Se trata entonces de un filme autobiográfico?
Mi padre murió cuando yo tenía diez años y mi madre en 1979. Después de morir ella descubrí que tenía una hermana, de la que nunca había sabido nada. Estas referencias tan íntimas pueden hacer pensar que se trata de un relato muy personal, pero a la hora de elaborar el guion y de rodar la película no sentí la responsabilidad de ceñirme a la verdad de los hechos sino que preferí dejarme llevar por el subconsciente y por las emociones que aquella experiencia generó en mí.
Deduzco entonces que esa manera de confrontarse con el pasado nada tiene que ver con la que ha llevado a cabo en películas como como «Rosa Luxemburgo», «La calle de las rosas» o «Hannah Arendt».
No, claro que no. Cuando construyo un relato histórico mi sentido de la responsabilidad hacia estas figuras me exige un rigor mucho mayor ya que no puedo banalizar su legado. También es distinto el modo en que preparo la película ya que el solo hecho de escribir el guion me exige un proceso de documentación exhaustivo, consultando biografías, ensayos y correspondencia a fin de hacer un retrato fiel y lo más objetivo posible de estas personalidades. Frente a eso, una película como “El mundo abandonado” únicamente me exige renunciar a un cierto pudor a la hora de hablar de mi propia experiencia.
¿Y no es más difícil en ocasiones apelar a la propia intimidad antes que al relato histórico?
No, para mí no. Yo, como creadora, siempre he tenido muy presente aquella frase de Bertold Brecht en la que manifestaba que «entre hacer una mierda y no hacer nada, es preferible hacer una mierda» (risas). Ahora bien, cuando hago una película sobre Rosa Luxemburgo, Hannah Arendt o Hannah Weinstein no puedo permitirme hacer una mierda porque, indirectamente, mancillaría su reputación. Asumo que nunca podré estar a la altura de estos personajes, de su lucidez, de su inteligencia, de su honradez intelectual, pero por eso mismo lo que tampoco puedo es menoscabar su prestigio y eso siempre me plantea un desafío y un miedo mayores que hablar de mi propia experiencia. Al fin y al cabo si hago una película sobre mí y es una mierda, la única reputación afectada va a ser la mía y eso, a estas alturas, me preocupa poco (risas).
Pero a la hora de abordar la singularidad femenina, otra de las constantes que definen su obra, sí que pesará en usted un cierto sentido de la responsabilidad histórica
Eso de la singularidad femenina… A un cineasta varón nunca se le preguntaría sobre el modo en que aborda la singularidad masculina y, sin embargo, yo tengo que soportar el estigma de ser una directora feminista. Esa fue una etiqueta que no elegí yo sino que me asignó una activista. A veces tengo la tentación de remitiros a ella cuando me planteáis este tipo de cuestiones (risas).
Pero en «El mundo abandonado» sí que subyace una reflexión sobre lo que significa ser mujer hoy frente a lo que significaba años atrás cuando Evelyn (la madre ausente) tuvo a sus hijas.
En el caso de esta película, esa mirada estaría justificada por varias circunstancias. En primer lugar por la figura de mi madre, que ha sido fuente de inspiración directa para esta historia y cuyo ascendente creo que está en toda mi filmografía. Mi madre, a la que siempre me sentí muy unida, no tuvo una vida lo que se dice fácil. Eso me lleva a menudo a reflexionar sobre lo que significó ser mujer en una época concreta, unos años que tampoco nos quedan tan lejanos. Partiendo de ahí, me gusta analizar el impacto de ese legado sobre el momento presente e interrogarme sobre qué retos nos plantea el futuro.
También es verdad que esa mirada sobre la evolución de la singularidad femenina estaría en cierta medida justificada atendiendo al hecho de que mis películas son vistas mucho más por mujeres que por hombres. El entusiasmo con el que han sido acogidas me resulta un estímulo a la hora de seguir abordando las complejidades de un tema inagotable.
Aunque su filmografía presenta escenarios muy recurrentes, el registro que utiliza para volver sobre los mismos es dispar. Esta película arranca como un drama intimista y acaba adoptando tintes de comedia costumbrista tras flirtear con el melodrama.
En todos esos registros me siento plenamente representada (risas). Yo creo que cada uno de nosotros atesoramos perfiles muy distintos que, al final, nos enriquecen como personas y en mi caso, además, como narradora. Por eso, sin dejar en ningún momento de ser yo, me gusta transitar por escenarios diferentes, pero eso es algo de lo que también disfruto como espectadora. Hace poco me pidieron una lista de mis películas favoritas y en ella estaban desde “Ritmo loco”, con Fred Astaire y Ginger Rogers hasta “Gritos y susurros”, de Bergman.
Usted fue uno de los puntales del «Nuevo cine alemán» de los 70 junto a Wenders, Fassbinder o Schlöndorff. ¿Qué cree que queda de aquello?
Pues básicamente que aquellos que hemos sobrevivido y continuamos haciendo películas hoy ya representamos al “viejo cine alemán” (risas). Ahora les toca a otros realizadores más jóvenes coger el relevo y hacer un cine acorde con las inquietudes propias de su generación.

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